Desde las cada vez más disgregadas sensibilidades de izquierdas, cuando se realiza un análisis genérico sobre la actual pandemia de la Covid-19, se suele remitir de manera insistente y casi única a las dinámicas económicas y geopolíticas internas del capitalismo y de las grandes multinacionales como prácticamente causa única del más que evidente proceso de reestructuración que se está operando en nuestro sistema; eso es cierto en gran medida, pero deja de serlo si oculta de manera intencionada el papel del Estado moderno en todo ello; es decir: sólo puede entenderse esta pandemia con un análisis riguroso de lo que el Estado (entendido como lo mismo) es y cómo funciona en la actualidad, y de su papel a la hora de gestionar la situación social, sanitaria y política y sus posibles soluciones. Es nuestra intención centrarnos en este texto principalmente en este último asunto, llevados por la convicción de que la pandemia está sirviendo de mecanismo desencadenador para la transformación del Estado burgués del siglo XX en el nuevo Estado burgués del siglo XXI a partir de unas latencias ya presentes en décadas anteriores, y creando así las bases de la sociedad que viviremos en las próximas décadas en los países occidentales. Posteriormente nos detendremos en otros asuntos convergentes.

La finalidad última del Estado burgués moderno, desde su aparición a comienzos del siglo XIX, gestándose a la luz de los profundos cambios estructurales que trajo consigo la Revolución Industrial y una forma más agresiva de capitalismo, ha sido siempre garantizar el control social estricto necesario para garantizar la anarquía e ilegalidad absolutas del mercado. Para conseguir un refinamiento de esa tarea central, el Estado comenzó en esos albores del siglo XIX a nutrirse de tecnócratas de diferentes campos, encargados de modernizar y hacer más preciso y limpio ese control de las masas que dejara el campo libre para esa ilegalidad del capital (en el sentido de indiferencia absoluta a toda ley), y al mismo tiempo conservara entre la población la ficción de una libertad individual y colectiva y de un supuesto contrato social exigidos por los ideales nunca realizados de las revoluciones burguesas anteriores. La historia del Estado occidental en los siglos XIX y XX no es sino un sistemático avance en esa dirección, perfeccionando la maquinaria del Estado con todos los nuevos avances tecnológicos disponibles, que eran presentados como ventajas que ese Estado ofrecía generosamente a sus súbditos, aunque en el fondo no eran sino etapas necesarias para allanar el camino y el flujo al capital por todas partes y por todos los territorios existentes. Las redes de carreteras y ferroviarias, los aeropuertos y rutas aéreas, los puertos y rutas navales, todas esas infraestructuras creadas por el Estado para facilitar el flujo de mercancías y de mano de obra, sirvieron también, de manera subsidiaria, para uso recreativo de los ciudadanos, que las acogieron en efecto como ventajas y comodidades a la hora de desplazarse en viajes de ocio, dando nacimiento al turismo de masas. Este es sólo un ejemplo de esa dinámica de modernización del Estado que quiere decir a la vez modernización de la sociedad capitalista por parte del Estado –siempre con inversiones privadas, naturalmente– y modernización del Estado mismo en sus dinámicas de crecimiento económico y de control social, siempre bajo la apariencia de un progreso económico y social de sus súbditos.

El momento cumbre de ese Estado moderno lo constituye sin duda el Estado de bienestar en Occidente entre los años de 1960 y 1980, catalizado por el temor a la competencia de los Estados comunistas del este de Europa, por la extensión y el auge de la socialdemocracia y por la bonanza económica coyuntural. Es quizá ese el momento de mayor armonía interna entre los intereses del capital, los intereses del Estado y los intereses de los súbditos, concretándose de manera muy efímera en la realidad la ficción de un contrato social real entre Estado y administrandos. Naturalmente tal ficción se sustentaba sobre cimientos económicos muy débiles; bastó una nueva crisis económica dentro del capitalismo para desbaratarlo, y para que comenzara una nueva era que podemos llamar de expolio de ese mismo Estado de bienestar por parte del capital, con el comienzo de las políticas neoliberales. El fracaso de ese efímero Estado de bienestar estaba anunciado de antemano, debido a uno de los objetivos fundamentales del Estado moderno en esa carrera por allanarle las dificultades al mercado: la aniquilación de todo resto y de toda idea de comunidad. La mera idea de que pudiera crearse una comunidad, por exigua que fuera, entre Estado y súbditos, o de los súbditos entre sí, repugnaba a las lógicas del capital, y dentro del Estado de bienestar cabía ese riesgo; poco tardó en aparecer Margaret Thatcher para afirmar, de manera tan falaz como rimbombante, que «la sociedad no existe».

El exceso de Estado y la carencia o carestía de comunidad es por tanto otra de las características esenciales de nuestra sociedad, avalada por un capital que exige la aniquilación de toda comunidad previa o simultánea que no esté fundada sobre él mismo. Y esa comunidad fundada sobre el capital mismo viene definida por una serie de rasgos esenciales, que han quedado más que en evidencia en la actitud de la población occidental durante la actual pandemia: la pasividad, la obediencia y la sumisión al poder económico y al poder estatal, y su absoluta dependencia de ellos. Esa radical dependencia del Estado y del capital se venía fraguando en las décadas previas, con la emergencia de una serie de poderosísimos instrumentos de control social que pusieron en marcha el capital privado y el Estado en estrecha connivencia desde mediados de la década de los 90: internet, telefonía móvil, redes sociales e informatización del trabajo y de la vida. Estos nuevos instrumentos ayudaron a que el Estado moderno (así como las empresas privadas) se hiciera mucho más robusto y pervasivo, y en cierto sentido mutara, pues esas herramientas le permitían llegar allí a donde no llegaban ingenios y artefactos anteriores: a la raíz misma de la privacidad y la intimidad, pulverizando de un plumazo esa separación entre lo público y lo privado que empezaba a ser molesta incluso para las grandes multinacionales privadas.

En efecto, esa separación ente lo público y lo privado había sido un elemento constitutivo esencial de las sociedades de los siglos XIX y XX, y permitía espacios y bolsas de libertad que ahora ya parecen irrecuperables. El control más laxo y chapucero de la privacidad que llevaba a cabo el Estado de esos siglos se convierte en precisión matemática y algorítmica en el Estado del siglo XXI, permitiendo un acceso a datos e informaciones privadas de suma utilidad para el mercado y para el Estado al alimón. Las dos décadas que van del año 1999 al año 2019 sirvieron como campo de sistematización de las prácticas de control político y de explotación económica asociadas a esas herramientas informáticas, ahondando en un hecho espiritual evidente: la cada vez mayor sumisión psicológica de los súbditos a sus dominadores económicos y políticos, propiciada por un cada vez mayor aislamiento real de estos súbditos entre sí y por una sistemática atrofia de las capacidades espirituales humanas operada en ellos, y vinculada a una obsesivo entrenamiento forzoso del cerebro humano en operaciones mentales muy concretas, que ponen en funcionamiento únicamente determinadas zonas muy específicas de la corteza cerebral, con descuido absoluto de las restantes.      

Tenemos ya por tanto trazado el escenario material e histórico sobre el que el virus SARS-CoV-2 (con su nombre convertido significativamente en puro enunciado alfanumérico) aparece al mundo. Un escenario definido por rasgos muy claros: la desaparición de todo sujeto político que no sea el capital o el Estado (como vehiculador de los intereses del primero) bajo el peso inaudito de las relaciones de producción, y la sumisión de las masas a través de mecanismos de control social y mental vinculados a poderosísimas herramientas que no actúan de manera externa como las herramientas de antaño, sino que operan directamente sobre las conexiones neuronales de los afectados. La mediación de esas herramientas informáticas se convierte en algo absoluto, e interviene en todos los aspectos de la vida del individuo como eje rector, como imagen del mundo y como referencia: vida laboral, social, económica, personal, sexual, incluso intrapsíquica. Guy Debord ya analizó con brillantez las implicaciones políticas de esa mediatización (que en su tiempo se limitaba a la televisión y el cine, principalmente), y por ello no vamos a detenernos mucho en ello.  

Antes de la emergencia del virus de la Covid-19 pululaba ya por nuestro globo terráqueo hacía un siglo un virus mucho más antiguo, un virus veterano: el virus del plusvalor y del dinero, del ansia de beneficio y del trabajo asalariado. Ese virus ha mutado también gracias a la hipertecnología informática, haciéndose mucho más peligroso e invasor si cabe. El otro virus, recién llegado a nuestro universo, ha aprovechado sibilinamente las vías abiertas por el primero para introducirse en las sociedades humanas, multiplicándose por los canales de viralización del capital creados e impuestos por la globalización económica, y demostrando que el factor humano, tan denostado, desdeñado y menospreciado por los tecnócratas y tecnólogos de todo signo, es esencial para la pervivencia y el mantenimiento de nuestro sistema, en forma de trabajo asalariado: mucho más en el fondo que la sobrevalorada megamáquina.

Es un hecho históricamente conocido y comprensible: en las epidemias el Estado se hace más fuerte; en las pandemias, esa fuerza se hace universal. De pronto se ha extendido entre la población de toda Europa y de parte del mundo una «sed de Estado» insólita, incoherente en principio con la ola de neoliberalismo radical y antiestatista de la que veníamos. Ese desaforado «deseo de Estado», como lo ha denominado Alberto Toscano, surge de todas las capas de la sociedad, que parecen aferrarse al aparato estatal como única tabla de salvación en medio del naufragio: desde grandes empresarios a pequeños comerciantes, desde emprendedores a autónomos, desde clases privilegiadas a clases desfavorecidas, todas reclamando al Estado una solución a sus problemas sanitarios, económicos, sociales y psicológicos. E inopinada y sorpresivamente, se unen a esas filas de estatófilos desde ultraliberales temporalmente renegados a anarquistas sobrevenidamente nostálgicos del Estado de bienestar burgués. Las raíces últimas de esa insaciable sed de Estado son claramente religiosas: la concepción falaz de un «Estado omnipotente», capaz de todo, y soberano único capaz de preservar la salud y la vida de sus súbditos, como encarnación, símbolo y metáfora de Dios en la Tierra. La fe religiosa en el Estado, que substituyó a la fe en el Dios cristiano con la llegada de las revoluciones burguesas recogiendo todos los atributos de éste, se nos muestra durante esta pandemia en todo su acmé.  

Somos testigos de esta manera de una sumisión total del ya casi inexistente démos al gran soberano múltiple que es el Estado, es decir, la alienación de toda nuestra voluntad o vis política en un aparato tecnológico-político progresivamente impersonal hasta el extremo de que, como indica también Toscano, la salud del individuo es fundamental y primariamente la salud del Estado, se identifica absolutamente con ella, hasta el punto de que los «asintomáticos» deben confinarse en casa porque es la salud del Estado mismo la que peligra en ellos, no la suya propia. 

Siempre en nombre de nuestro propio bien, ese nuevo Estado digitalizado impone una nueva trasparencia que, como dijimos, va a hacer desaparecer ya totalmente las líneas que separaban la vida pública de la vida privada, construyendo un monstruoso continuum indistinguible en el que uno ya no sabrá en ningún momento si sus actos y sus palabras pertenecen a una esfera o a la otra. Ese moderno Estado digitalizado, en que ya hemos penetrado, busca cerrar al completo y herméticamente su radio de acción, busca la desaparición de todos los posibles puntos ciegos en el panóptico cuasi-universal, la clausura definitiva de la clandestinidad y la total abolición de la vida privada: que el individuo no oculte –no pueda ocultar– nada al Estado. Se trata por tanto de la exposición absoluta del individuo al poder, no sólo ya de su vida biológica, sino también de la totalidad de su vida íntima. Todo ello, naturalmente, lo realiza el Estado, como es su labor, para allanarle el camino de expoliación a las grandes multinacionales y a los bancos.

Se trata de una revolución, en el sentido trivial que el capitalismo da a ese término; en realidad, de un proceso de evolución y de radicalización de gérmenes ya existentes. Asistimos, en estos meses de pandemia, a los últimos coletazos de la polis y a la extinción definitiva de la política en favor de la gestión puramente tecnológica y científica de la humanidad. El materialismo cuasidemocrático del siglo XX da paso al digitalismo postdemocrático del siglo XXI. Los ciudadanos ya son sólo cuerpos pasivos que han de ser gestionados por las nuevas tecnologías. Las relaciones entre humanos, incluso las más íntimas y cercanas, vienen radicalmente mediadas por instrumentos tecnológicos interpuestos. Esta nueva no-realidad, como la anterior, es la realidad de la miseria vestida de gala y de hipertecnología. Es la no-realidad de la realidad virtual, de la digitalización de todos los procesos, incluidos los más privados e íntimos, del distanciamiento cada vez más abismal de nuestras sociedades de lo concreto, de lo matérico, de lo carnal y corporal y de lo orgánico. Es el gigantesco proceso de conversión de la materia en substancia digital pasiva manejable, en mercancía abstracta. Primero nos privaron de nuestras vidas, ahora quiere privarnos de nuestra presencia misma. No estamos ya en un no-lugar, como se decía en el siglo XX, cuando aquello era una excepción localizada, sino en una no-realidad que no es sino la universalización del no-lugar en todas las dimensiones, un no-lugar universal que se nos impone en nuestras existencias como un bloque tecnológico único e indiferenciado.

Pero, evidentemente, y como ya estamos acostumbrados a constatar dentro del capitalismo, se nos va a vender esta nueva y atroz vuelta de tuerca en la dominación como un gran progreso. Progreso, para el capitalismo, es todo aquello que reporta un beneficio a las clases dominantes y al flujo de la economía. El proceso de digitalización del Estado va a suponer una gigantesca inversión, a nivel mundial, en material tecnológico que va a proveer a toda las capas de la administración de todo tipo de recursos hipertecnológicos, con el siguiente beneficio ingente para la empresas tecnológicas de diferentes sectores. Es así como avanza el capitalismo: llenando cada zanja que el terremoto de la Historia abre en el camino con inversiones, y sacando rédito económico de ello. La digitalización ya absoluta del Estado, y con ello de nuestras vidas, servirá para enriquecer a las grandes multinacionales tecnológicas y dar impulso a la economía, y la rueda seguirá girando: una nueva patada, y a seguir. Y como es de deducir en esta circunstancia concreta, las grandes farmacéuticas harán también su agosto durante al menos un quinquenio. El capitalismo del siglo XXI va a simbiotizarse aún más con el Estado y a dinamizarse y re-crearse aún más mediante esa gigantesca empresa de transformación, esa gigantesca empresa de digitalización que se está operando, y cuya base está en la extracción de valor ya no de mercancías concretas, sino de la codificación y procesamiento de información matemática (códigos y algoritmos). No otra cosa es la creación de software y de algoritmos: sacar valor y capital de operaciones matemáticas puras. Por desgracia, esas operaciones matemáticas generadoras de inversión no van a permanecer en la pureza de lo abstracto; este nuevo El Dorado, este lucrativo horizonte de inversión que el capitalismo del siglo XXI va a implementar, de la mano del nuevo Estado del siglo XXI, va acompañado, desgraciadamente, y como era previsible, de los mismos males que han acompañado a todas las empresas de inversión capitalista a lo largo de la historia: gasto descomunal de recursos energéticos (lo que redunda en mayor contaminación a nivel global y en expolio y deterioro de los espacios naturales), explotación sistemática de mano de obra barata en el denominado Tercer Mundo o en China para la extracción de los llamados minerales de tantalio (como el coltán) y de las tierras raras, y para la construcción a escala mundial de billones de unidades de hardware, superproducción de plásticos contaminantes, etc., etc.

El nuevo conglomerado Capital-Estado del siglo XXI, como continuum indisociable, incide por tanto, como vemos, en los mismos errores, en las mismas vías de destrucción que el de siglos anteriores. Pero de esta pandemia se extrae una lección: la catástrofe ecológica empieza a mostrar no ya sus uñas, sino sus garras. Este virus es posiblemente sólo el comienzo de la sarta de desastres naturales que van a precipitarse sobre nuestro planeta, como consecuencia del estrés radical al que el capitalismo le somete a diario. La pandemia ha mostrado que existen unos límites a la totalización capitalista, y que son mucho más reales que esa no-realidad que se nos quiere imponer. Ha mostrado que la exterioridad, como nos gusta llamarla a algunos, o la naturaleza, no es una fierecilla domada, sino la substancia de la que estamos hechos, y que nos precede. La crisis ecológica, cuyas consecuencias van a ser mucho más devastadoras que cualquier crisis económica, no se detiene con la pandemia, y va asomando su cabeza de hidra mientras nos escondemos con ansia de adictos en las pantallas de nuestros teléfonos móviles.

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Pese a lo que divulgan teorías conspiranoicas de todo pelaje, sobre las que en breve volveremos, que pretenden presentar como confabulación secreta lo que es mera actuación patente, pronosticable y sin tapujos, el comportamiento del capital y del Estado durante esta «crisis sanitaria» no se ha desviado ni un milímetro del guión esperable, y de sus propias funciones estructurales intrínsecas: la del capital es extraer rédito, valor y beneficio de cualquier situación existente (sea un maremoto, la caída de un meteorito, una guerra o una pandemia); la del Estado, garantizar y preservar el orden para que dichas extracciones de capital puedan seguir realizándose hasta el infinito. La lucha de los laboratorios por crear lucrativas vacunas y medicamentos y por encontrar el máximo de clientes para ellas son derivaciones lógicas de la propia naturaleza del capital y sus grandes empresas; el confinamiento obligatorio y la imposición del uso de mascarilla y distancia social, derivaciones lógicas de las temerosas previsiones del Estado ante la posibilidad de un desorden en el sistema. No hay aquí nada de misterioso ni de oscuro, sólo un puro despliegue a plena luz del día de las lógicas capitalistas y estatales ya consabidas. Querer buscar tenebrosos escondrijos en este campo abierto y absolutamente diáfano resulta, como veremos, cuando menos sospechoso.

Y, para ir re-perfilándolo con precisión, este es por tanto el horizonte que se nos dibuja en la actualidad: un Estado que se rearma en la digitalización, las voraces empresas transnacionales y bancos realizando su labor de expoliación y explotación de siempre, apoyándose ahora en el valor que produce lo digital, una crisis sanitaria profunda, una emergencia climática que prenuncia catástrofes. Pero hay más cosas que bosquejar. La primera es, como cabía esperar, el avance de la extrema derecha –la gran salvadora del capitalismo en tiempos de crisis–, que comienza a realizar su labor de zapa y a echar (con éxito) sus redes en los caladeros y ámbitos más insospechados. Ese mundo que hemos descrito de la nueva transparencia absoluta es el sueño dorado de cualquier sistema totalitario capitalista; es normal que la extrema derecha cobre ahí su protagonismo. La propagación del miedo y del odio –un recurso muy viejo, pero perfeccionado y llevado a su extremo gracias a las nuevas tecnologías informáticas de control social– y el establecimiento de un estado de pánico en las poblaciones constituyen el ecosistema perfecto para la proliferación y entronización de los fascismos. Esa política del miedo ha funcionado perfectamente en España, por ejemplo: un pánico irracional se ha manifestado de manera evidente en una gran parte de la población española, que ha quedado recluida, paralizada y como teledirigida por los poderes estatales durante toda la pandemia, y sorprendentemente amplios sectores de la izquierda radical entre ellos; pero ese pánico irracional también está en la raíz de unas teorías conspiranoicas delirantes, por lo barroco y bizarro, que han hecho mella no sólo en los esperables sectores ultraderechistas, abonados perpetuamente a la conspiración, sino también, y aquí también sorprendentemente, en amplios sectores de sedicentes radicales de izquierdas. Se trata en el fondo de dos irracionalismos falsamente enfrentados, pues en realidad proceden de la misma fuente: el miedo ante un escenario absolutamente imprevisible y catastrófico; unos optaron por hacer suyo el miedo del Estado, otros por calmar sus miedos abrazando teorías antiestatalistas o anticapitalistas que erraban ya desde el comienzo el tiro al faltarles un diagnóstico teórico-práctico sólido, o por no encontrar anclaje firme alguno en la realidad.

Ese avance de los irracionalismos políticos, comprensibles en una época de incertidumbre y catástrofe, es muy posible que se instaure de manera cuasi-definitiva en nuestro escenario económico-político por mucho tiempo. Tienen la dudosa ventaja de que dan satisfacción inmediata a la ansiedad existencial con relatos de origen generalmente religioso, o derivados de relatos de la religión (el apocalipsis y el fin del mundo, el Leviatán, el Mesías, el purgatorio y el infierno, el Demonio omnipotente). Pero son especialmente perniciosos en los medios radicales de izquierdas, pues parten de una premisa falsa y nociva, que propagan y difunden, de una supuesta omnipotencia del Estado o del capital, que serían capaces, juntos o por separado, de planear o de tener planeado hasta el más mínimo giro de los hechos del devenir histórico, hasta el más mínimo recoveco de la Historia. Esa presuposición falaz de un Estado-capital omnipotente es verdaderamente tóxica, y sólo puede conducir al derrotismo, a la pasividad y a la resignación que buscan imponer todas las religiones. Frente a esos discursos de la irracionalidad religiosa, enemigos de la libertad, provengan del capital-Estado y sus fetichismos o de las variopintas sectas conspiranoicas, se han de elevar y privilegiar los discursos liberadores de la razón común, el único instrumento que permite a los humanos acceder a la libertad colectiva.

Son por tanto muchos los frentes que ha abierto y desatado esta pandemia, como suele ser el caso en momentos históricos de fin y comienzo de ciclo, frentes que son en el fondo perturbaciones previas llevadas de golpe a su límite y a su extremo: el nuevo Super-Estado digitalizado, la hipertecnologización de la existencia humana, la crisis sanitaria entendida como posibilidad de inversión y de beneficio, la amenaza de los discursos irracionalistas de la extrema derecha, el ecocidio, además de las habituales y ya consabidas lacras del capitalismo (explotación de los seres humanos, división radical de clases, conversión de la realidad en mercancía). Parecen malos tiempos para la libertad colectiva, para la utopía emancipadora y para los sueños revolucionarios, además de para la lírica. Pero las cosas no suelen ser lo que parecen. Desde hace décadas, el capitalismo no hace sino cavar obsesivamente en la misma dirección, cavar la que probablemente sea su tumba. Por un lado, cavar en la destrucción y agotamiento de los ecosistemas, lo cual trae consigo catástrofes, que a su vez dan lugar a desórdenes sociales, que son a su vez la raíz y el caldo de cultivo de todo cambio político radical. Por otro lado, cavar en la tecnologización del mundo, proyecto que, además de exigir un gasto de energías y recursos insostenible, va reduciendo a los seres humanos en su dignidad e incluso en su integridad biológica hasta unos límites que sólo puede provocar, tarde o temprano, una reacción de autodefensa de grandes dimensiones. Y observamos también, paradójicamente, dentro del territorio español, un desgaste generalizado del Estado, consecuencia del desgate físico y psicológico de su factor humano (funcionarios de los sectores sanitarios, educativos, administrativos, policiales y carcelarios), que le sitúa en una situación de debilidad propicia para cambios radicales. Ese Estado que algunos quiere presentarnos como pura omnipotencia y capacidad omnímoda de vigilarlo y controlarlo todo, parece resquebrajarse ante nuestros ojos, y terminará sin duda por hacerlo si el virus sigue creciendo a nuestra costa. 

Identificados los enemigos y los obstáculos a la libertad individual y colectiva, queda la ardua y compleja labor de luchar contra ellos: oponerse a la hipertecnología y al digitalismo virtual reivindicando la presencia material absoluta de nuestros cuerpos y de nuestros actos, reivindicando lo material presente frente a lo virtual diferido; oponerse a la tecnologización del mundo poniendo coto a la adquisición y uso de todo tipo de gadgets innecesarios, y quizá también, progresivamente, de los necesarios; oponerse a la expoliación y explotación industrial de la naturaleza poniendo en práctica los medios y métodos desarrollados históricamente por el(los) ecologismo(s); oponerse a los irracionalismos totalitarios de la extrema derecha y sus relatos de sumisión, pasividad y resignación difundiendo contra-relatos de libertad individual y colectiva y luchando tenazmente por ellos; oponerse a las lacras del capitalismo y del Estado no dejándose seducir por el fetichismo del plusvalor. Ninguna de estas recetas es nueva, como en el fondo tampoco lo es el mundo que va a imponerse tras la pandemia: es el mismo, sólo que con unos grados más de intensidad en el dominio y en la anulación. Eso exige a su vez, consecuentemente, y una vez más, imprimir unos grados más de intensidad a la resistencia. Sólo a partir de diagnósticos materiales sólidos y rigurosos puede la práctica posterior correspondiente tener éxito: debemos afinar nuestra atención y nuestras capacidades racionales y espirituales para ello, frente al embotamiento universal que se nos quiere imponer y que se propaga por el mundo. En cualquier caso, nunca es demasiado tarde, pese a lo que llevan predicando desde siempre los cenizos interesados y los pesimistas claudicantes.

Jesús García Rodríguez es poeta, germanista, traductor y ensayista. Miembro del Grupo Surrealista de Madrid. Ha publicado libros de poemas, de temas filológicos y de ensayo. Residente (y temporalmente confinado) en Madrid.  

3 comentarios en «Contra viento y pandemia, o: del virus como «oportunidad de crecimiento» (de lo mismo)»

  1. Hey, parad el globo un momento, que yo me bajo…
    Que no, que no conviene exagerar.
    No somos perfectos, el mundo tampoco es perfectamente redondo. Está achatado por los polos.

  2. Muy bueno, rescato para salvarnos, la idea de comunidad, como una dirección no yoica, que nos muestra interrelacionados entre hablantes y resto de planeta. Quizás también el estado sea la antigua figura del padre del antiguo patriarcado, que los que continúan beneficiándose del expolio del padre-estado luchan por mantener, pero esa no es sino los ladridos… Ladran los ladrones y se acurrucan algunos de los polluelos

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