Reseña y traducción del artículo «La profecía que se cumple a sí misma: colapso del sistema y simulación de pandemia», de Fabio Vighi, por la Internacional Negativa

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Así iban ellos progresando en idealidad y, cuanto más vacíos se volvían los trasiegos de sus empresas y administraciones, más fe necesitaban: una fe que iba creciendo (nunca las viejas religiones se habían acercado a fe tan ciega ni tan alta), más firme según más se ascendía en la escala de sus funcionarios, pero fe también entre las masas de trabajadores para nada y de empleados en la nada, hasta llegar a nuestros años, en que tuvo el ideal que estallar de su propia sublimidad y su vacío, y os ha dejado a vosotros, vidas mías, naciendo y buscando senderillos entre la basura ciega.

Agustín García Calvo, «¿Cómo empezó este desastre?», Avisos para el derrumbe, Lucina, Zamora, 1998, pp. 46-47

Damos aquí traducido al castellano este artículo de Fabio Vighi —profesor, al parecer, de algo denominado Teoría Crítica en la Universidad de Cardiff, Gales— en el que se analiza, de manera muy sugerente y por momentos atinada, el reciente proceso de imposición del dispositivo de gobierno pandémico por el lado de las necesidades del Gran Dinero.

En efecto, lo que el lector va a encontrar en este breve escrito es la constatación, clara y directa —a pesar de los abundantes y engorrosos tecnicismos, procedentes en su mayoría de la abstrusa actualidad de la Alta Economía, por los que pedimos disculpas y la necesaria paciencia— de que el virus es, sin más, el Dinero: una necesidad imperiosa del Dinero, una astucia del Dinero y una forma él mismo de Dinero, constatación que permite deshacer desde el primer momento aquella falsa y funesta antítesis entre «salud» y «economía» que tanto circuló en los primeros meses de encierro y que tan buenos servicios ha prestado y sigue prestando al Régimen en orden a disfrazar esta guerra contra la gente de necesidad médica y hasta filantropía.

 Pues lo primero que se deduce del análisis del prof. Vighi es que en la Realidad regida y constituida por la reducción de las cosas todas a Dinero, esto es, a abstracción, idea y cómputo de sí mismas, la sola salud que cuenta es la del Dinero mismo (y así «el mercado de valores no se hundió en marzo de 2020 porque hubiera que imponer confinamientos; más bien, hubo que imponer confinamientos porque los mercados financieros se estaban hundiendo»), y a ella ha de quedar debidamente sometida y asimilada cualquier otra que el Régimen promueva, como muestran, por caso eximio y eminente, la práctica y la teoría médicas hoy imperantes. Y no únicamente porque, como señala el prof. Vighi, «la industria farmacéutica necesit[e] enfermedades» del mismo modo que «la industria militar necesita guerras», sino por un imperativo más hondo y esencial: que es que están ya esa teoría y esa práctica médicas condenadas, por la ley misma que las rige —esto es, por la necesidad que padecen de hacerse compatibles con los fines del Dinero—, a volverse ellas mismas una forma de Dinero, y de las más prominentes, y a sacrificar la salud concreta y palpable de la gente por la salud ideal, cuantificable y futura de los indicadores estadísticos y dinerarios, llámense éstos ‘tasa de supervivencia’, ‘esperanza de vida’, ‘incidencia acumulada’, ‘balance riesgo-beneficio’ o ‘niveles de ocupación hospitalaria’, lo que las deja directamente convertidas en uno de los modos principales de producción de enfermedad y muerte de este mundo.

Y lo segundo, que el mantenimiento de esa salud del Dinero, que hasta hace no mucho (¿2020? ¿2001? ¿1973?) el Régimen pretendía que podía lograr con los métodos aparentemente pacíficos, rutinarios y hasta amables de la pax democrática, dineraria y televisiva, a estas alturas (esto es, definitivamente averiado el mecanismo capitalista de producción y reproducción de riqueza muerta y sucedánea, y emancipado de todo límite y control su sustituto o simulacro crediticio) bien puede exigir ya sacrificios más intensivos y continuados de personas y cosas, también en el corazón del Bienestar, si es que calcula el Gran Dinero que de ese modo puede superar, o aplazar al menos, el siguiente desfallecimiento transitorio o el gripado definitivo de su maquinaria de movimiento acelerado, tanto como ir ensayando nuevas formas de administración de muerte y movimiento y afirmación de sí mismo. (El prof. Vighi, tal vez demasiado apegado todavía al herrumbroso utillaje del marxismo científico, habla únicamente de la «máquina planetaria de producción de ganancia», pero la ganancia o beneficio, que es cosa siempre de los capitalistas particulares, es secundaria o subordinada —puro medio para un fin superior— con respecto a la única necesidad del Gran Dinero, que no es sino el movimiento acelerado de cantidades siempre mayores de sí mismo: ésa es toda su vida y la sola forma en que ha podido ampliar la extensión, finalmente mundial, de su dominio.)

Y en efecto, un sacrificio más intensivo y directo de personas y una reorganización profunda de los tratos entre la gente, en respuesta a un inminente y cataclísmico reventón de su maquinaria de movimiento acelerado, es lo que, según todo parece indicar y el prof. Vighi razona en este escrito, el Dinero —al que tal vez quepa concebir como una suerte de aparato u organismo cuasi- o pseudo-natural que se desarrolla por su cuenta, y que tiene sus propias aspiraciones y astucias y manejos, y que ha aprendido a defenderse y a resistir y a superar cada vez mejor sus propias contradicciones y a hacer que sus crisis duren, y duren cada vez más y hasta amenacen ya con ser eternas— tenía decidido y planeado llevar a cabo ya a finales de 2019. Y para ello, y dado que estas remodelaciones y aquellos sacrificios no pueden darse ya en las Democracias Ultraprogresadas —o no por ahora— al modo de las carnicerías bélicas de antaño, esto es, como enfrentamiento abierto y total entre naciones, ni tampoco en la forma de descomposición y desangrado por bandidaje mafioso-militar que adoptan las escabechinas en los márgenes del Desarrollo (por reducción regresiva allí de los aparatos estatales a su núcleo esencial de funciones originarias), el Régimen tenía que echar mano de un método de guerra novedoso y bien adaptado a los tiempos, pero capaz no obstante de rendir los muertos necesarios para justificar semejantes sacrificios y reformas, método del que efectivamente disponía y que ni en sueños iba a perder la oportunidad de aplicar en ocasión tan propicia y conveniente.

Y así, después de los intentos más o menos fallidos de años anteriores y tras haber explotado a fondo las posibilidades históricas que las variantes ‘amenaza terrorista’ y ‘colapso financiero’ le habían brindado, y a la espera de que nuevas y aún más aterradoras variantes de gobierno (por desbarajuste climático, escasez de energía o cualquier otro pretexto) vengan a completar la panoplia de herramientas con que el novísimo Régimen de la Catástrofe pretende proteger a sus súbditos de amenazas y desastres que sólo él produce, en los últimos meses de 2019 se lanzó éste a poner definitivamente en marcha una inédita técnica de gobierno mediante crisiso emergencia que, a falta de nombre mejor, vamos a seguir llamando aquí ‘dispositivo o aparato pandémico mundial’, instrumento que las burocracias médico-militares del planeta venían ideando y desarrollando desde hacía al menos treinta años y que a esas alturas se había materializado ya en una densa red de institutos, expertos, laboratorios, publicaciones, centros de prevención y control de enfermedades, sistemas de vigilancia epidemiológica, planes de preparación y respuesta, simulacros, modelos de cálculo y predicción, industrias biotecnológicas, bancos informáticos de secuencias genéticas patentadas, experimentos civiles y militares, virus ideales cultivados in vivo, in vitro e in silico, regulaciones, desregulaciones, reglamentos sanitarios internacionales, pruebas diagnósticas, protocolos de triaje y tratamiento, terapias genéticas de última generación, programas de estudio y manejo de la reticencia vacunatoria, estrategias de comunicación y orden público, fundaciones filantrópicas, consorcios público-privados, organizaciones humanitarias, fondos de contingencia, presupuestos milmillonarios y, en resumen, cantidades ingentes de dinero que tenían por sola finalidad prevenir, al tiempo mismo que la creaban, una fantasmagórica amenaza —la de las «futuras pandemias»— cuya consumación se consideraba inevitable ya en los años noventa del pasado siglo y que, cual «profecía que se cumple a sí misma», terminó de hacerse efectivamente realidad, y realidad suma o realísima, con la declaración oficial del 11 de marzo de 2020[1].

¿Y cómo no iba a terminar de hacerse realidad, no sólo el aparato de respuesta a la amenaza, sino, con él, la amenaza misma,si todo en este Régimen productor de amenazas y de fe en ellas estaba dispuesto y organizado para que así fuera? ¿Qué clase de milagro, prodigio o maravilla de sobrehumana y verdadera antipotencia habría podido impedir que acabara haciéndose lo que ya estaba hecho, que acabara por cumplirse lo que estaba escrito —que la flecha, puesta ya en el arco, y tenso el arco hasta el máximo de su fuerza, terminase por partir? ¿Y qué sobremilagro o milagro a la segunda potencia habría podido conseguir que, una vez puesto en marcha el dispositivo, se dejase éste gobernar por otra instancia que no fuera la voluntad objetiva, impersonal y anónima del propio dispositivo[2]? Nada, al parecer. Pues es ley constitutiva de la Realidad que los fines estén inscritos ya en los medios, esto es, que las cosas sepan lo que hacen y hagan lo que deben, y norma general de funcionamiento del Régimen Democrático Ultraprogresado que «todo lo que se puede hacer debe hacerse, esto es, que todo instrumento nuevo se debe utilizar al precio que sea. […] El instrumento que se ha inventado se debe utilizar, y su utilización reforzará las condiciones que favorecían su utilización»[3].

Lo único que, a finales de ese 2019, el Régimen necesitaba para terminar de poner en marcha esta nueva forma de gobierno médico-policial de las poblaciones era una «reclasificación diagnóstica», «un virus de la gripe epidemiológicamente ambiguo» y «un relato agresivo de contagio», por utilizar los términos en general certeros, aunque tal vez no lo bastante desengañados en lo que a virus respecta, de que se sirve en este punto el prof. Vighi: pues lo solo que hacía falta era la idea o nombre de la nueva amenaza y la fe en ella, y no fundamento o agente microorgánico, vírico o natural —esto es, externo a su nombre o sigla vagamente causativa— ninguno, que no obstante y por supuesto iba a estar muy pronto disponible (de la manera en que suelen estarlo estos seres máximamente ideales, a saber: mediante ensamblaje y combinación de los oportunos ficheros informáticos de secuencias genéticas registradas) y a aducirse, junto con los enfermos y los muertos de la nueva enfermedad (que el Régimen tuvo igualmente producidos y listos para usar en menos que canta un gallo), para mejor sostener la idea y la fe en el nuevo mal. Y ya podía éste venir a ser realidad suma o realísima.

Tales son algunos de los primeros hallazgos y utilidades que el lector podrá ir encontrando en el artículo que aquí presentamos, hallazgos y utilidades que nos estamos permitiendo glosar de manera un tanto azarosa y desordenada y a los que tal vez quepa añadir todavía algunos más.

Por ejemplo, y por seguir por el lado de las utilidades: que es que los amigos más o menos marxistas, marxianos o marxólogos que aún puedan quedarnos, y los amigos, en general, de las explicaciones económicas y causales, tal vez se animen, al leer el escrito del prof. Vighi, a darse al fin por enterados de lo que está pasando bajo nombre de «virus» y «pandemia». Si bien, y por más que no deje de asombrarnos cómo estos amigos de las causas económicas se han quedado esta vez respetuosamente mudos[4] ante la explicación oficial y dominante por causas científicas, médicas o naturales, cuya patente y sanguinaria falsedad estamos todos padeciendo, y se han abstenido de brindarnos, como suelen, una explicación económica para lo que está pasando, hay que advertir, lo primero, de que no se trata aquí de eso.

No se trata de encontrar, frente a la explicación por causas médicas o naturales, una explicación alternativa por causas económicas, ya ponga el énfasis esa explicación, como acostumbra, en los intereses particulares, la «codicia» o el «afán de ganancia» de determinadas personas o consorcios de empresas, o lo ponga más bien en los factores que suelen denominarse «materiales» o «infraestructurales», esto es, en cosas —por lo demás tan sumamente impalpables e ideales— como ‘índices de precios’, ‘producto nacional bruto’, ‘balanza de pagos’, ‘tasa de beneficio’, ‘tipos de interés’, ‘cotizaciones bursátiles’ o ‘cifras de desempleo’, cuyas necesidades y exigencias ciegas determinarían en último término, según esta explicación, cualesquiera otras cosas que pasen.

Pues a ver cómo se las iban a arreglar ni la una ni la otra para dar cuenta de una declaración mundial de pandemia, de un toque de queda o de una campaña universal de vacunación sin incurrir en las más burdas racionalizaciones o supersticiones causativas. Esto es, sin echar mano, por ejemplo, de la psicología o voluntad, inexplicada pero necesariamente malvada, y poco menos que omnisciente y omnipotente, de «élites», «camarillas», «ricos» y «megarricos». O sin dar por hecho —en una variante más científica pero igualmente supersticiosa de lo mismo— que las leyes que rigen esos procesos económicos, materiales o infraestructurales pueden conocerse y predecirse y que hay, en consecuencia, economistas, agentes de bolsa, empresarios, presidentes de bancos, ministros de finanzas, gestores de fondos de inversión y grandes filántropos (o llegado el caso, y si aún quedara de tal cosa, vanguardias revolucionarias) que estarían en condiciones de saber y anticipar, gracias a su dominio de la ciencia o lenguaje especial correspondiente, o gracias a una voluntad o psicología especialmente dotada o entrenada, lo que va a pasar en ese ámbito (y por extensión en todos los demás, por él determinados) y de planear a conciencia y por adelantado cuantas medidas económicas (disfrazadas si hace falta de medidas médicas o sanitarias, por ejemplo) se necesiten, hasta el punto de intentar planificar incluso, como efectivamente hacen, la sucesión propiamente infinita de pasos siguientes, etcétera. El carácter absurdo de semejantes pretensiones (no por absurdas menos esenciales para el gobierno y el conocimiento realista de la Realidad) basta por sí solo para poner de manifiesto el craso extravío en que incurren estas formas de explicación, tan contradictorias entre sí como necesitadas la una de la otra para sostenerse y sostener la Realidad toda.

Frente a esas formas de explicación, que son otras tantas formas de fe (y de las que ni el análisis del prof. Vighi ni seguramente el nuestro estarán libres del todo), cabe entender, por contra, que no hay, salvo como apariencia, fe o pretensión, que lo es de la Realidad misma, un ámbito específico o delimitado que sea ‘la Economía’, aquel en el que regirían las reglas objetivas y subjetivas del Dinero y que determinaría a todos los demás, sino que el mecanismo de reducción de las cosas a abstracción, idea y cómputo de sí mismas —a uno de cuyos modos eminentes de existencia o manifestación es a lo que suele llamarse «dinero»— es el mecanismo de constitución de la Realidad toda: la condición, por así decir, trascendental y a priori (si se nos permite utilizar por un momento semejante jerga) de todas las relaciones, antítesis, síntesis, oposiciones, categorías y formas de pensamiento y existencia en que la Realidad que nos ha tocado padecer está fundada. Y que lo que hay, entonces, es una ordenación de cosas y relaciones —o más bien, un intento constante e imposible de ordenación, constitución y totalización de cosas y relaciones— regida de manera automática e impersonal, pero sumamente real, por ese principio de abstracción u objetivación, ideación, cuantificación y equivalencia, ya se considere o aparezca éste en su forma dineraria, ya en su forma jurídica, científica o tecnológica. Y que aquellas «élites» y «camarillas» y la escala entera de ejecutivos y funcionarios y empleados de Dios situados por debajo de ellas y que creen que saben y que mandan no pueden ser sino los instrumentos más o menos inconscientes de la astucia o inteligencia objetiva de la Abstracción, sus máscaras o «manifestaciones antropomórficas» y sus más fieles servidores.

De modo que lo que al análisis le cabe es tratar más bien de descubrir las necesidades, gustos, caprichos, ardides y manejos más o menos eficaces o fallidos con que este ideal de Abstracción trata en cada momento de imponerse, sostenerse y recomponerse, táctica o vía de descubrimiento distinta y aun contraria a la vía de las explicaciones causales y positivas, y más parecida ya a lo que los marxistas más honrados y el propio doctor Marx denominaron en tiempos «crítica de la economía política»: aquel análisis despiadado y disolvente, tan teórico como práctico, de las contradicciones y mentiras de la Realidad fundada en el Dinero que procedía mediante el descubrimiento de la ordenación automática, impersonal y abstractiva que rige por encima o por debajo de las voluntades personales. Sin que esa manera de entender la cosa suponga, por lo demás, que se pueda descuidar o que quepa desentenderse del otro polo de la relación, a saber: el de los ejecutores, custodios o encarnaciones personales que extraen su ser del cumplimiento de esa voluntad abstracta, automática e impersonal del aparato o totalidad. Pues es a través de ellos, de sus intereses, órdenes, creencias, planes, ganancias, éxitos y quiebras particulares como se manifiesta y se hace y se rehace y se sostiene y se impone en cada momento esa ordenación, aparato u organismo, que a ver cómo iba a apañárselas sin esos individuos cargados de fe, intenciones, intereses, voluntad, conciencia, proyectos y capacidad de decisión y ejecución y mando, sin esas encarnaciones vivientes del ideal dispuestas siempre y en todo momento a convertir lo que quiera que haya en meros medios y a sacrificar los medios al Fin y a la Causa y a someter a su fe y a su ideal el Universo entero; del mismo modo que, a la inversa, difícilmente iban a poder esos grandes individuos ser lo que son y hacer nada de lo que hacen sin las ideas, los ideales, el futuro, el saber, el bien, los fines y el Universo mismo que sólo el aparato u organismo del Dinero les proporciona[5].

Y así, desde el momento en que se entiende que no hay un ámbito específico o delimitado de la Realidad que sea ‘la Economía’, sino una sola Realidad regida y constituida (pero siempre de manera imperfecta: ¿o cómo si no podríamos estar diciendo y haciendo aquí algo en contra de ella?) por el mecanismo de reducción de las cosas a abstracción, idea y cómputo de sí, es la necesidad misma de tener que explicar por la economía (o por las intenciones o voluntades de los individuos, o por cualquier otra causa) cosas como ‘virus’, ‘dispositivo pandémico’ o ‘teoría y práctica médicas’ lo que directamente y sin más se desvanece. Pues lo que se descubre es que estos fenómenos no son sino otras tantas formas de aparición de lo mismo, de ese poder del Todo y su ley de abstracción «para integrar todas las diferencias en Su mismidad»[6], descubrimiento que es lo único que tal vez permita al análisis hacer de verdad algo —lo que no se sabe— contra la Realidad de la abstracción y su pretendida y siempre imposible perfección, totalización o acabamiento.

Y es lástima que el prof. Vighi no se haya animado a llevar aún más lejos o a aplicar de manera más salvaje e indiscriminada esa forma de análisis o descubrimiento y haya eximido del mismo a una institución tan central a este mundo como lo es la Ciencia. Pues la cuestión no es, como denuncia él con demasiada timidez todavía, que «la ciencia sigue al dinero»: la cuestión es que la Ciencia es ella misma Dinero, del mismo modo que el Dinero es él mismo Ciencia. De manera que no se trata de averiguar o decidir si la investigación científica está de hecho y en cada caso particular más o menos al servicio del Capital, como probablemente ocurrirá las más de las veces, sino de entender algo más fundamental y decisivo, a saber: que los supuestos fundantes y últimos de la Ciencia derivan directamente, como los del Dinero, de la constitución abstractiva o ideal de la Realidad, de esa sed perpetua de abstracción o ideación que la Realidad padece y que es su fundamento eterno y primero. Y que la Ciencia es, como el Dinero, uno de los modos eminentes de existencia y manifestación de ese principio de abstracción común a toda forma de dominio, dominio que será tanto más progresado y eficaz cuanto más abstractivo, científico y dinerario, y viceversa. Y así, si cabe decir por un lado que la Ciencia es la forma eminente y objetiva de pensamiento con que la Realidad del Dinero se entiende a sí misma, cabe decir también, por el otro, que el Dinero es la forma eminente y objetiva de acción con que la Realidad de la Ciencia se hace y se fabrica a sí misma.

Siendo ello así, y siéndolo, por así decir, de manera esencial o constitutiva, no cabe pensar que pueda haber una Ciencia que, una vez liberada de su servicio al Capital y al Estado, pudiera servirle a la gente para vivir o entender mejor; y ello, dicho sea de paso, aunque cupiera distinguir —cosa más bien imposible en el grado de desarrollo que la Ciencia y sus instituciones han alcanzado— entre científicos vendidos y no vendidos, pues la actitud particular del científico honrado, o por mejor decir ingenuo, poco cuenta, por no decir nada, cuando las instituciones de producción de ciencia están tan enredadas y confundidas con las de producción de cualesquiera otras mercancías que se puede ser un científico perfectamente honrado y estar sirviendo al mismo tiempo y como el que más a los intereses del Dinero, y ello a través precisamente de la práctica objetivadora, cuantificadora y abstractiva en que consiste la Ciencia misma. Por lo que limitarse a decir, como hace en este punto el prof. Vighi, que «la ciencia sigue al dinero» parece que es devolver el análisis al plano de las supersticiones causativas del tipo infraestructura → superestructura (esto es, a las explicaciones por causa económica que, aunque dirigidas tal vez en un principio a anularla, perpetúan la vieja y engañosa antítesis entre ‘economía’ e ‘ideología’ y la relación —reaccionaria y antidialéctica por excelencia— de ‘causa’ y ‘efecto’, e impiden reconocer el fundamento abstractivo o dinerario común a todos los ámbitos o sectores de la Realidad), lo que estorba o estropea a su vez el entendimiento de que es la esencia dineraria de la Ciencia, tanto como la esencia científica del Dinero, lo que nos ha traído adonde estamos, pues únicamente la consideración de la gente como unidades de contagio computables y predecibles mediante modelos matemáticos puede justificar esta guerra particular contra la vida en la que los estados y las organizaciones supraestatales y no estatales llevan dos años embarcadas. Lo cual no quita, por lo demás, para que nos paremos aquí a reconocer por un instante la valentía y la honradez, dignas de admiración y encomio, de cuantos científicos y profesionales, entre ellos el propio prof. Vighi, se han atrevido a denunciar, en nombre precisamente de los principios ideales de la Ciencia, y jugándose el puesto, el nombre y quién sabe qué más en el intento, el sinfín de fraudes, abusos, manipulaciones y horrores a los que esa misma Ciencia se está prestando; ni quita tampoco para que nos paremos a abominar públicamente de la fe, la idiocia, la obediencia y el renombre —tanto mayores los unos cuanto más grandes los otros— de la infinidad de científicos, profesores y profesionales que están contribuyendo, por contra, a sostener esta mortífera farsa, ni para que sigamos, en fin, reseñando otro rato cuantos hallazgos y vislumbres útiles y atinados quepa todavía encontrar en el escrito del prof. Vighi, que son muchos todavía, y muy dignos de comentario.

Así, por ejemplo, cuando el prof. Vighi dice, confundiendo luminosamente en una misma frase los términos de la economía y de la medicina, que, bajo el nuevo gobierno inmunitario mundial, «la humanidad es material de explotación de “última generación” en modalidad conejillo de indias» nos parece que está acertando a renovar, actualizándolo, aquel deslumbrante descubrimiento de dialéctica elemental según el cual «el capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa»[7], hallazgo de viva razón que en el París de la gran primavera alguien glosó por su parte diciendo que «el Dinero, nombre común de todas las cosas, ha ingerido en sí, como una savia vivificadora y humanizadora, la virtud que adquiriera por el proceso de compra-venta de la posibilidad de hacer o “fuerza de trabajo”: es así como el Dinero deja de ser una cosa inerte y se convierte en Capital, que es el Dinero vivo y —sin el más leve asomo de metáfora— hecho hombre, […] que como tal hereda todos los rasgos de subjetividad que los trabajadores le han cedido […]: tiene también su voluntad y sus caprichos […] y también, por supuesto, sus necesidades imperiosas de ámbito vital y de materias primas, de las cuales la esencial la carne y sangre humana» de las que extrae esa cualidad suya de «donador de ser»[8].

De modo que si seguimos otro trecho al prof. Vighi en el análisis de las vicisitudes y astucias de la Abstracción y convenimos con él en que lo que estamos padeciendo en estos dos interminables años bien puede entenderse como el enésimo intento de sostener en el aire, a base de pura fe, el achacoso y tremebundo tinglado del movimiento acelerado de Dinero, cuyo solo fundamento y contenido es ya, según señala oportunamente el prof. Vighi, la creación ex nihilo de cantidades monstruosas de dinero crediticio o de pura fe y su perfusión permanente en los circuitos informáticos correspondientes, habrá que reconocer también que esta vez el sostenimiento de ese tremebundo y volátil tinglado parece estar exigiendo, además del consabido desguace de servicios públicos, del sempiterno hundimiento de los salarios o de la acelerada «extinción de las pequeñas y medianas empresas», la generalización de una novedosa forma de explotación de la carne y la sangre de la gente por conversión forzosa de la totalidad de los átomos personales en humanidad enferma y polimedicable de la cuna a la tumba[9] y en objeto permanente de experimentación científica y escrutinio informático. O lo que es lo mismo: por conversión forzosa de cada cual en súbdito, cliente y productor vitalicio y perfecto, desechable en todo momento, de un nuevo orden inmunitario y digital.

Pues esta es, según todo parece indicar, la forma en la que el Régimen se dispone a renovar la producción de miseria dinerificada y a reorganizar los tratos entre la gente ahora que, tal y como el prof. Vighi acierta también a señalar, el vaciamiento del Dinero de la que debía ser —según, al menos, el esquema marxiano clásico— su sola sustancia y el solo sostén de su movimiento acelerado (a saber: cantidades cualesquiera de tiempo de trabajo humano coagulado en mercancías o cosas para la venta) resulta ya insostenible para los fines de la dominación; o lo que es lo mismo: ahora que la reducción de la vida a tiempo abstracto de trabajo y salario —y la consiguiente producción del Trabajador como Sujeto Universal o Humanidad— parece que ha dejado de ser la vía regia de abstracción de las cosas y los tratos todos y que el organismo cuasi- o pseudo-natural del Dinero ensaya nuevos modos de extraer su «savia vivificadora» de las masas de humanidad superflua para la reproducción del capital.

De tal modo que justo en el momento en el que se hace perversamente realidad el presagio marxiano contenido en el célebre «fragmento sobre las máquinas», que también el prof. Vighi menciona al paso, y es ya mayormente el trabajo muerto o «sistema automático de maquinaria» el que sostiene y alimenta al trabajo vivo o humanidad, y no al revés, parece como si el Dinero, en respuesta a semejante extravío o desfondamiento de la que ha querido ser su ley durante los últimos doscientos años, tuviera que venir a desdoblarse en una nueva forma de mediación con la que conjurar cualquier posibilidad imprevista que dicho extravío pudiera albergar en su seno, y sostener así la irracionalidad y la irreversibilidad de su dominio sobre nuevas y ampliadas bases.

Pues según descubría el análisis de la compra-venta de la ‘posibilidad de hacer’ traído brevemente a recordación unos párrafos más arriba, una sola era, de entre todas las mercancías o cosas producidas para la  venta, aquella en la que el edificio entero del movimiento acelerado de Dinero se basaba: la mercancía ‘fuerza de trabajo’ o venta de la vida, la única cuyo uso consistía en ser precisamente ‘trabajo’ o ‘posibilidad de hacer’, la única cuyo gasto o consumo producía tiempo homogéneo, uniforme y vacío o tiempo de trabajo abstracto o valor, y más incluso del que costaba producirla a ella, y la única, por lo tanto, que permitía al Dinero dejar de ser una cosa inerte y convertirse en Capital, Dinero vivo o Dinero que cría Dinero. Por lo que la crisis mortal de esa mercancía privilegiada o por antonomasia, por su expulsión del proceso de producción irreversiblemente automatizado, parece venir a exigirle a la Abstracción omnisoberana una vía alternativa o complementaria de imposición y vigencia, y al aparato u organismo del Dinero una vía alternativa o complementaria de vivificación y humanización.

Y ese parece ser el papel que está viniendo a cumplir la información, que cada cual ha de producir igualmente a partir de su vida, como nueva mercancía reina o por antonomasia. En efecto, en paralelo a los restos cada vez más exiguos de lo que el marxismo denominaba trabajo productivo y a la masa ingente del improductivo (indistinguibles ya en su común incapacidad para alimentar la maquinaria del movimiento acelerado de Dinero, y mantenidos ambos como esquema puramente formal de asignación de recursos y reproducción de relaciones —esto es, para producir no otra cosa que trabajadores— con el solo respaldo del dinero crediticio en expansión delirante y descontrolada[10]), se presenta ahora ella como nuevo fundamento sobre el que basar la organización y reproducción social y hacer al fin apta para expresión dineraria la implacable reducción de la vida a información computable a la que varias décadas de empobrecimiento y avería de los tratos humanos y de progresiva y paralela absorción de los mismos por la Red Informática Universal nos han dejado rendidos y entregados, con la consiguiente constitución, como producto directo suyo, de lo que vamos a denominar aquí el ‘Individuo perpetuamente conectado y monitorizable’, o nuevo siervo de la gleba digital, que viene a sustituir o completar al Trabajador «libre» y asalariado como Sujeto Universal y nueva Humanidad abstracta y toda.

Con la diferencia de que el productor de esta nueva mercancía (que lo es porque es cosa que se produce para su compra y su venta, y en tales cantidades que se ha vuelto esencial para el movimiento acelerado de Dinero) ya no es, sin embargo, ni por ficción jurídica siquiera, su libre propietario, como tampoco la vende propiamente, sino que está obligado a entregarla, de manera permanente, como condición de su pertenencia o adscripción al Todo; producción y entrega y también consumo irrestrictos y constantes de la totalidad de la vida de cada cual —de la totalidad de sus movimientos, elecciones, tratos, pensamientos, deseos, gustos y capacidades— que implican una transformación profunda en la condición o estatuto de este nuevo productor-consumidor, más cercana ya a la del siervo feudal que a la del trabajador «libre» o ciudadano asalariado. Transformación que no debería en realidad extrañar a nadie y viene por otra parte a confirmar, a posteriori o a contramano, la naturaleza igualmente dineraria y abstractiva de las instituciones jurídicas y políticas que han regido durante los últimos doscientos años en la sociedad civil o sociedad productora de mercancías: pues el reconocimiento universal de la condición de propietario libre e igual, como mínimo de aquella mercancía llamada ‘fuerza de trabajo’ o vida para la venta, o lo que es lo mismo, el reconocimiento de la condición de portador de los derechos universales e innatos del Hombre a cada uno de los átomos dinerarios que conformaban dicha sociedad civil, fue requisito sine qua non para que la mercancía ‘fuerza de trabajo’ pudiera venderse y de este modo constituirse y sostenerse el aparato o maquinaria de movimiento acelerado de Dinero, por lo que el declive o avería de aquella mercancía reina o por antonomasia no puede sino implicar la ruina, el derrumbe y aun la voladura acelerada (pero mediante proliferación y sucesión cancerosa e imparable de normas, leyes y regulaciones) de ese edificio jurídico de derechos y libertades que hasta ayer mismo se tenía por fundamental, sagrado e inviolable. Y así, los derechos y libertades o más bien privilegios que en cada momento se concedan —sea la libertad de circulación, por ejemplo, o la posibilidad misma de vender la vieja fuerza de trabajo, ya a la antigua usanza, ya como «teletrabajo a la carta vía plataforma digital»— quedan todos a partir de ahora supeditados a esta novedosa forma, impersonal y abstracta, de obediencia y vasallaje, cuyo emblema es esa ‘Identidad Digital’ que estará conformada por los datos de salud y de cualquier otro tipo que en cada momento se exijan y que todo átomo dinerario habrá de acreditar en lo sucesivo para evitar su muerte o exclusión social.

Nada de lo cual debe hacernos perder de vista que la función primera de esta nueva vía de dinerificación mediante la producción, el consumo y la entrega permanente y obligatoria de datos es justamente la de recuperar para el Todo y su reproducción, por concesión del derecho de adscripción o pertenencia sobre estas nuevas bases, a las masas ingentes de humanidad a las que la quiebra u obsolescencia del viejo trabajo productivo como sustancia del Dinero va dejando excluidas y arrumbadas y más o menos fuera del propio Todo, con la consiguiente amenaza que ello representa. Función de integración que no podrá cumplirse, por lo demás, sin una nueva forma de dinero o calderilla para masas —digital, centralizada y programable, esto es, válida únicamente para los usos y en los plazos que en cada momento determine la autoridad emisora, y vinculada a sistemas de renta básica y puntuación o crédito social— que parece estar abriéndose paso[11], y cuya percepción, en forma de salarios estatales, rentas básicas o cupones digitales de racionamiento, estará igualmente condicionada al cumplimiento estricto de las tareas a que obliga la nueva mercancía.

Pues de lo que se trata es de producir «en tiempo real» una copia exacta del mundo, un saber de todo cuanto pasa al mismo tiempo que pasa, para que nada escape ya al ojo sabelotodo y omniprevisor de la Abstracción. Algo así es lo que el ideal delirante de organización y optimización del mundo pretende: que a la Máquina Informática Universal llegue en cada momento, desde cada uno de sus átomos personales o dinerarios, el flujo continuo de información que reemplaza y completa al trabajo como forma eminente de entrega o sacrificio de la vida, flujo éste que, siendo por una parte la nueva materia prima de que se alimenta el movimiento acelerado de Dinero, se combinará por la otra a la velocidad de la luz con la totalidad de los flujos que lleguen a la Máquina en cada instante para volver en el acto a cada uno de sus puntos de origen en forma de órdenes, consejos, salario, crédito o puntuación social, o como códigos de bloqueo, sanción y desconexión vigilados y aplicados en tiempo real por miríadas de unidades policiales tanto acreditadas como informales, tanto físicas como algorítmicas, ubicadas en otros tantos nodos de la red informática y metropolitana mundial, constituyendo así el nuevo mecanismo de inclusión, exclusión y sometimiento que ha de permitir gobernar en lo sucesivo, mediante «computación ubicua» de la constante interacción de los individuos con todo tipo de pantallas, sensores e interfaces, el conjunto total de los átomos personales o dinerarios, convertidos ya en medios puros de transmisión de órdenes o información y en otros tantos puntos de retroalimentación, reequilibrio y reproducción de la red, sistema o Todo[12].

Tal es la forma última que está viniendo a adoptar el Dinero y su gobierno y producción de almas, y lo único que había al final de la Historia Universal y su infinito progreso: el regreso a formas más arcaicas de dominación y servidumbre, pero con los medios pluscuamprogresados que pone a disposición del Señor el ultimísimo desarrollo de la técnica. Y algo así parece tener en mente el prof. Vighi cuando habla en su artículo de «régimen neofeudal de acumulación capitalista», régimen cuyos «pilares» o modos primeros y tentativos de implantación estarían siendo, en efecto, los mortíferos programas de inmolación vacunatoria e imposición del pasaporte sanitario o profesión de fe digital que estamos ahora mismo padeciendo.

¿Y qué se puede decir a la vista de semejantes progresos? Que es como si el Dinero, alcanzados los límites absolutos de su vieja forma de reproducción, no pudiera dejar de rebotar contra las toperas de esta vía muerta que es la historia de su dominio, contra la evidencia de que el progreso interminable de la dominación es el progreso igualmente interminable de su crisis o imposibilidad, y tratara de asimilar, metamorfoseándose en información, algo de cuanto bajo su vieja forma todavía se le escapa. Y es como si este perfeccionamiento suyo, al aproximarlo a la esencia lingüística de toda abstracción, le permitiera por un lado aspirar a adueñarse ya de la totalidad misma de lo vivo y su habla siempre inasible, pero le hiciera perder a cambio parte de su eficacia y su flexibilidad y su carácter profano y sacrílego; como si le obligara a desandar o revertir el proceso de secularización por el que, a partir de las ofrendas fijadas por ley en los templos griegos de la época arcaica, fue poco a poco convirtiéndose en moneda y unidad de cuenta, y en medida y reserva de valor, y en medio de pago y circulación, y en equivalente universal, y en tiempo abstracto de trabajo, y en capital constante y variable, y en valor que se valoriza, y en dinero mundial, y en acumulación ampliada, y en Dinero que cría Dinero y en Abstracción finalmente triunfante y soberana, y tuviera que dejar aflorar de nuevo, al final de su vida histórica y bajo el empuje de este vaivén o inercia regresiva suya, la esencia sacrificial, esto es, propiamente religiosa, que cabe adivinar en su origen, confirmándose así (pues «la fuerza o motivación primera de un mecanismo se revela en el último núcleo de resistencia a su abandono») la brillante y maltratada hipótesis de aquel olvidado profesor Laum —a saber, que «la historia del dinero es, en última instancia, la historia de la secularización de las formas de culto»[13]— y con ella la evidencia de que si la religión fue la primera forma de economía, la economía es la forma última de religión, y sigue exigiendo su precio de sangre[14].

Estos son, ahora sí, algunos de los descubrimientos y vislumbres, ni pocos ni menores, que el lector podrá encontrar, o adivinar sin demasiado esfuerzo, en el artículo del profesor Vighi, los mejores y más atinados de los cuales vienen por lo demás a coincidir, y de ahí su gracia y su fuerza, con lo que cualquiera por lo bajo siente: que la vida del Dinero es y será siempre la muerte de la gente y de toda verdadera riqueza, se imponga esa muerte como un lento consumirse ante una pantalla cualquiera en puestos de trabajo o nichos de viviendas metropolitanas, como consunción más fulminante y cruenta bajo los efectos de explosiones hecatómbicas de misiles teledirigidos o de mejunjes vacunatorios polivenenosos o como aséptico e inerte desaparecer entre cables, aparatos y protocolos sedatorios en salas de cuidados intensivos o entre muros de residencias gerontológicas, limbos o purgatorios ultraprogresados en los que la fe en los nuevos patógenos  ideales, en la causa y en el Todo termina de verificarse.

Confiemos, pués, en que aquellos y cualesquiera otros amigos que aún puedan quedarle a la negación se animen a leer el escrito que aquí presentamos y se atrevan por fin a negar algo; tal vez, y para empezar, cualquier resto de fe teórica y positiva, y por lo tanto religiosa y científica que pueda estar entorpeciendo o estropeando todavía ese afán y amor negativo o negatorio suyo por donde el Todo se deshace. Y que se anime esa negación a salir a la calle, a confundirse sin más con la gente en el deseo de que los cuerpos resuciten y en el rechazo de toda miseria y esclavitud y de cualesquiera de las antítesis, síntesis, ideas y planes positivos y científicos y religiosos, siempre renovados, en que este orden y su administración de muerte se sustentan.

Internacional Negativa

A este y al otro lado de los Pirineos

1 de noviembre, 2021


La profecía que se cumple a sí misma: colapso del sistema y simulación de pandemia

Fabio Vighi*

Año y medio después de la llegada del virus, puede que algunos hayan empezado a preguntarse por qué las élites dirigentes, de normal tan carentes de escrúpulos, decidieron parar en seco la máquina planetaria de producción de ganancia ante un patógeno que afecta casi exclusivamente a la población improductiva (mayores de ochenta años). ¿A qué venía todo aquel celo humanitario? ¿Cui bono? [¿A quién beneficia?] Únicamente aquellos que estén poco familiarizados con las asombrosas aventuras del capitalismo planetario pueden engañarse a sí mismos y creer que el sistema decidió echar la persiana por compasión. Digámoslo claramente desde el principio: a los grandes depredadores del petróleo, las armas y las vacunas la humanidad les importa un bledo.

Siga al dinero

En los meses previos a la pandemia, la economía mundial estaba al borde de otro colapso descomunal. He aquí una breve crónica de la presión que se estaba acumulando:

• Junio de 2019: En su Informe económico anual, el Banco de Pagos Internacionales (BPI), el «banco central de todos los bancos centrales», con sede en Suiza, hace sonar las alarmas internacionales. El documento destaca el «sobrecalentamiento […] en el mercado de préstamos apalancados», donde «los estándares crediticios se han deteriorado» y «las obligaciones de préstamos colateralizados (collateralized loan obligation) se han disparado, lo que recuerda el fuerte aumento de las obligaciones de deuda colateralizada [collateralized debt obligation] que amplificó la crisis de las hipotecas de alto riesgo [en 2008]». En pocas palabras, el vientre de la industria financiera vuelve a estar lleno de basura.

• 9 de agosto de 2019: El BPI publica un documento de trabajo en el que pide «medidas de política monetaria no convencionales» para «aislar la economía real de un mayor deterioro de las condiciones financieras». El documento indica que, ofreciendo «crédito directo a la economía» durante una crisis, los préstamos de los bancos centrales «pueden sustituir a los bancos comerciales en la provisión de crédito a las empresas».


• 15 de agosto de 2019: Blackrock, el fondo de inversión más poderoso del mundo (que gestiona alrededor de 7 billones de dólares en fondos de acciones y bonos), publica un libro blanco titulado Dealing with the next downturn («Cómo afrontar la próxima recesión»). En esencia, el documento consiste en las instrucciones que el fondo de inversión da a la Reserva Federal [nombre del banco central de Estados Unidos] para que inyecte liquidez directamente en el sistema financiero, para evitar así «una recesión dramática». Una vez más, el mensaje es inequívoco: «Se necesita una respuesta sin precedentes cuando la política monetaria se agota y la política fiscal por sí sola no es suficiente. Esa respuesta obligará probablemente a “ir directos”»: «encontrar la manera de que el dinero del banco central llegue directamente a las manos de quienes gastan en el sector público y privado», al tiempo que se evita la «hiperinflación. Los ejemplos incluyen la República de Weimar en la década de 1920, así como Argentina y Zimbabue más recientemente».

• 22-24 de agosto de 2019: Los dirigentes de los Bancos Centrales del G-7 se reúnen en Jackson Hole, Wyoming, para debatir el documento de Blackrock junto con las medidas urgentes para evitar el inminente colapso. En las premonitorias palabras de James Bullard, presidente de la Reserva Federal de San Luis: «Tenemos que dejar de pensar que el año que viene las cosas va a ser normales».

• 15-16 de septiembre de 2019: La recesión queda oficialmente inaugurada con un repunte súbito de los tipos de interés de los repos (del 2% al 10,5%). «Repo» es la abreviatura de «acuerdo de recompra» (repurchase agreement), un contrato en el que los fondos de inversión prestan dinero contra activos garantizados (normalmente valores del Tesoro). En el momento del intercambio, los operadores financieros (bancos) se comprometen a recomprar los activos a un precio más alto, normalmente al día siguiente. En resumen, los repos son préstamos garantizados a corto plazo. Son la principal fuente de financiación de los operadores en la mayoría de los mercados, especialmente en la galaxia de los derivados. Una falta de liquidez en el mercado de repos puede tener un devastador efecto dominó en los principales sectores financieros.


• 17 de septiembre de 2019: La Reserva Federal pone en marcha el programa monetario de emergencia, inyectando cientos de miles de millones de dólares a la semana en Wall Street, y ejecutando así el plan de «ir directos» de BlackRock. (No es de extrañar que en marzo de 2020 la Reserva Federal contrate a BlackRock para gestionar el paquete de rescate en respuesta a la «crisis del covid-19».)


• 19 de septiembre de 2019: Donald Trump firma la Orden Ejecutiva 13887, por la que se crea un Grupo de Trabajo Nacional para la Vacuna contra la Gripe, cuyo objetivo es desarrollar un «plan quinquenal nacional para promover el uso de tecnologías de fabricación de vacunas más ágiles y escalables y acelerar el desarrollo de vacunas que protejan contra muchos o todos los virus de la gripe», para así contrarrestar «una pandemia de gripe», que, «a diferencia de la gripe estacional, […] tiene el potencial de extenderse rápidamente por todo el mundo, infectar a un mayor número de personas y causar altas tasas de enfermedad y muerte en poblaciones que carecen de inmunidad previa». Como algunos adivinaron, la pandemia era inminente, mientras que en Europa también estaban en marcha los preparativos (véase este enlace y este otro).

• 18 de octubre de 2019: En Nueva York, se simula una pandemia zoonótica mundial durante el Evento 201, un ejercicio estratégico coordinado por el Centro de Bioseguridad Johns Hopkins y la Fundación Bill y Melinda Gates.

• 21-24 de enero de 2020: Se celebra la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), en la que se habla tanto de economía como de vacunas.

• 23 de enero de 2020: China confina Wuhan y otras ciudades de la provincia de Hubei.

• 11 de marzo de 2020: El director general de la OMS califica el covid-19 de pandemia. El resto es historia.

Unir los puntos es un ejercicio bastante sencillo. Si lo hacemos, podríamos ver surgir un relato bastante claro, un rápido resumen del cual podría rezar tal que así: los confinamientos y la paralización mundial de las transacciones económicas tenían como objetivo: 1) permitir a la Reserva Federal inundar los maltrechos mercados financieros de dinero recién impreso a la vez que se aplazaba la hiperinflación; y 2) introducir programas de vacunación generalizada y pasaportes sanitarios como pilares de un régimen neofeudal de acumulación capitalista. Como vamos a ver, ambos objetivos se funden en uno solo.

En 2019, la economía mundial estaba aquejada de la misma enfermedad que había causado la crisis crediticia de 2008. Se asfixiaba bajo una montaña insostenible de deuda. Muchas empresas no podían generar suficientes beneficios para cubrir el pago de los intereses de sus propias deudas y se mantenían a flote únicamente mediante la concesión de nuevos préstamos. Por todas partes aparecían «empresas zombis»: empresas con baja rentabilidad interanual, caída de la facturación, márgenes reducidos, flujo de caja limitado y balance muy apalancado. Es en este frágil contexto económico donde hay que situar el colapso del mercado de repos de septiembre de 2019.

Cuando el aire está saturado de materiales inflamables, cualquier chispa puede provocar la explosión. Y en el mágico mundo de las finanzas todo está conectado: el aleteo de una mariposa en un determinado sector puede hacer que la totalidad del castillo de naipes se venga abajo. En los mercados financieros alimentados por préstamos baratos, cualquier aumento de los tipos de interés es potencialmente catastrófico para bancos, fondos de cobertura, fondos de pensiones y todo el mercado de bonos del Estado, porque el coste de los préstamos aumenta y la liquidez se seca. Es lo que ocurrió con el repocalipsis de septiembre de 2019: los tipos de interés se dispararon hasta el 10,5% en cuestión de horas, el pánico se desató afectando a los futuros, las opciones, las divisas y otros mercados en los que los operadores apuestan tomando prestado de los repos. La única manera de desactivar el contagio era insuflando toda la liquidez que hiciera falta en el sistema, como helicópteros arrojando millones de litros de agua sobre un incendio forestal. Entre septiembre de 2019 y marzo de 2020, la Reserva Federal inyectó más de 9 billones de dólares en el sistema bancario, lo que equivale a más del 40% del PIB estadounidense.

Por lo tanto, hay que darle la vuelta al relato dominante: el mercado de valores no se hundió (en marzo de 2020) porque hubiera que imponer confinamientos; más bien, hubo que imponer confinamientos porque los mercados financieros se estaban hundiendo. Con los confinamientos llegó la suspensión de las transacciones comerciales, lo que drenó la demanda de crédito y detuvo el contagio. En otras palabras, la reestructuración de la arquitectura financiera mediante una política monetaria extraordinaria estaba supeditada a que el motor de la economía se apagara. Si la enorme masa de liquidez que se estaba inyectando en el sector financiero hubiera llegado a las transacciones reales, se habría desencadenado un tsunami monetario de consecuencias catastróficas.

Como ha señalado la economista Ellen Brown, ha sido «otro rescate», pero esta vez «con la excusa de un virus». Del mismo modo, John Titus y Catherine Austin Fitts señalaron que la «varita mágica» del covid-19 ha permitido a la Reserva Federal ejecutar el plan de «ir directos» de Blackrock de manera literal: ha llevado a cabo una compra sin precedentes de bonos del Estado, y, aunque a una escala infinitamente más pequeña, ha emitido también «préstamos covid» para empresas respaldados por el Estado. En resumen, sólo un coma económico inducido daría a la Reserva Federal el margen necesario para desactivar la bomba de relojería que estaba a punto de estallar en el sector financiero. Resguardado tras la histeria colectiva, el banco central estadounidense pudo tapar los agujeros del mercado de préstamos interbancarios, esquivando tanto la hiperinflación como la vigilancia del Consejo de Supervisión de Estabilidad Financiera (la agencia federal para la supervisión del riesgo financiero creada tras el colapso de 2008), tal y como se comenta en este enlace. Sin embargo, el plan de «ir directos» también debe entenderse como una medida desesperada, ya que sólo puede prolongar la agonía de una economía mundial que está cada vez más secuestrada por la impresión de dinero y la inflación artificial de los activos financieros.

En el corazón de este atolladero hay un impasse estructural insuperable. La financiarización apalancada por deuda es la única línea de fuga del capitalismo contemporáneo, la inevitable vía de avance, y de huida, de un modelo reproductivo que ha alcanzado su límite histórico. Los capitales se dirigen a los mercados financieros porque la economía basada en el trabajo es cada vez menos rentable. ¿Cómo hemos llegado a esto?

La respuesta puede resumirse del siguiente modo: 1. El objetivo económico de generar plusvalor implica el impulso tanto a explotar fuerza de trabajo como a expulsarla de la producción. Es lo que Marx llamaba la «contradicción en proceso» del capitalismo**. Aunque constituye la esencia de nuestro modo de producción, esta contradicción resulta hoy en día contraproducente y ha convertido a la economía política en una forma de destrucción permanente. 2. La razón de este cambio de signo es el fracaso objetivo de la dialéctica trabajo-capital: la aceleración sin precedentes de la automatización tecnológica desde los años ochenta hace que se expulse de la producción más fuerza de trabajo de la que se (re)absorbe. La contracción del volumen de salarios hace que el poder adquisitivo de una parte creciente de la población mundial disminuya, siendo el endeudamiento y la pauperización las consecuencias inevitables. 3. Como se produce menos plusvalor, el capital busca rendimientos inmediatos en el sector financiero apalancado por deuda en lugar de hacerlo en la economía real o invirtiendo en sectores socialmente constructivos como la educación, la investigación y los servicios públicos.

La conclusión es que el cambio de paradigma que está en marcha es la condición necesaria para la (distópica) supervivencia del capitalismo, que ya no es capaz de reproducirse a través del trabajo asalariado de masas y la utopía consumista correspondiente. El guión de la pandemia ha sido dictado, en última instancia, por la implosión del sistema: la caída de la rentabilidad de un modo de producción al que la automatización desenfrenada está dejando obsoleto. Por esta razón inmanente, el capitalismo depende cada vez más de la deuda pública, los bajos salarios, la centralización de la riqueza y del poder, un estado de emergencia permanente y las acrobacias financieras.

Si «seguimos al dinero», veremos que la parálisis económica que se atribuye taimadamente al virus ha logrado resultados nada despreciables, no sólo en términos de ingeniería social, sino también de depredación financiera. Destacaré rápidamente cuatro de ellos:

1) Como se preveía, ha permitido a la Reserva Federal reorganizar el sector financiero creando de la nada un flujo continuo de miles de millones de dólares; 2) ha acelerado la extinción de las pequeñas y medianas empresas, permitiendo a los grandes grupos monopolizar los flujos comerciales; 3) ha hundido aún más los salarios de la mano de obra y ha facilitado un importante ahorro de capital mediante el «trabajo inteligente» (que es especialmente inteligente para quienes lo imponen); 4) ha permitido el crecimiento del comercio electrónico, la explosión de las grandes empresas tecnológicas y la proliferación del farmadólar, que incluye también la tan denostada industria del plástico, que ahora produce millones de nuevas mascarillas y guantes cada semana, muchos de los cuales acaban en los océanos (para alegría de los defensores del green new deal). Sólo en 2020, la riqueza de los cerca de 2.200 multimillonarios del planeta creció en 1,9 billones de dólares, un aumento sin precedentes en la historia. Todo ello gracias a un patógeno tan letal que, según datos oficiales, sólo el 99,8% de los infectados sobrevive (véase este enlace y este otro), la mayoría de ellos sin experimentar ningún síntoma.

Hacer capitalismo de otra manera


La trama económica de esta novela de intriga titulada «Covid» hay que ponerla en un contexto más amplio de transformación social. Si rascamos la superficie del relato oficial, empieza a tomar forma un escenario neofeudal. Masas de consumidores cada vez más improductivos están siendo disciplinados y desechados, simplemente porque el Señor Global ya no sabe qué hacer con ellos. Junto con los precarios y los excluidos, las clases medias empobrecidas son ahora un problema que hay que manejar con el palo de los confinamientos, los toques de queda, la vacunación generalizada, la propaganda y la militarización de la sociedad en lugar de con la zanahoria del trabajo, el consumo, la democracia participativa, los derechos sociales (sustituidos en el imaginario colectivo por los derechos civiles de las minorías) y las «merecidas vacaciones».

Por lo tanto, es ilusorio creer que el propósito de los confinamientos es terapéutico y humanitario. ¿Cuándo se ha preocupado el capital por la gente? La indiferencia y la misantropía son los rasgos típicos del capitalismo, cuya única pasión real es el beneficio y el poder que éste trae consigo. Hoy en día, el poder capitalista se puede resumir en los nombres de los tres fondos de inversión más grandes del mundo: BlackRock, Vanguard y State Street Global Advisor. Estos gigantes, situados en el centro de una inmensa galaxia de entidades financieras, gestionan una masa de valor cercana a la mitad del PIB mundial y son los principales accionistas de cerca del 90% de las empresas que cotizan en bolsa. A su alrededor gravitan instituciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Foro Económico Mundial, la Comisión Trilateral y el Banco de Pagos Internacionales, cuya función es coordinar el consenso dentro de la constelación financiera. Podemos suponer sin temor a equivocarnos que las decisiones estratégicas clave a nivel económico, político y militar están todas, como mínimo, muy influidas por estas élites. ¿O nos vamos a creer que el virus les ha cogido por sorpresa? Más bien, el SARS-CoV-2 (que, según admiten el CDC y la Comisión Europea, nunca ha sido aislado ni purificado) es el nombre de un arma especial de guerra psicológica que se ha desplegado en el momento de mayor necesidad.

¿Por qué deberíamos confiar en un megacártel farmacéutico (la OMS) que no se ocupa de la «salud pública», sino de vender en todo el mundo productos de empresas privadas a los precios más rentables que pueda? Los problemas de salud pública son resultado de las pésimas condiciones de trabajo, de la mala alimentación, de la contaminación del aire, el agua y los alimentos y, sobre todo, de la pobreza galopante; sin embargo, ninguno de estos «patógenos» figura en la lista de preocupaciones humanitarias de la OMS. Los inmensos conflictos de intereses entre los depredadores de la industria farmacéutica, las agencias médicas nacionales y supranacionales y los cínicos ejecutores políticos son ahora un secreto a voces. No es de extrañar que el día en que el covid-19 fue clasificado como pandemia, el Foro Económico Mundial, junto con la OMS, lanzara la Plataforma de Acción contra el Covid, una coalición para la «protección de la vida» dirigida por más de mil de las empresas privadas más poderosas del mundo.

A la camarilla que dirige la orquesta de la emergencia sanitaria lo único que le importa es alimentar la máquina de producción de ganancia, y todos los movimientos se planifican con este fin, con el apoyo de un frente político y mediático movido por el oportunismo. Si la industria militar necesita guerras, la industria farmacéutica necesita enfermedades. No es casualidad que la «salud pública» sea, con mucho, el sector más rentable de la economía mundial, hasta el punto de que las grandes farmacéuticas gastan en grupos de presión tres veces más que las petroleras y dos veces más que las tecnológicas. La demanda potencialmente interminable de vacunas y mejunjes genéticos experimentales ofrece a los cárteles farmacéuticos la perspectiva de flujos de ganancia casi ilimitados, especialmente cuando están garantizados por programas de vacunación generalizada subvencionados con dinero público (es decir, con más deuda que caerá sobre nuestras espaldas).

¿Por qué se han prohibido o saboteado criminalmente todos los tratamientos contra el covid? Como admite cándidamente la FDA, el uso de vacunas de emergencia sólo es posible si «no hay alternativas adecuadas, aprobadas y disponibles». Buen ejemplo de verdad oculta ante nuestras mismísimas narices. Además, la actual religión de las vacunas está estrechamente ligada al auge del farmadólar, que, alimentándose de pandemias, está llamado a emular las glorias del petrodólar y a permitir que Estados Unidos siga ejerciendo la supremacía monetaria mundial. ¿Por qué tiene la totalidad de la humanidad (¡niños incluidos!) que inyectarse unas «vacunas» experimentales con efectos adversos cada vez más preocupantes, pero sistemáticamente minimizados, cuando más del 99% de los infectados, la gran mayoría asintomáticos, se recuperan? La respuesta es obvia: porque las vacunas son el becerro de oro del tercer milenio, y la humanidad, material de explotación de «última generación» en modalidad conejillo de indias.

En este contexto, la puesta en escena de la farsa de la emergencia funciona gracias a una manipulación inaudita de la opinión pública. Cualquier «debate público» sobre la pandemia está descaradamente privatizado, o más bien monopolizado por la creencia religiosa en comités técnico-científicos financiados por las élites financieras. Todo «debate libre» se legitima mediante la adhesión a protocolos pseudocientíficos cuidadosamente purgados del contexto socioeconómico: se «sigue a la ciencia» mientras se finge no saber que «la ciencia sigue al dinero». La célebre afirmación de Karl Popper de que la «ciencia real» sólo es posible bajo la égida del capitalismo liberal en lo que él llamaba «la sociedad abierta»*** se está haciendo realidad en la ideología globalista que promueve, entre otros, la Fundación Sociedad Abierta de George Soros. La combinación de «ciencia real» y «sociedad abierta e inclusiva» vuelve poco menos que imposible poner en cuestión la doctrina covid.

Así pues, para el covid-19 podríamos imaginar el siguiente guión. Se prepara un relato ficticio basado en un riesgo epidémico que se presenta de tal manera que promueva el miedo y el comportamiento sumiso. Lo más probable es que se trate de un caso de reclasificación diagnóstica. Lo único que se necesita es un virus de la gripe epidemiológicamente ambiguo sobre el que construir un relato agresivo de contagio que pueda ponerse en relación con zonas geográficas en las que el impacto de las enfermedades respiratorias o vasculares en la población de edad avanzada e inmunodeprimida sea elevado, quizás con el factor agravante de la gran contaminación. No hay que inventar mucho, puesto que las unidades de cuidados intensivos de los países «avanzados» ya se habían colapsado en los años previos a la llegada del covid, con picos de mortalidad para los que nadie había pensado en desenterrar las cuarentenas. En otras palabras, los sistemas de salud pública ya habían sido demolidos y, por tanto, preparados para el escenario de pandemia.

Pero esta vez hay método en la locura: se declara el estado de emergencia, lo que desencadena el pánico, provocando a su vez el atasco de hospitales y residencias (con alto riesgo de sepsis), la aplicación de protocolos abyectos y la suspensión de la asistencia médica. Et voilà, ¡el virus asesino se convierte en una profecía que se cumple a sí misma! La propaganda que se extiende rápidamente por los principales centros de poder financiero (especialmente Norteamérica y Europa) es esencial para mantener el «estado de excepción» (Carl Schmitt), que se acepta inmediatamente como la única forma posible de racionalidad política y existencial. Poblaciones enteras expuestas a un fuerte bombardeo mediático se rinden por autodisciplina, adhiriéndose con grotesco entusiasmo a formas de «responsabilidad cívica» en las que la coacción se transforma en altruismo.

Todo el guión de la pandemia —desde la «curva de contagios» hasta las «muertes por covid»— se basa en la prueba PCR, que se autorizó para la detección del SARS-CoV-2 a partir de un estudio elaborado en tiempo récord por encargo de la OMS. Como muchos sabrán a estas alturas, la falta de fiabilidad diagnóstica de la prueba PCR fue denunciada por su propio inventor, el premio Nobel Kary Mullis (desgraciadamente, fallecido el 7 de agosto de 2019), y reiterada recientemente, entre otros, por 22 expertos de prestigio internacional que exigieron su retirada por fallos científicos evidentes. Ni que decir tiene que la petición cayó en saco roto.

La prueba PCR es el motor de la pandemia. Funciona a través de los infames «umbrales de ciclo»: cuantos más ciclos se hagan, más falsos positivos (infecciones, muertes por covid) se producirán, como incluso el gurú Anthony Fauci reconoció imprudentemente cuando declaró que las muestras no tienen valor por encima de los 35 ciclos. Ahora bien, ¿por qué durante la pandemia se han aplicado de manera rutinaria amplificaciones de 35 ciclos o más en los laboratorios de todo el mundo? Hasta el New York Times —que ciertamente no es una guarida de peligrosos negacionistas— planteó esta cuestión clave el verano pasado. Gracias a la sensibilidad de la prueba diagnóstica, la pandemia puede abrirse y cerrarse como un grifo, lo que permite al régimen sanitario ejercer un control total sobre el «monstruo numerológico» de los casos y las muertes covid, instrumentos clave del terror cotidiano.

Esta producción de miedo continúa a día de hoy, a pesar de la flexibilización de algunas medidas. Para entender por qué, debemos volver al motivo económico. Como se ha señalado, los bancos centrales han creado de la nada varios billones de efectivo con unos pocos clics de ratón y los han inyectado en los sistemas financieros, donde en gran parte han permanecido. El objetivo de esta creación desenfrenada de dinero era tapar los catastróficos agujeros de liquidez. La mayor parte de este dinero procedente del «árbol mágico» sigue congelado en el sistema bancario en la sombra, en las bolsas de valores y en varios esquemas de moneda virtual que no están destinados a utilizarse para el gasto y la inversión. Su función es únicamente proporcionar préstamos baratos para la especulación financiera, lo que Marx llamaba «capital ficticio», que continúa expandiéndose en una órbita que es ya completamente independiente de los ciclos económicos reales.

La conclusión es que no se puede permitir que todo este efectivo inunde la economía real, ya que ésta se recalentaría y se desencadenaría una hiperinflación. Y aquí es donde el virus sigue siendo útil. Si al principio sirvió para «aislar la economía real» (por citar nuevamente el documento del BPI), ahora se utiliza para supervisar su reapertura provisional, caracterizada por la sumisión al dogma de la vacunación y al repertorio completo de métodos de disciplinamiento de masas, que pronto podrían incluir los confinamientos climáticos. ¿Recuerdan que nos dijeron que sólo las vacunas nos devolverían la «libertad»? Como era de esperar, ahora descubrimos que el camino hacia la libertad está plagado de «variantes», es decir, de copias del virus. El objetivo de estas variantes es aumentar el «número de casos» y, por lo tanto, prolongar los estados de emergencia que justifican la producción de dinero virtual por parte de los bancos centrales para monetizar la deuda y financiar los déficits. En lugar de volver a los tipos de interés normales, las élites prefieren normalizar la emergencia sanitaria alimentando el fantasma del contagio. Así pues, el tan publicitado tapering (reducción del estímulo monetario) puede esperar, al igual que la pandexit (salida de la pandemia).

En la Unión Europea, por ejemplo, el «programa de compras de emergencia para la pandemia» del Banco Central Europeo, de 1,85 billones de euros, conocido como PEPP, está previsto que continúe hasta marzo de 2022. Sin embargo, se ha insinuado que podría ser necesario ampliarlo más allá de esa fecha. Mientras tanto, la variante Delta está causando estragos en la industria de los viajes y el turismo, con nuevas restricciones (incluidas las cuarentenas) que interrumpen la temporada de verano. Una vez más, parece que estamos atrapados en una profecía que se cumple a sí misma (especialmente si, como el premio Nobel Luc Montagnier y otros muchos han sugerido, las variantes, por leves que sean, son consecuencia de las agresivas campañas de vacunación generalizada). Sea como fuere, lo fundamental es que el capitalismo senil, cuya única posibilidad de supervivencia depende de que sea capaz de producir un cambio de paradigma y pasar del liberalismo al autoritarismo oligárquico, sigue necesitando el virus.

Aunque su crimen está lejos de ser perfecto, a quienes han orquestado este golpe mundial hay que reconocerles una suerte de sádica genialidad. El truco de prestidigitación les ha salido bien, tal vez incluso más de lo que esperaban. Sin embargo, cualquier poder que aspire a la totalización está destinado a fracasar, y esto se aplica también a los sumos sacerdotes de la religión covid y a las marionetas institucionales que han movilizado para desplegar la operación de guerra psicológica de la emergencia sanitaria. Al fin y al cabo, el poder tiende a engañarse a sí mismo sobre su omnipotencia. Los que se sientan en la sala de control no se dan cuenta de cuán inseguro es su dominio. Lo que no ven es que su autoridad depende de un «designio más alto», para el cual están parcialmente ciegos, a saber: la autorreproducción anónima de la matriz capitalista. El poder actual reside en una máquina de producción de ganancia cuyo único propósito es continuar su temerario viaje, que podría conducir a la extinción prematura del Homo sapiens. Las élites que han embaucado al mundo para que obedezca al covid son la manifestación antropomórfica del autómata capitalista, cuya invisibilidad es tan astuta como la del propio virus. Y la novedad de nuestra época es que la «sociedad confinada» es el modelo que mejor garantiza la reproducibilidad de la máquina capitalista, independientemente de su distópico destino.

(Traducido del inglés por la Internacional Negativa)


NOTAS A «CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL VIRUS», DE LA INTERNACIONAL NEGATIVA

[1]    La historia de la formación y el progresivo perfeccionamiento del aparato pandémico mundial puede leerse en el libro, por lo demás bastante complaciente con la idea, de Patrick Zylberman, Tempêtes microbiennes. Essai sur la politique de sécurité sanitaire dans le monde transatlantique, Gallimard, París, 2013. Bastante útil también para entender el entramado doctrinal e institucional que conforma este dispositivo de «gobernanza sanitaria», del que él mismo forma parte, es el documento Emergencias pandémicas en un mundo globalizado: amenazas a la seguridad, Cuadernos de Estrategia 203, Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), Ministerio de Defensa, Gobierno de España, febrero de 2020 (disponible en: https://publicaciones.defensa.gob.es/emergencias-pandemicas-en-un-mundo-globalizado-amenazas-a-la-seguridad-n-203-libros-pdf.html), en particular su capítulo segundo, «El papel de la OMS y de otras organizaciones supranacionales», pp. 81-121. Una visión detallada, y más desengañada y cercana a la crítica de la economía política, del papel que cumplen los filántropos internacionales y sus fundaciones y alianzas en el nuevo orden sanitario mundial puede encontrarse en Jacob Levich, «The Gates Foundation, ebola, and global health imperialism», American Journal of Economics and Sociology, Vol. 74, N.º 4, septiembre de 2015, y Jacob Levich, «Disrupting global health. The Gates Foundation and the vaccines business», Routledge handbook on the politics of global health, Routledge, Londres, 2018, cap. 19.

[2]    «Tensado el arco, la fuerza que dará impulso a la flecha ha dejado de estar en los brazos del arquero y está ya en el arco mismo. La fuerza se ha separado del cuerpo del sujeto y se ha objetivado en su instrumento. La voluntad que ha regido el movimiento de los brazos que han tensado el arco ha pasado a ser voluntad del arco. Una voluntad que se revuelve, urgiendo y apremiando, contra el propio sujeto que la ha emancipado y generado», Rafael Sánchez Ferlosio, «Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir», en Sobre la guerra, Destino, Barcelona, 2007, p. 80.

[3]   Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, Anagrama, Barcelona, 2003, § XXIX, p. 92. Traducción de L. A. Bredlow, corregida. El fragmento completo reza así:«Es ley general de funcionamiento de lo espectacular integrado, al menos para quienes lo administran, que en ese marco todo lo que se puede hacer debe hacerse, esto es, que todo instrumento nuevo se debe utilizar, al precio que sea. En todas partes el utillaje nuevo se está convirtiendo en meta y motor del sistema, en el único factor capaz de modificar su marcha en un grado considerable, cada vez que su uso se impone sin mayor reflexión. La misma ley se aplica, por tanto, también a los servicios que protegen la dominación. El instrumento que se ha inventado se debe utilizar, y su utilización reforzará las condiciones que favorecían su utilización. Así, las medidas de emergencia se convierten en medidas de toda la vida».

[4]     Cuando no entusiástica y aun ferozmente alineados con la doctrina oficial, haya sido en nombre de la «unidad de clase», del «bien común», de la «sanidad pública» o como justo castigo por la «catástrofe ecológica» de la que cada cual es a partir de ahora responsable. El espectro entero de las izquierdas, de las más extremas y libertarias a las más estrictamente socialdemócratas, desde las que siguen creyendo en la lucha de clases hasta las que se han pasado a «los cuidados», la diversidad de género y la ecología, ha hecho suyas las exigencias de este dispositivo totalitario de producción de amenazas, su solidaridad obligatoria y su régimen paranoico de producción de enemigos, y ha tachado de «egoísta», «individualista» e «irresponsable» a cualquiera que expresara una duda o formulase una crítica, a cualquiera que se negara a participar en la cogestión de la amenaza y en sus rituales de inmolación y pertenencia, a cualquiera, en fin, que no se identificara de manera inmediata y total con el Todo, lo que lo convertía en el acto en una amenaza para el Todo y para los demás. Pero si la izquierda ha sido tan manifiestamente incapaz de detectar y de oponerse a esta última metamorfosis de la dominación cabe sospechar que ha sido porque ella misma es parte de esa dominación y sus aparatos, y parte fundamental y decisiva, y aun su vanguardia más avanzada y mentirosa y la encargada de hacer aceptables sus exigencias más cruentas e irracionales. ¿Y a quién puede extrañarle a estas alturas? Vaciada ya de cualquier resto de aquellas tradiciones rebeldes, utópicas y negativas de las que solía en tiempos alimentarse, la izquierda es desde hace mucho incapaz de ofrecer nada que no sea miseria dineraria, realismo político, tecnología punta, reconocimiento de identidades y reproducción de lo mismo; es decir, futuro y administración de muerte igualitaria y para todos.

[5]     Sobre la dialéctica entre el plan o designio superior al que ejecutivos y sanitarios de Dios obedecen, y al que deben, al menos Sus más altos representantes, esa asombrosa capacidad suya de predecir el futuro y hacerlo suceder sin más, y la necesidad que esos planes o designios tienen de ejecutores individuales y creyentes, dotados de intención y voluntad, sin que sin embargo les quepa a éstos saber propiamente lo que hacen, ni hacer o decir nada más que lo que está previsto y mandado —es decir, lo que ya está hecho—, ni mandar como mandan por ningún otro motivo que no sea, justamente, el de que obedecen, véase Agustín García Calvo, De Dios, Lucina, Zamora, 1996 , § 5. 4. 2. «El Poder de los Grandes Hombres» y § 5. 4. 3. «El Poder de los ejecutivos democráticos», pp. 168-172. Véase igualmente el «Prólogo» de Agustín García Calvo a Hans Oppermann, Julio César, Salvat, Barcelona, 1985, pp. 18-22.

[6]    Agustín García Calvo, op. cit., § 6. 4. 5. «La personalidad de Dios como Dinero», p. 213.

[7]     Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, t. I, vol. I, siglo XXI, Madrid, 2011, pp. 279-280. Traducción de Pedro Scaron.

[8]  Agustín García Calvo, «Apotegmas a propósito del marxismo con motivo de la conmemoración del nacimiento de Carlos Marx», en Contra el Tiempo y el Poder y otras intervenciones políticas, Pepitas ed., Logroño, 2020, § I. 13, pp. 25-27. (Primera edición: Ruedo Ibérico, París, 1970.)

[9]     O por mejor decir, desde antes incluso de conocer cuna ninguna. En efecto, de las cincuenta y tres inoculaciones (o setenta y cuatro, si se cuentan por separado las sustancias o patógenos distintos que se administran de manera simultánea en un mismo chute) de que consta el calendario completo de vacunación pediátrica vigente en Estados Unidos (y que en la mayoría de su territorio rige con carácter obligatorio), al menos tres de ellas (o cinco, si se cuentan por separado: tétanos, difteria y tosferina, más gripe y hepatitis B) se administran durante el embarazo de la madre o en el momento mismo de nacer el niño. Sirva este ejemplo para recordar el mucho trecho de camino que tenía ya recorrido, antes del 11 de marzo de 2020, esta forma de experimentación científica a escala de la humanidad, esta forma de guerra ultraprogresada y esta forma de explotación de la carne y la sangre de la gente por medicalización totalitaria de la vida, formas de explotación, guerra y experimentación que, junto a los fabulosos beneficios que reportan a las industrias correspondientes —beneficios que son de público dominio y hasta los medios más vendidos divulgan—, implican asimismo un despilfarro, propiamente incalculable, de vida y razón, y un derroche simultáneo, algo más calculable, de recursos económicos, despilfarros éstos en los que no se suele reparar siquiera, o que se aceptan sin más, o que se negarán, llegado el caso, con toda vehemencia (tan ciega y tan alta es la fe), pero que algunos se animan bravamente a denunciar y a estimar incluso. Y citamos al paso una de estas denuncias y estimaciones, a modo de ilustración de los espantosos y antieconómicos costes que implica el progreso económico: que es que cabe calcular, por ejemplo, que los trastornos llamados ‘del espectro autista’ —cuya incidencia en Estados Unidos, ha crecido en los últimos cincuenta años, en paralelo al envenenamiento generalizado que exigen las industrias química, automovilística, agroalimentaria y farmacéutica,  más de un 27.000 % (de uno de cada 10.000 niños en 1970 a uno de cada 36 en 2020, y hasta      uno de cada 10 en determinados grupos de población)— le suponían en 2015 a dicho país unos costes anuales (directos y por pérdidas de productividad) de 268.000 millones de dólares, estimándose asimismo por aquel entonces que, de mantenerse el ritmo de crecimiento de su tasa de incidencia, para 2025 el coste económico de esta cárcel psíquica vitalicia alcanzaría el billón (millón de millones) de dólares. Es decir, que el coste anual de uno sólo de los daños que produce esta novísima o pluscuamprogresada guerra química contra la gente va a superar en varios puntos porcentuales el despilfarro, proverbial, astronómico y sin parangón posible, del aparato encargado de producir guerras, tanto químicas como convencionales, a la antigua usanza, esto es, el despilfarro anual del mismísimo ministerio de Defensa estadounidense, que en 2015 representaba un 3,1 por ciento del PIB del país, frente al 3,6 por ciento que se estima que puede llegar a suponer el síndrome del espectro autista en 2025. Cf. Toby Rogers, The political economy of        autism,tesis doctoral, Departamento de Economía Política, School of Social and Political Sciences, Faculty of Arts and Social Sciences, University of Sydney, 2019,     pp. vi, 28 y 269-271. Una versión resumida y asequible, en forma de artículo, de su tesis, con enlace directo al texto íntegro de la misma, puede encontrarse en: https://tobyrogers.substack.com/p/the-political-economy-of-autism.

[10]   Sobre la fuga irreversible del Capital al reino del dinero crediticio o de pura fe, que ha pasado a ser condición «estructural» y aun «el alma» misma de la reproducción social, véase Robert Kurz, «La ascensión del dinero a los cielos. Los límites estructurales de la valorización del capital, el capitalismo de casino y la crisis financiera global», 1995. Traducción de Round Desk a partir de la traducción portuguesa. Disponible en: https://breviarium.digital/2017/06/01/la-ascension-del-dinero-a-los-cielos-primera-parte/. Fuga del Dinero al reino del crédito, la ficción o la pura fe que puede entenderse también, siguiendo la atinada interpretación de John Holloway, como el reconocimiento, por parte del propio Capital, de su «incapacidad crónica para subordinar la actividad humana a sus necesidades» y como la evidencia, que es en sí misma crisis crónica e interminable, y que ha de estallar además de manera periódica y recurrente, de que «la creciente dominación coincide con la creciente incapacidad de la dominación. A mi parecer, esto es lo que quería decir Marx cuando insistía en El capital [en] que la caída de la tasa de ganancia era coincidente con un incremento de la masa de ganancia», cf. John Holloway, Contra el dinero. Acerca de la perversa relación social que lo genera, Buenos Aires, Herramienta, 2015, pp. 116-117.

[11]   Una descripción somera y asequible de los principales rasgos que de este dinero digital emitido por bancos centrales puede encontrarse, por ejemplo, en el artículo «Dinero digital (CBDC)», El blog de JSQ, Expansión, 21 de mayo de 2021. Disponible en: https://www.expansion.com/blogs/blog-jsq/2021/05/07/dinero-digital-cbdc.html.

[12]  Como muestra de las utilidades que el Régimen espera de esta nueva forma de gobierno digital de las poblaciones (que implica, como ya se ha dicho, la voladura acelerada de principios y derechos considerados hasta ayer mismo sagrados, y que el Régimen se permite presentar ya como otros tantos «tabúes», contradicciones y obstáculos irracionales que hay que superar), y del descaro y la desvergüenza con que se lanza a justificarlo y anunciarlo con la impagable excusa del virus («Lo digital, un potente antivirus»), puede leerse, por ejemplo, el instructivo informe al Senado francés, tan terrorífico como desternillante, sobre «Crisis sanitarias y herramientas digitales», disponible en https://www.senat.fr/rap/r20-673/r20-673.html. Tomando como ejemplo aquellos países, «asiáticos principalmente», que, según asegura muy gratuitamente, «tienen los datos de mortalidad [por covid] más bajos del mundo», gracias precisamente «al importante papel que desempeñan allí las herramientas digitales», y reclamando para los aparatos del Estado las ventajas y prerrogativas que las grandes corporaciones tecnológicas tienen ya ganadas en materia de recogida y explotación de datos y de gobierno informático de poblaciones, el informe propone un uso «más decidido de [dichas] herramientas» por parte de las administraciones públicas, que han de estar dispuestas a aplicar «medidas más intrusivas […] si fuera necesario», pues la cosa «no tiene ningún misterio: cuanto más intrusivas son, más eficaces resultan». De lo que se trata es de abolir los principios y derechos democráticos en nombre de los principios y derechos democráticos, pues de lo contrario serán abolidos en nombre de principios e intereses no democráticos: si no se deja usted vigilar, predecir y castigar por el Estado democrático, «otros lo harán en nuestro lugar. [Y no] será dejando que los regímenes más autoritarios adquieran una ventaja decisiva en este terreno, o cediendo a las [grandes empresas tecnológicas] la tarea de luchar contra las epidemias, y quién sabe qué más en el futuro, como podremos defender nuestros valores democráticos». Consecuentemente, el informe propone dotar a las administraciones del Estado de «la capacidad técnica y jurídica» que les permita utilizar rápidamente, «si la situación lo requiere y con sólo apretar un botón», la totalidad de los datos disponibles de cada individuo —geolocalización, videovigilancia, reconocimiento facial, historial médico, indicadores actualizados de salud, datos bancarios, datos sobre desplazamientos, informes de vecinos y empleadores—, de modo tal que, por ejemplo, «cualquier violación de una cuarentena pueda traducirse en una notificación en tiempo real a las fuerzas del orden, en la desactivación del abono de transportes o en una multa detraída directamente de la cuenta bancaria». Un resumen de este informe puede encontrarse en https://www.senat.fr/rap/r20-673/r20-673-syn.pdf. Pero los aparatos del Estado y sus profetas no son los únicos que envidian las capacidades de los grandes consorcios tecnológicos en materia de gobierno informático de poblaciones, ni los únicos que esperan grandes servicios de la supercomputación, la inteligencia artificial y el big data. Del lado sedicentemente revolucionario de un marxismo científico deseoso de poner «los argumentos en favor del socialismo y la planificación nuevamente a la ofensiva», y de demostrar que el «comunismo marxista» no es «mera especulación utópica», sino «una alternativa institucionalmente viable», se afirma sin rebozo que, «a diferencia de lo que sucedía en tiempos de la URSS, el desarrollo científico-técnico actual abre posibilidades reales, por primera vez en la historia, para una genuina planificación socialista de la economía inspirada en las ideas de Marx». En efecto, «a día de hoy, todos los requerimientos computacionales para una genuina planificación socialista a gran escala están ya dados» y «los recientes desarrollos en la capacidad informática, los big data o la inteligencia artificial no hacen más que alumbrar el enorme potencial del socialismo como porvenir de la humanidad». El porvenir que estos genuinos herederos del materialismo histórico y su metafísica de las fuerzas de producción le desean a la humanidad, lo que entienden por «transformación social emancipadora», no es sino la corrección, estabilización y perfeccionamiento, gracias a la cibernética, del modo de operación de esa ley del valor —natural, universal y eterna— que rige ya, pero muy imperfectamente, los designios del capitalismo. En efecto, lo que descubren estos autores es que «si el mecanismo para la interconexión económica general que representa el sistema de precios funciona “como un sistema de telecomunicaciones” o como “una máquina”, entonces es obvio        que puede ser efectivamente reemplazado por una de ellas. […] [Si] los precios no son propiamente información, sino tan solo un “mecanismo” por medio del cual [la información] se transmite, nada impide que otro mecanismo distinto, esta vez automatizado, reemplace al mercantil y sea capaz de captar, transmitir y procesar de un modo más eficiente y en tiempo real toda esa información básica relativa a las preferencias individuales de consumo y a las condiciones tecnológicas de la producción [,] expresadas en los valores-trabajo» (cursivas nuestras). A este perfeccionamiento o corrección cibernéticos del capitalismo realmente existente es a lo que estos autores denominan «ciber-comunismo», «proyecto liberador» cuyas «enormes posibilidades» cabe adivinar ya «en el funcionamiento de algunas de las grandes empresas actuales punteras en la aplicación de nuevas tecnologías de la información como pueda[n] ser Wal-Mart o Amazon, [que] prefiguran el tipo de funcionamiento de una economía socialista planificada orientada a la satisfacción de las preferencias de los consumidores». A la vista de lo cual, no cuesta mucho imaginar qué aspecto puede llegar a tener este mundo finalmente emancipado, este reino de la libertad hecho de «vacaciones pagadas en complejos turísticos y balnearios» y «comunicación por satélites y etiquetado de Identificación por Radiofrecuencia», en el que, bajo el lóbrego imperio de una ley del valor finalmente cumplida y de unas fuerzas productivas plenamente desarrolladas, regirán de manera perfecta y al fin eficiente las leyes naturales del trabajo y de la economía, y con ellas, y por los siglos de los siglos, el negro dictum de Engels, al que tampoco el viejo Marx fue ajeno, que condena la libertad a no poder ser jamás otra cosa que mera aceptación de la necesidad y cumplimiento racional de sus leyes. O, como dicen estos legítimos herederos suyos, regulación «consciente [del] proceso económico global mediante un plan» para la eterna reproducción —pero democrática, horizontal y participativa— de lo mismo. Cf. Paul Cockshott y Maxi Nieto, Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia, Trotta, Madrid, 2017, pp. 20-21, 23, 32-33, 35-37 y 39.

[13]  Bernhard Laum, Heiliges Geld. Eine historische Untersuchungüber den sakralen Ursprung des Geldes, Mohr-Siebeck, Tubinga, 1924, p. 158.

[14]  La reducción de las cosas a valor, esto es a abstracción, idea y cómputo de sí mismas, puede entenderse, como propone Jean-Pierre Baudet en su inspirado análisis de los orígenes religiosos del dinero, como una forma permanente de sacrificio, tenga éste lugar, como ocurría «antes de la llegada de la economía moderna, […] únicamente en lugares específicos (como los templos) y en momentos determinados», o «en todas partes y en todo momento», como es el caso en el mundo contemporáneo, donde «el sacrificio se ha vuelto sumamente discreto, pero omnipresente. […] La economía moderna es una herencia de la actividad sacrificial, y la aparente emancipación de la deuda social (típica de las sociedades primitivas) conduce en realidad a formas de deuda mucho más rigurosas», cf. Jean-Pierre Baudet, «La naissance du capital et de la valeur à partir du culte religieux», traducción al francés de una conferencia dictada el 23 de abril de 2013, pp. 11 y 12. Disponible en: https://www.lesamisdenemesis.com/?p=1293. Baudet recoge y desarrolla de manera muy sugerente los hallazgos del prof. Laum, si bien en su análisis aún se echa en falta alguna referencia a los mecanismos de abstracción de la lengua como fuente última o común de cualesquiera formas sociales de abstracción y equivalencia: religiosas o dinerarias, por ejemplo, pero también jurídicas, científicas o morales.

      

NOTAS A «LA PROFECÍA QUE SE CUMPLE A SÍ MISMA: COLAPSO DEL SISTEMA Y SIMULACIÓN DE PANDEMIA», DE FABIO VIGHI

*     Fabio Vighi es profesor de Teoría Crítica e Italiano en la Universidad de Cardiff, Reino Unido. Entre sus trabajos recientes se encuentran Critical Theory and the Crisis of Contemporary Capitalism (Bloomsbury 2015, con Heiko Feldner) y Crisi di valore: Lacan, Marx e il crepuscolo della società del lavoro (Mimesis 2018). El artículo original, publicado en inglés el 16 de agosto de 2021, puede consultarse en el siguiente enlace:  https://thephilosophicalsalon.com/a-self-fulfilling-prophecy-systemic-collapse-and-pandemic-simulation/. Como el lector podrá comprobar, nos hemos permitido añadir algunos enlaces en castellano en el cuerpo de texto allí donde había versión traducida del material citado por el autor, o allí donde nos ha parecido útil y oportuno para aclarar algunas de las referencias del artículo.

**     Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. Borrador. 1857-1858. Grundrisse, vol. 2. Siglo XXI, Madrid, 1972, p. 229. Traducción de Pedro Scaron. [Damos la cita algo más completa, por venir muy a cuento de lo que está razonando aquí el prof. Vighi: «Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida, y por lo tanto el valor de cambio {deja de ser la medida} del valor de uso. […] Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio […]. El capital mismo es la contradicción en proceso, {por el hecho de} que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza», ib. pp. 228-229.]

***    Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós, Barcelona, 2006. Traducción de Eduardo Loedel.

«Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado siquiera tu único hijo»

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