¿Por qué leemos? ¿Por qué habríamos de leer? ¿Qué ha sucedido en los últimos años y décadas con el acto de leer? ¿Qué ha sido del libro como mito, como objeto de culto, como instrumento básico de cultura? ¿Por qué se anuncia el declive incipiente y futuro del papel impreso? ¿Dónde han acabado los lectores de periódicos y semanarios? ¿Cuándo fue la última vez que viste a un individuo que lea, hojee y utilice las viejas y valiosas enciclopedias de tres, cinco, diez volúmenes que dominaban las baldas ―aunque fueran pocas― de las estanterías?

El mundo cambia, y leer libros, leer en papel, ha comenzado a parecer una cosa del pasado. La revolución digital, el único tipo de fenómeno mundial que se ha granjeado de manera universal el título de «revolución», ha cambiado el aspecto de la vida social, los hábitos cotidianos y toda una forma de vivir precedente. Ha cambiado tanto la cultura de masas como la denominada alta cultura. En las universidades se enseña «informática literaria», e incluso los filólogos ―es más, ellos en primer lugar― parecen incapaces de estudiar a los clásicos ni de producir sus eruditos y cultísimos libros destinados a un puñado de sus colegas si no tienen ordenador. En su día, decir filólogo quería decir lector e hiperlector, lector competente, apasionado, empedernido. Hoy día significa más bien hábil y eficiente informático cuya memoria de los clásicos se confía al hecho de que la memoria de su ordenador «ha sido actualizada».

El intelectual comprometido, el obrero con conciencia de clase y el estudiante rebelde, típicas figuras del siglo veinte y típicos lectores de periódico, han desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. En el tren, en el autobús, en los parques y en casa, en el sillón o en el sofá, o en la cama antes de dormir, ¿quién sigue leyendo? Cuantos menos lectores se ven más se fomenta la lectura. El ser humano es un animal mimético. Los modos y estilos de vida no contemplan la lectura. ¿Qué hacer? Propondría a los publicistas, que todo lo pueden, que muestren cada tanto a hombres y mujeres elegantes y atractivos, jóvenes o maduros, con un libro o un periódico en la mano. Lo mismo podrían hacer directores de cine cultos y de buena voluntad, desde Woody Allen a Spielberg, de Almodóvar a Garrone, Ozpetek, Moretti, poniendo cada tanto en escena a un personaje que lea y que tome decisiones después de haber leído una página de la que se puedan atisbar en la pantalla algunas frases impresas. Algún que otro espectador saldrá después del cine pensando que es posible: ¡Se puede leer!

Según las encuestas, el numero de lectores en Italia ha disminuido. En el último año sólo el 40,5% de los italianos ha leído un libro, mientras que el mercado digital está al alza. Una vez más parece que las mujeres leen más que los hombres. La franja de edad en la que más se lee es entre los 11 y los 14 años, lo que significa que se empieza a leer porque los padres y los profesores lo quieren, lo aconsejan, lo imponen. Pero en el paso de la infancia a la adolescencia, en cuanto se deja de obedecer, se deja también de leer. El hecho de que desde los 14 a los 19 años se lea poquísimo es uno de los síntomas más inquietantes y descorazonadores. Cuanto más pueden hacer los chavales lo que quieran, menos leen. Una adolescencia que rehúye la lectura no contribuye, desde luego, a crecer, y empobrece la formación de la personalidad, probablemente para toda la vida. Quien después hace una carrera universitaria, leerá más que quienes no la hagan. Pero no cabe duda de que los alumnos de instituto que prácticamente sólo hayan lidiado con los libros de texto y con las lecturas obligatorias, no llegarán muy preparados ni aclimatados a los estudios universitarios ni a los niveles superiores de cultura.

Cabría preguntarse qué narices pasa con los estudiantes de instituto, qué tienen en la cabeza, cómo pasan su días y si no cabría hacerlos salir lo antes posible de esa especie de gueto ocioso para hacer que se dediquen a actividades más individualmente responsables.

Cuando cae en mis manos un libro de texto lo escruto siempre con curiosidad. Más allá de la calidad del contenido que albergue, la organización de los conceptos, el tipo de prosa y la estructura gráfica de las páginas, de lo que se percata uno enseguida es de que los libros de texto jamás se presentan como verdaderos libros. Es como si las editoriales de manuales escolares hicieran todo lo posible por que los libros de estudio no se parezcan en nada a los libros que se leen. De este modo acaban por disociarse el estudio y la lectura. No es esta una cuestión baladí si se tiene en cuenta que, incluso entre los estudiantes universitarios, los doctorandos y finalmente los académicos maduros, estudiar no implica realmente leer. Y esto no sólo ocurre en el ámbito de las ciencias naturales (¿Qué libros lee un químico, un biólogo, un astrofísico cuando no está estudiando su materia?): en las propias humanidades, el estudio tiende a no presentarse ya como una profundización y una intensificación de la lectura, sino que obedece a una lógica diferente: la lógica del estudio metódico destinado a la producción académica de otros estudios metódicos. La conclusión es que hoy en día, desde hace mucho tiempo, ya no se da por sentado que un estudioso de la literatura sea un buen lector de literatura. De un estudioso de Virgilio, o de Tasso, o de Defoe o de Balzac, ya no cabe esperar que sea capaz de juzgar si las novelas de Ken Follett o de Umberto Eco, de Andrea Camilleri o de Dan Brown tienen algún valor, y cuánto.

Quienes leen por motivos profesionales, es decir, por productividad profesional y «científica», no son necesariamente lectores en sentido amplio. Los estudios humanísticos serían, por tanto, una especialización como cualquier otra, ya no habrían de considerarse «formativos» de la conciencia, ni del gusto, ni de la aptitud crítica. La crítica literaria está en vías de extinción, tanto porque gran parte de la literatura actual ya no es objeto de interés crítico como porque los académicos no son necesariamente lectores interesados en emitir juicios.

Se empieza a hablar de algo cuando deja de ser un hecho cierto para convertirse en un problema. El hecho de que el acto de leer y la lectura ya no se den por sentados empezó a comprenderse hace varias décadas, durante los años 70. Fue la década en la que la modernidad del siglo XX, con su conflictivo rigor y agresividad sentenciosa, comenzó a disolverse en una posmodernidad relajada y «creativa». Una forma de New Age en la que el consumo cultural, la moda de la sabiduría antigua y las filosofías perennes, el afán por el «hazlo tú mismo» y la creencia de que «todos podemos ser escritores si queremos» prepararon el mundo cultural en el que aún vivimos. La nueva poesía y la nueva ficción podían surgir, y de hecho surgieron, de la «no lectura» de la poesía y de la narrativa escritas en el siglo XX. Era posible sentirse creativos más porque te lo aconsejara el psiquiatra que porque se tuviera una noción de lo que eran las artes y los géneros literarios. Es cierto que las vanguardias del siglo XX habían atacado y demolido tanto la idea clásica del arte como la burguesa, su idealización y su artesanía: tanto el futurismo, con sus «palabras en libertad» (Filippo Tommaso Marinetti), como el surrealismo, con su «escritura automática» (André Breton), abrieron el camino a la «literatura para todos», a una literatura ordinaria, del azar y del inconsciente, a una creatividad sin arte para eternos principiantes.

Pero, ¿qué textos podían producir las palabras en libertad futuristas y la transcripción automática surrealista de las libres asociaciones mentales, sino textos «experimentales», ilegibles, documentos y monumentos del sinsentido? Textos fácilmente imitables pero imposibles de leer, destinados a ser papel mojado. La provocación del método de producción propuesto valía y significaba más que el producto producido. Afortunadamente, imitar a Proust, Kafka, o a Maiakovski, T. S. Eliot, Lorca y Brecht era otra cosa. El talento individual y la maestría técnica seguían siendo el punto de partida necesario para cualquier literatura que pudiera exigir y esperar ser leída y releída.

En los años 70, el siglo XX estaba agonizando. Ya se había exprimido todo cuanto era posible exprimir de las ideas de vanguardia y revolución. La literatura ilegible y la revolución imposible eran estrellas menguantes, sendas hacia la autodestrucción. Se empezó a comprender que la literatura tenía más necesidad de lectores para leerla que de teóricos para hacer teoría con ella. La discusión acerca de «qué es la literatura» fue sustituida por una pregunta diferente: «qué es la lectura, por qué y cómo lee un lector».

Aunque pasó desapercibido, Franco Brioschi comenzó en Italia con un largo ensayo publicado en Comunità, la revista de Olivetti: un ensayo destinado a dar frutos en los veinte años siguientes, titulado «El lector y el texto poético». Brioschi decía que sin lectores, sin lectura, los textos literarios no están realmente vivos, sino que sólo lo están en potencia. La literatura existe en quienes la leen y en el acto de ser leída. Esto nos hace responsables del pasado, tanto si sigue existiendo como si se sume en la inexistencia de archivos y bibliotecas. La vida de los clásicos está en manos de los lectores contemporáneos. La lectura, por tanto, no es menos creativa que la escritura.

En 1977, en la revista alemana Tintenfisch (literalmente: pez de tinta, es decir, sepia o escritor) fundada por Klaus Wagenbach, apareció la intervención de uno de los ensayistas y poetas más originales y provocadores del Grupo 47, Hans Magnus Enzensberger: una modesta propuesta para defender a la juventud de las obras poéticas. En tanto que autor cuyas obras eran leídas en las escuelas, Enzensberger atacaba la lectura escolar basada en una idea coercitiva: la idea de que sólo hay una lectura «correcta», una sola manera de leer un texto literario. Había que dejar al lector, en primer lugar, la libertad de actuar por su cuenta, cómo, dónde y cuándo quisiera. Había que recordar que «la lectura es un acto anárquico», es el conjunto de formas en que cada individuo, por las razones más variadas, decide leer un texto e interpretarlo según sus necesidades, o no interpretarlo en absoluto, o en última instancia dejar de leerlo. Sin esta libertad, la lectura no respira, muere. Por eso, en nuestras escuelas se acaba por desalentar la lectura, en lugar de fomentarla, desde el momento en que esta experiencia está regulada según normas, esquemas, métodos y criterios iguales para todos y en toda circunstancia. Hasta Leopardi dejó escrito que un libro no es el mismo en todas las ocasiones en que se lee en distintas situaciones.

Sin excluir los riesgos de esta libertad, la libertad de leer, como cualquier otra, debía ser defendida contra toda teoría general sobre «qué es la literatura» y toda metodología normativa sobre «cómo leerla». Si las leyes de la lectura correcta y la interpretación adecuada quedan exclusivamente en manos de una casta intelectual y académica, los verdaderos lectores y la libertad de leer quedan deslegitimados.

Mientras tanto, incluso los teóricos y los académicos se dieron cuenta de que algo estaba sucediendo. En 1978, un erudito, Wolfgang Iser, publicó un importante volumen: El acto de leer. Diez años más tarde, hasta un filólogo convertido al estructuralismo y a la semiología como Cesare Segre se dio cuenta de que un análisis «científico» de las estructuras textuales no era suficiente. Cambió de opinión y se adaptó escribiendo una introducción al libro de Iser en la que se leían estas palabras: «No se puede hablar de los significados del texto sin la colaboración del lector, aun con todos los peligros de deformación que ella implique. No hay significado textual sin lectura».

¿Qué estaba pasando? El acto de leer estaba siendo sometido a análisis. La mente del lector y su actividad cognitiva se convirtieron en objeto de evaluación teórica y estudio empírico, empezando por sus movimientos oculares en la página hasta la comprensión de los significados de las palabras individuales y del conjunto. Se manifestaba aquí también una nueva inquietud sobre el ser humano que lee y su posibilidad de leer, una posibilidad cada vez más amenazada por el entorno.

En 1979, un escritor de éxito, muy atento a su público y siempre movido por la pasión de conquistar nuevos lectores, Italo Calvino, comenzaba así una novela:

Estás a punto de comenzar a leer la nueva novela Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti todo pensamiento. Deja que el mundo que te rodea se difumine en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; tras ella siempre está la televisión encendida. Díselo ya a todo el mundo: «¡No, no quiero ver la tele!». Levanta la voz si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que moleste nadie!». Quizá no te hayan oído, con todo ese jaleo; dilo más fuerte, grita […].

Como de costumbre, Calvino parecía estar bromeando, pero estaba mostrando su temor a que sus lectores se despistaran, se distrajeran y lo abandonaran. El hecho de que un autor sofisticado y popular como él diera la voz de alarma y sintiera tal necesidad de autodefensa como para dirigirse al lector en papel e instarle a que no se dejara seducir por otros medios, dejaba claro que el entorno se había vuelto hostil y amenazaba la lectura. Leer un libro ya no era algo que se contemplara ni siquiera en el propio hogar, porque «la televisión está siempre encendida». Es como si el progreso técnico de las comunicaciones de masas, al haber colocado el televisor en el centro de la vida doméstica, hubiera relegado al lector de libros a un espacio marginal que hubiera que proteger con denuedo. Quienes leían iban a la contra de las costumbres del momento. Tenían que librar su batalla diaria contra las nuevas tentaciones y lisonjas.

¿No pasaba algo similar también en el pasado? Tal vez. Sólo que ahora el adversario de la lectura era más artero y seductor. Se trataba de un vehículo de cultura más fácil de usar, menos exigente y, por tanto, más potente. Ofrecía, bajo nuevas formas, algo parecido y opuesto a lo que proporcionan los libros: evasión, palabras, entretenimiento, historias, conocimientos, información, ideas. La página escrita, con su negro sobre blanco, sus líneas impresas todas iguales, es físicamente, perceptivamente más aburrida, con independencia de lo que comunique. El libro nos aleja de la realidad física. La televisión ofrece presencias físicas ilusorias, pero eficazmente audiovisuales.

En los últimos veinte años, se han multiplicado las escuelas de escritura. El deseo de escribir ha calado en la sociedad como nunca antes. Mientras que el libro que se lee está en declive, triunfa el libro que se escribe, el que todos aspiran a escribir. En el origen de esta paradoja está el «público de la poesía» de los años 70, cuando se descubrió que prácticamente sólo leían poesía aquellos (muy numerosos) que lo que querían era sobre todo escribir poesía. Hoy, a pesar de las quejas de la legión de autores inéditos, los autores publicados por las editoriales han aumentado de modo inverosímil. Los críticos literarios están agotados por la cantidad de poetas y narradores en circulación que esperan ser reseñados, admitidos en las historias literarias, acogidos en el Edén de los literatos. Hay cientos de novelistas. Los poetas se cuentan por miles. Si a los que han encontrado un editor añadimos los que lo están buscando, podemos llegar a la conclusión de que la gente no lee porque quienes podrían hacerlo están ocupados escribiendo.

Pero si ni siquiera lee literatura quienes escriben, ¿qué cabe hacer? Lo primero que se me ocurre es que necesitamos escuelas de lectura. Esta idea parece más razonable, menos descabellada y más honesta que las escuelas de escritura. Se puede aprender a escribir, pero nadie puede enseñar a ser un narrador o un poeta. Prometer esto es sembrar ilusiones. ¿Cuántos novelistas han salido de la Escuela Holden de Baricco en veinte años de actividad? Es mejor que crezcan los lectores, sin los cuales la edición languidece.

Hay un hermoso relato de Heinrich Böll en el que un lector anónimo visita a un escritor famoso, mostrándole no sólo dedicación, sino también una rara e inteligente discreción. De hecho, no se ha presentado al autor para ofrecerle, al final, el manuscrito de su propio libro, sino únicamente porque lo admira. En este punto, Böll pone en práctica su inversión copernicana de la relación. Es el escritor quien le dice al lector: «¡Es usted un genio!».

Hoy en día, el genio y la originalidad se necesitan más para leer que para escribir. He conocido a tres autores que podrían haber escrito las mejores novelas italianas de finales del siglo XX y en cambio no lo hicieron: Raffaele La Capria, Cesare Garboli y Piergiorgio Bellocchio. No lo hicieron porque fueron excelentes lectores de novelas. Sabían mejor que nadie lo que es una novela y se cuidaron de no escribir una que no estuviera a la altura de sus expectativas. La autocrítica es la sal y la levadura de la literatura. Cuando falta, todo el mundo escribe libros que hacen perder el tiempo que encuentran. Para leer, se necesita algo que valga la pena y que transforme la pena en un placer que no se olvide fácilmente. Los autores mediocres e incapaces son aquellos incapaces de releerse. No son buenos lectores de los libros de los demás: ¿Cómo iban a ser buenos jueces de sí mismos? Quieren ser leídos sin imaginar qué puede sentir un lector al leerlos.

No sé si alegrarme o sentir pena, pero estamos entrando en una nueva era en la que serán más raros y anómalos quienes leen libros que quienes los escriben. Mantener la mirada fija en una página impresa sin el atractivo sonoro, cinético y cromático de una pantalla, mantener el cerebro tranquila y provechosamente ocupado en descifrar y dar sentido a diminutas marcas negras sobre el papel, requerirá cada vez más energía de carácter, capacidad de interiorización, imaginación viva y comprensión global de un texto que puede llegar a tener varios cientos de páginas.

Sí, para continuar o empezar a leer libros hará falta ingenio, ya que el contrincante con el que compite el libro es un smartphone, una tableta, un portátil, herramientas y objetos dotados de un magnetismo en parte obvio (puedes encontrar todo lo que hay dentro sin esfuerzo) y en parte misterioso (sigues maniobrando con ellos aunque no busques nada, para ver qué más puedes buscar).

Luego están los bestsellers con su misterio que nunca se aclara del todo. Su función tranquilizadora, una vez alcanzado el éxito, resulta evidente. Dado que los libros publicados son muchos, y de hecho demasiados, es sobre todo el lector no profesional quien necesita algunos criterios para guiarse. Los libros que se venden mucho ofrecen una solución: lo que le gusta a todo el mundo, a mí también me gustará. Por eso los bestsellers crecen sobre sí mismos, convirtiéndose en un género: casi no-libros, sino más bien talismanes, objetos mágicos, símbolos de pertenencia. El bestseller no necesita ser buscado, descubierto y elegido en persona. Ahorra el esfuerzo y la vergüenza de la elección. Ya ha sido encontrado y elegido por otros, una masa de otros. Y nada tiene más éxito que el éxito. Porque quien compra y lee un bestseller, esté donde esté y esté con quien esté, se siente como en casa en el mundo. La función de los libros superventas no es orientar a los no-lectores hacia la lectura, sino acostumbrarlos a leer más libros de la misma categoría, la categoría más popular del mercado.

Por otro lado, tampoco cabe creer que en la aristocracia de la cultura no ocurre nada parecido. Si en los niveles inferiores hay quien sólo osa leer a los premios Strega o Campiello, en los niveles superiores, en las universidades, hay gente que se siente importante y segura sólo si estudia a Shakespeare, o a Dante, o a Joyce, o a Leopardi, a Montale, a Calvino, autores sobre los que sigue amontonándose la bibliografía crítica aunque ya no haya nada o casi nada que decir. Una vez más, no se busca, sino que se encuentra lo que ya se ha encontrado. Uno puede disfrutar simplemente de la lectura de los grandes clásicos. Pero no. Se quiere ser interactivo y se escribe otro libro más sobre la montaña de los ya escritos. Es poco probable que el académico entre en una librería y se abandone a la curiosidad. Se centra en valores consolidados e incuestionables. Si se aventura en la literatura contemporánea, ocurre lo peor: encuentra indiscutibles a autores que ni siquiera merecerían ser leídos.

Extraña experiencia era en el pasado la lectura. Un eminente lector-crítico, George Steiner, habló de ello en el ensayo «Una lectura bien hecha», también escrito en 1978, que abre el libro Pasión intacta. Steiner piensa a lo grande, abarca los siglos y va de Horacio a Mallarmé, de Coleridge a Flaubert, de la Torá a la elegía de Auden por la muerte de W. B. Yeats. La crítica social y cultural del presente pasa por alimentar la nostalgia. Decir cultura es decir sentido, cuidado y memoria del pasado. Es una de las diferentes formas de religiosidad humana, que va desde el culto a los muertos hasta la consternación ante el poder indomable de la Naturaleza terrestre y cósmica.

Quien ha crecido acostumbrado a los libros, amándolos y conservándolos, no consigue olvidarlos. Pero también hay quienes, como Steven Spielberg, sienten nostalgia por la forma en que se leían los periódicos en los años 70. En una entrevista decía: «Los periódicos eran el medio de información por excelencia en aquella época. Una época fascinante para mí, cuando hojear el periódico al aire libre era una lucha contra el viento, en casa los niños arrancaban las páginas, se derramaba el café en la mesa del desayuno. Sigo teniendo esta relación física con el periódico de papel, es una cosa generacional, un signo de mi edad: prefiero tener la verdad en la mano antes que dejar que me mire desde una pantalla».

No habrá quema de libros. El papel impreso acabará y ya está medio incinerado por las miradas indiferentes con que lo miramos.

Alfonso Berardinelli (1943) es un ensayista y crítico cultural italiano, autor de innumerables libros. En castellano han aparecido El intelectual es un misántropo (Ed. El Salmón, 2015) y Leer es un riesgo (Círculo de Tiza, 2016), traducidos ambos por Salvador Cobo.

(Artículo aparecido en Il Foglio, el 6 de febrero de 2018)

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