Septiembre de 2020 ha sido el mes con menos muertes en la historia de Suecia, de acuerdo al número de fallecidos por cada 100.000 habitantes. En toda la historia. Y no me refiero al septiembre menos mortal, sino al mes menos mortal. Para mí, esto es una evidencia bastante clara de dos cosas. Primero, que la Covid-19 no es una enfermedad terriblemente letal. Y segundo, que Suecia ha alcanzado la inmunidad de grupo.

Cuando publiqué esta información en mi Twitter, la respuesta de quienes abogan por más confinamientos fue que el motivo por el cual septiembre ha sido un mes con tan pocas muertes era que antes, durante la pandemia, ya había muerto todo el mundo. En mi opinión, se trata de un argumento sin sentido. ¿Por qué?

Porque en Suecia han muerto por la Covid 6.000 personas, en un país con una población de diez millones de personas. 6.000 personas es el 0,06% de la población. Si basta con que muera a causa del virus una parte tan pequeña de la población como para que la pandemia se extinga por completo, hasta el punto de que hayamos tenido el mes con menos mortalidad de la historia de Suecia, entonces eso quiere decir ante todo que la pandemia nunca fue tan letal.

En agosto, escribí un artículo en el que proponía que la mortalidad de la Covid-19 es de sólo el 0,12%, más o menos la misma que la de la gripe. Era una cifra estimada un poco a ojo. Mi hipótesis era que, como la tasa de mortalidad había bajado continuamente durante meses hasta llegar a niveles bajísimos, Suecia debía haber alcanzado en algún punto la inmunidad de rebaño. Y supuse que al menos el 50% de la población debía haber estado infectada como para haber alcanzado dicha inmunidad de rebaño. El 50% de la población sueca es cinco millones de personas. 6. 000 / 5.000.000 = 0,12%.

A principios de octubre, uno de los directores ejecutivos de la Organización Mundial de la Salud, Mike Ryan, afirmó que la OMS estimaba que hasta esa fecha unas 750 millones de personas se habían contagiado de Covid-19. En esos momentos, habían fallecido por la enfermedad un millón de personas. Eso da una tasa de mortalidad de la Covid-19 del 0,13%. De modo que la OMS ha afirmado que la tasa de mortalidad es del 0,13%, algo que no está muy lejos de mis estimaciones. Esto, evidentemente, plantea la pregunta de por qué es necesario imponer confinamientos constantes para una enfermedad que no es peor que la gripe.

Poco después, la OMS publicaba un análisis del epidemiólogo John Ioannidis, con su estimación de la tasa de mortalidad de la Covid-19. Su análisis se basaba en estudios de seroprevalencia, es decir, el número de personas que han mostrado tener anticuerpos de Covid en sangre en distintos momentos en diferentes países, lo que se ponía en relación con el número de muertes en estos países. A través de este análisis, el profesor Ioannidis llegó a la conclusión de que la tasa de mortalidad global se situaría en torno al 0,23% (en otras palabras, una de cada 434 personas contagiadas mueren por la enfermedad). Para la población menor de 70 años, la tasa de mortalidad se situaría en un 0,05% (es decir, una de cada 2000 personas contagiadas de menos de setenta años muere por la enfermedad).

Como expliqué en otra parte, no creo que los datos de anticuerpos nos proporcione el cuadro completo, ya que hay estudios que demuestran que muchas personas no producen anticuerpos detectables en su torrente sanguíneo, pero aun así tienen inmunidad, ya sea gracias a la respuesta de las células T, o gracias a la producción local de anticuerpos en las vías respiratorias. Por lo tanto, creo que la tasa de mortalidad es bastante menor a lo hallado en el análisis del profesor Ioannidis, más en la línea de lo declarado por la OMS a principios de octubre.

Pero aunque las cifras de mortalidad basadas en anticuerpos fueran correctas, la Covid-19 no sería una enfermedad letal. Para comparar, se cree que la pandemia de gripe de 1918 tuvo una tasa de mortalidad por infección del 2,5%, es decir, que murió una de cada cuarenta personas infectadas. Así que la gripe de 1918 fue 11 veces más mortal que la Covid, si nos guiamos por las cifras del profesor Ioannidis basadas en anticuerpos, y 19 veces más mortal que la Covid si nos guiamos por la tasa de mortalidad proporcionada doce días antes por la OMS.

Y hay además una cuestión fundamental que se está pasando por alto. La persona promedio que fallece de Covid tiene más de 80 años y múltiples patologías subyacentes. En otras palabras, su esperanza de vida es muy corta. La persona promedio que moría en la pandemia de 1918 estaba al final de su veintena. De modo que cada muerte a causa de la pandemia de 1918 suponía cincuenta años de vida perdida por persona en comparación con cada muerte durante la pandemia de Covid. Si multiplicamos esto por el hecho de que tenía una tasa de mortalidad 19 veces mayor, resulta que la gripe de 1918 fue en realidad 950 veces más mortal que la Covid en lo que respecta a su capacidad para acortar la vida de las personas.

Bien, he hablado de la tasa de mortalidad de la pandemia de gripe de 1918, y la he comparado con la de la Covid. ¿Pero qué pasa con la tasa de mortalidad de los virus del resfriado común que circulan constantemente en la sociedad? ¿Se puede comparar con la Covid-19?

Mucha gente piensa que los virus del resfriado común son inofensivos. Pero en realidad, entre las personas mayores con problemas de salud subyacentes, a menudo suelen resultar mortales. Un estudio llevado a cabo en 2017 descubrió que, entre las personas mayores vulnerables, el rhinovirus del resfriado es en realidad más mortal que la gripe común. En ese estudio, la mortalidad a 30 días de las personas mayores vulnerables ingresadas en el hospital debido a una infección por rhinovirus fue del 10%. En caso de ingreso por gripe, la mortalidad a 30 días era del 7%.

¿A dónde quiero llegar? Para las personas mayores y vulnerables, y con problemas de salud subyacentes, hasta la más inofensiva de las infecciones, el llamado «resfriado común», puede resultar mortal. De hecho suele serlo. La Covid-19 no es una enfermedad anómala, y no parece tener una tasa de mortalidad mucho más alta que el llamado «resfriado común».

Hay una última cuestión que merece ser discutida: el efecto de la Covid-19 en la mortalidad general. Si resulta que la Covid-19 no tiene ningún efecto en la mortalidad general, lo que habría que plantear es por qué se están imponiendo confinamientos, ya que en realidad no se estaría evitando ninguna muerte. De modo que, ¿cuál es el efecto de la Covid en la mortalidad general?

Veamos el caso de Suecia, ya que quizás se trate del país que ha adoptado el enfoque más relajado para prevenir el contagio, y en consecuencia también cabría haber esperado que fuera el país que sufriera el mayor impacto en su tasa de mortalidad general. Desde enero hasta septiembre de 2020, en Suecia han tenido lugar 675 muertes por cada 100.000 habitantes. Eso es menos que en los años 2017 y 2018. De hecho, por ahora 2020 es el tercer año con menos mortalidad en la historia de Suecia.

¿Qué quiere decir todo esto? Significa que la Covid-19, una pandemia viral supuestamente letal, no ha matado a un número suficiente de suecos como para tener un impacto notable en la mortalidad general. ¿Cómo explicar esto, cuando sabemos que 6.000 suecos han muerto de Covid?

Tal y como yo lo veo, hay dos posibles explicaciones. La primera es que la mayoría de las personas que murieron «de» Covid en realidad murieron con Covid. En otras palabras, dieron positivo en un test de Covid-19 y fueron por tanto catalogados como muertes por Covid-19, cuando la verdadera causa de la muerte fue otra. La segunda es que la mayoría de las personas que murieron de Covid eran tan mayores, y con una salud tan frágil, que aun sin la Covid probablemente habrían muerto a estas alturas. No hay otras explicaciones posibles.

No estoy diciendo que la Covid-19 no sea nada, o que no exista. Lo que digo es que es un virus con un efecto marginal en la longevidad. Y, sin embargo, las políticas públicas de la mayoría de los países han sido tomadas en base a escenarios catastrofistas basados en cifras completamente irreales. En pocas palabras, hemos actuado como si estuviéramos lidiando con un brote global de Ébola, cuando la Covid-19 se parece mucho más al resfriado común.

Sebastian Rushworth es un médico sueco que trabaja en las Urgencias de un hospital de Estocolmo, Suecia. Para más información, véase su web: https://sebastianrushworth.com/.

(Artículo aparecido en la web del autor el 24 de octubre de 2020)

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