Italia fue el primer país de Europa en imponer el confinamiento, así que, ¿qué podemos aprender del intento del país de imponer restricciones para acabar con la Covid-19? ¿Y qué enseñanzas puede brindar la experiencia italiana de desescalada a Gran Bretaña, que empieza también a salir del confinamiento?

Diez ciudades de la provincia de Lodi, en Lombardía, y una del Véneto fueron designadas áreas o «zonas rojas» el 23 de febrero de 2020: dos días después de la primera muerte de Covid-19 y tres días después de identificarse el primer caso autóctono de Covid-19 (es decir, un caso que no pudo vincularse al contacto con personas venidas de fuera). Cuando el primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, anunció el confinamiento nacional completo —la «zona naranja»— el 11 de marzo, había 12.482 casos y 827 muertes. Aunque se ha atenuado progresivamente, a día de hoy, 21 de agosto, el confinamiento continúa.

La falta de preparación para la pandemia, en un contexto de histeria alimentada por los medios de comunicación debido a la naturaleza explosiva inicial de la pandemia europea se reflejó en las decisiones tomadas. Con independencia de lo que podamos pensar acerca de la sensatez y el impacto de esas medidas drásticas, ahora no es momento de señalar con el dedo y culpar a los políticos por tomar decisiones difíciles en tiempos de crisis imprevistas. Deberíamos mirar lo que ha cambiado. Y preguntarnos si nuestra situación actual justifica otro confinamiento generalizado o local, así como hasta qué punto estamos preparados para un futuro rebrote.

Tras ocho semanas de restricciones, el confinamiento en Italia empezó a suavizarse el 4 de mayo. Los italianos salieron a la calle con cautela. En núcleos reducidos, visitaron a sus familiares; las fábricas reabrieron y se reanudaron las obras, pero las escuelas y las iglesias permanecieron cerradas. La mayoría tenía ganas de volver a degustar un buen café después de meses. Hacia el mes de junio, la ansiedad había menguado: los casos habían bajado a apenas 200 al día. Sin embargo, los hábitos sociales de abrazar y dar la mano a los amigos, fundamentales en el estilo de vida italiano, se habían desvanecido en un breve espacio de tiempo.

Durante el verano los casos «positivos débiles» de Covid-19 (es decir, aquellos en los que sólo se detectó una pequeña cantidad del virus) aumentaron, pero los ingresos hospitalarios y las muertes siguieron disminuyendo. Parecía que los que daban positivo tenían menos virus en sus cuerpos. En Lombardía, la proporción de positivos débiles era de alrededor del 50% del total de casos y la proporción está aumentando. Los ingresos hospitalarios en la región eran escasas y las muertes, afortunadamente, cada vez más escasas.

Comprender el papel de los «positivos débiles» y la amenaza que representan es vital para responder a la pregunta de qué sucede a continuación. Las evidencias sugieren italianas que menos del 3% son infecciosos. Otros 14 estudios de la relación entre la infecciosidad y los resultados de las PCR apuntan en la misma dirección. Sin embargo, el impacto del anuncio de una serie de nuevos casos «positivos» sigue despertando el temor de la opinión pública.

Los casos importados y el papel de las personas asintomáticas explican en parte la continua circulación de virus endémicos. Anunciar simplemente que hay nuevos casos «positivos» nos dice muy poco. Unos test fiables podrían decir si un caso ‘positivo’ es infeccioso, con un grado razonable de certeza.

En agosto, los casos han aumentado, a la par que aumentaban los test. El gobierno, marcado por lo que pasó a principios de marzo, rápidamente ha vuelto a imponer restricciones. Los bares nocturnos han cerrado, las mascarillas son obligatorias en zonas concurridas. Sin embargo, en medio de estas decisiones apresuradas de reimponer restricciones, hay poco que sepamos con certeza. No existe una definición universalmente aceptada y unívoca de caso de Covid-19, dado que la enfermedad puede variar mucho de una persona a otra (como indican los resultados de «casos positivos débiles», los niveles de virus detectados pueden variar sustancialmente).

En consecuencia, el número de casos no debería ser el principal impulsor de futuros confinamientos. El vino italiano ha sido sustituido por el gel hidroalcohólico; los turistas han desaparecido; las iglesias, aunque están abiertas, apenas tienen afluencia. El estilo de vida italiano puede haber cambiado para siempre. Nuestros recuerdos pronto se desvanecen, pero necesitamos recordar el contexto en el que se aplicaron los confinamientos por primera vez. Una situación como la de Lombardía puede volver a surgir, pero sólo se pueden tomar decisiones convincentes si sabemos lo que estamos haciendo.

Carl Heneghan es médico y epidemiólogo, y director del Centre for Evidence-Based Medicine de la Universidad de Oxford.
Tom Jefferson es epidemiólogo en el Centre for Evidence-Based Medicine de la Universidad de Oxford.

(Artículo aparecido en The Spectator el 21 de agosto de 2020)

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