El objetivo último de todo sistema totalitario es establecer un control completo sobre la sociedad y sobre todo individuo en su seno con el fin de lograr la uniformidad ideológica y eliminar toda desviación de la misma. Este objetivo nunca podrá conseguirse, por supuesto, pero es la razón de ser de todos los sistemas totalitarios, con independencia de las formas que tomen y las ideologías que adopten. Puedes disfrazar el totalitarismo con uniformes nazis diseñados por Hugo Boss, con trajes de Mao o con mascarillas faciales de aspecto médico, pero su deseo fundamental sigue siendo el mismo: rehacer el mundo a imagen y semejanza de su paranoia… suplantar la realidad con su propia «realidad».

En la actualidad nos encontramos en medio de este proceso, motivo por el cual todo ha cobrado un aspecto tan delirante. Las clases dominantes del capitalismo global están implementando una nueva ideología oficial; en otras palabras, una nueva «realidad». En esto consiste una ideología oficial: es algo más que un simple conjunto de creencias. Todo individuo puede tener las creencias que le apetezca, pero tus creencias personales no constituyen la «realidad». Para hacer que tus creencias se conviertan en «realidad», necesitas tener el poder de imponerlas a la sociedad. Se necesita el poder de la policía, del ejército, de los medios de comunicación, de los «expertos» científicos, de la academia, de la industria cultural, de toda la maquinaria de fabricación de ideologías.

En este proceso no hay nada sutil. Desmantelar una «realidad» y suplantarla por otra es una empresa colosal. Las sociedades se van habituando a sus «realidades», y no renunciamos a ellas voluntaria o fácilmente. Normalmente se necesita una crisis, una guerra, un estado de emergencia, o… pongamos por caso, una pandemia mundial mortal.

Durante el cambio de la vieja «realidad» a la nueva «realidad», la sociedad se hace añicos. La vieja «realidad» se va desmontando y la nueva aún no ha ocupado su lugar; se vive como una locura, y en cierto modo lo es. Durante un tiempo, la sociedad se parte en dos, mientras las dos «realidades» luchan por implantar su dominio. Y siendo la «realidad» lo que es (o sea, monolítica), se trata de un combate a muerte: al final sólo puede quedar una «realidad».

Este es el periodo decisivo para el movimiento totalitario. Necesita negar la vieja «realidad» con el fin de poder implementar la nueva, y no puede hacerlo mediante la razón y los hechos, de modo que debe hacerlo mediante el miedo y la fuerza bruta. Necesita aterrar a la mayoría de la sociedad, sumiéndola en un estado de histeria colectiva sin sentido que pueda volverla contra quienes se resisten a aceptar la nueva «realidad». No se trata de persuadir o convencer a la gente para que acepte la nueva «realidad». Se parece más, antes bien, a conducir a un rebaño. Lo espantas lo bastante como para que siga moviéndose, y luego lo llevas adonde quieres que vaya. El ganado no sabe ni comprende a dónde está yendo, simplemente reacciona a un impulso físico. Los hechos y la razón no juegan aquí papel alguno.

Esto es lo que ha resultado tan enormemente desolador para aquellos de nosotros que venimos enfrentándonos al despliegue de la «Nueva Normalidad», ya sea desmontando el relato oficial de la Covid-19, o el «Rusiagate», o el «Asalto al Capitolio», o cualquier otro elemento de la nueva ideología oficial. (Y sí, estamos ante una sola ideología, no «comunismo» ni «fascismo», u otra nostalgia al uso, sino la ideología del sistema que en realidad nos gobierna, el capitalismo global supranacional. Vivimos bajo el primer sistema ideológico hegemónico en la historia de la humanidad, en el que llevamos viviendo los últimos treinta años. Si no te convence el término «capitalismo global», siéntete libre de llamarlo «globalización», o «capitalismo de amiguetes», o «corporativismo», o el nombre que te venga en gana. Da igual el nombre: hablamos del sistema que se convirtió en el sistema ideológico hegemónico a escala global y sin rival cuando se vino abajo la Unión Soviética en la década de 1990. Sí, hay focos de resistencia interna, pero no hay adversarios externos, por lo que su progresión hacia una estructura más abiertamente totalitaria es lógica y totalmente predecible).

En todo caso, lo que ha resultado increíblemente frustrante es que muchos de nosotros hemos estado viviendo bajo el espejismo de que estábamos involucrados en una discusión racional sobre hechos (por ejemplo, los hechos del Rusiagate, del Hitlergate, del 11-S, de las armas de destrucción masiva de Saddam Husein, la batalla de Douma en la guerra civil siria, la «insurrección» del 6 de enero en el Capitolio, la narrativa oficial sobre la Covid-19, etc.), pero esto no es en absoluto lo que está ocurriendo. Los hechos no significan absolutamente nada para los adeptos de los sistemas totalitarios.

A los adeptos de la Nueva Normalidad les puedes mostrar todos los hechos que quieras. Puedes mostrarles las fotos falsas de cadáveres por las calles de China en marzo de 2020. Puedes mostrarles las proyecciones falseadas de tasas de mortalidad. Puedes explicarles cómo funcionan los falsos test PCR, cómo personas completamente sanas son consideradas como «casos» médicos. Puedes mostrarles todos los estudios existentes sobre la ineficacia de las mascarillas. Puedes explicarles las cifras falsas de «hospitalizados» y «muertos», enviarles artículos sobre los «hospitales de campaña» no utilizados, sobre las tasas de mortalidad que, cuando se ajustan por edad y población, no son nada del otro mundo; puedes citarles las tasas de supervivencia del virus en menores de 70 años, los riesgos y la inutilidad de «vacunar» a los niños. Nada de esto supondrá diferencia alguna para ellos.

Otra opción, en caso de que hayas comprado la narrativa de la Covid-19 pero sin renunciar por completo a tus facultades críticas, es hacer lo que viene haciendo últimamente Glenn Greenwald. Puedes señalar cómo los medios corporativos han mentido de manera intencionada, una y otra vez, para provocar una histeria de masas en torno al «terrorismo doméstico». Puedes mostrar videos de «violentos terroristas domésticos» entrando plácidamente en el Capitolio, guardando una sola fila como si de un grupo de turistas de estudiantes de instituto se tratara, después de que los miembros de seguridad del Capitolio los hayan dejado entrar. Puedes desmentir el tristemente célebre «asesinato» del policía Brian Sicknick «con un extintor», cosa que nunca sucedió. Puedes recalcar que el hecho de creer que unos pocos centenares de personas desarmadas correteando por el Capitolio pueda ser calificado como una «insurrección», una «intentona de golpe de Estado», o «terrorismo doméstico», es delirante hasta el punto de ser una simple chifladura. Pero nada de esto supondrá tampoco diferencia alguna para ellos.

Podría seguir dando ejemplos, y me temo que tendré que hacerlo, ya que la ideología de la «Nueva Normalidad» tiene visos de convertirse en nuestra nueva «realidad» en el transcurso de los próximos años. Por ahora, lo que quiero destacar es que esto no es una discusión. Las clases dominantes del capitalismo global, los líderes de los gobiernos, los medios de comunicación corporativos, así como la masa de adeptos de la Nueva Normalidad a la que han utilizado, no están debatiendo con nosotros. Conocen los hechos. Saben que los hechos contradicen sus narrativas. No les importa, ni tiene por qué importarles. Porque no se trata de hechos. Se trata de poder.

Con esto no quiero decir que los hechos no importen; evidentemente importan, nos incumben. Lo que estoy diciendo es que debemos percatarnos de qué es lo que tenemos ante nosotros. No se trata ni de un debate ni de una búsqueda de la verdad. Los partidarios de la Nueva Normalidad están desmontando una «realidad» y reemplazándola por una nueva «realidad». (Sí, soy consciente de que la realidad existe en un sentido ontológico fundamental, pero no es la «realidad» de la que estoy hablando aquí, así que les ruego que no me dirijan correos despotricando contra Foucault y la posmodernidad).

La presión para adaptarse a la nueva «realidad» es ya muy intensa, y se agravará a medida que se vayan normalizando los pases sanitarios, el uso público de mascarillas, los confinamientos periódicos, etc. Quienes no nos adaptemos seremos demonizados sistemáticamente, condenados al ostracismo social y/o profesional, segregados y castigados de alguna u otra manera. Nuestras opiniones serán censuradas. Seremos «borrados», nos expulsarán de las redes sociales y  de YouTube, seremos silenciados. Nuestras opiniones serán catalogadas como «potencialmente dañinas». Nos acusarán de difundir «noticias falsas», de ser «radicales de extrema derecha», «racistas», «antisemitas», «conspiranoicos», «antivacunas», «violentos terroristas domésticos contra el capitalismo global», o simples «acosadores sexuales», o la etiqueta que consideren que nos perjudica más.

Todo ello tendrá lugar tanto en el ámbito público como en el personal. No sólo los gobiernos, los medios de comunicación y las multinacionales, sino que también lo harán tus compañeros de trabajo, tus amigos y tus familiares. La mayoría de ellos no lo hará de forma consciente. Lo harán porque tu rebeldía representa una amenaza existencial para ellos… una negación de su nueva «realidad», un recordatorio para que no olviden la realidad que han entregado con el fin de seguir siendo personas «normales» y evitar así las represalias expuestas más arribas.

Esto es nada nuevo, por supuesto. Así es como se fabrica la «realidad», no sólo en los sistemas totalitarios, sino en todo sistema social organizado. Aquellos que están en el poder usan a las masas para imponer la aquiescencia con su ideología oficial. El totalitarismo es simplemente su forma más extrema y más peligrosamente paranoica y fanática.

De modo que, sí, no dejes de publicar y compartir los hechos, si es que puedes evitar la censura, pero no nos engañemos acerca de a qué nos estamos enfrentando. No vamos a despertar a los adeptos de la Nueva Normalidad con hechos. Si pudiéramos hacerlo, ya lo habríamos logrado. No estamos ante un debate civilizado en torno a hechos. Esto es una guerra. Obra en consecuencia.

C. J. Hopkins es un escritor y premiado dramaturgo estadounidense, residente en la actualidad en Berlín.

(Artículo publicado en Consent Factory el 20 de junio de 2021)

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