Quién iba a imaginar que el verdadero amor/ nos golpearía de este modo el corazón:/ ya tarde cuando estamos sin remedio/ prisioneros de la equivocación.

Una noche de hace mucho tiempo, cuando tenía 17 años, asistí a un espectáculo protagonizado por una Drag Queen. El show entremezclaba monólogo, humor, conversaciones espontáneas con el público asistente y música, sobre todo coplas. Tuvo lugar en un antro situado, creo, por Antón Martín; digo «creo» porque yo era entonces un recién llegado a Madrid, y mi memoria se resiste a sacudirse de encima la penumbra y confusión que envuelven mis recuerdos de ese otoño. Recién aterrizado, cabría decir, porque para un muchacho que jamás se había movido de la ciudad de provincias en que había crecido, ese Madrid de finales de los noventa era prácticamente otro planeta, aún poblado por una libertad quinqui, creativa, cutre y caótica que se hallaba en sus estertores, y que yo bregaba por asimilar, por respirar.

Casi había olvidado esa noche, y esa actuación, que sobrevino a mi encuentro durante mi lectura de Tengo miedo torero, del escritor chileno Pedro Lemebel (1952-2015) recién publicada con exquisito gusto por Las Afueras Editorial. La novela (originalmente de 2001, y que cuenta por cierto con una versión cinematográfica también reciente) está ambientada en la Chile de finales de los años ochenta, efervescente de huelgas, protestas, insurgencia, donde un joven izquierdista encontrará a un personaje proveniente de un mundo en apariencia ajeno a él: un homosexual con un don excepcional para el bordado y un tenaz apego por canciones románticas pasadas de moda.

Nunca me habían llamado la atención las coplas o los boleros. De la dictadura de Pinochet, siempre me estremeció su gestación, las horas del golpe militar, el brutal derrocamiento del proyecto de socialismo democrático de Allende. Y ahora me viene esta novela a agitar mi ignorancia no sólo por la historia de Chile y por canciones antiguas que ya nadie escucha; sino en especial, y ante todo, por la extraordinaria belleza que puede habitar la subversión de los vínculos.

La novela se desarrolla en torno a la relación que nace entre «Carlos», activista político de izquierdas, y la Loca del Frente, una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre maduro, ajado ya por la edad. La disidencia sexual se va anudando con la disidencia política según transcurre el relato y a medida que el lazo que une a los dos protagonistas se va estrechando. Carlos y sus amigos recurren al apartamento de la Loca del Frente para mantener reuniones «de estudio» y dejar ahí algunos materiales, pero pronto es evidente el secreto y la clandestinidad que rodean a las actividades de estos jóvenes militantes, que encuentran el espacio idóneo para sus conspiraciones en un piso cochambroso en un barrio a las afueras de Santiago, en esos suburbios, casi de otra época, donde la modernidad no ha puesto un pie y su implacable bisturí de cálculo no ha podido extirpar aún el caos, lo semirruinoso, la delincuencia o la insurgencia política.

La trama que subyace al libro —la preparación de un atentado contra Pinochet— tiene un evidente interés, aunque, a mi parecer, los fragmentos protagonizados por el dictador y su mujer suponen una interrupción del lenguaje y de los ritmos de la historia principal. Y es que lo que hace de esta novela una obra sobresaliente es la delicadísima ternura que nutre la relación entre Carlos y la Loca del Frente, y la encantadora poesía —divertida, amorosa, amariconada— que mana con tanto salero de la boca de esta última: la novela cita con profusión multitud de coplas y boleros, y la Loca del Frente subvierte y deconstruye sus letras y las hace propias desde su disidencia de género.

Porque de subversión de los vínculos es de lo que habla nuestra novela. Quien escribe estas líneas viene viviendo y presenciando desde hace un tiempo, entre asombrado y conmovido, cómo se quiebran los moldes en que se presupone que deben encajar las relaciones entre individuos. Amigx, novix, amante, follamigx, pareja, expareja: etiquetas endosadas por unos cánones sociales que no entienden, y no pueden aceptar, lo subversivo que resulta desembarazarse de esas camisas de fuerza conceptuales, y vivir libremente, como buenamente se quiera y se pueda, el vínculo que nazca entre dos personas. Claro que estas relaciones no están exentas de ambigüedad, inestabilidad o dolor. Tengo miedo torero nos muestra la belleza, pero también la fragilidad, que puede atravesar el amor entre dos individuos, y también el desequilibrio, lo que les obliga a caminar siempre con mucha delicadeza y cuidado del otrx.

Estoy muy feliz de haberme cruzado con La Loca del Frente y su prosa de maricón brujo tan primorosa, recargada en su punto justo. Aquella noche de otoño, en el Madrid indecente que empezaba a diluirse en la modernidad del nuevo milenio, yo me sentía profundamente desconcertado, y algo incómodo, al descubrir la alegría con que podía vivirse la insumisión de los géneros. La Drag Queen que oficiaba el espectáculo se acercó a mí con el micro, queriendo charlar un rato, y ante mi silencio y mi rechazo, me espetó en un grito: «¡Pero no me seas tan seco, niño!».

Sé que hoy habría disfrutado mucho de su show, gracias en parte al motín y la anarquía relacional que estoy descubriendo junto a algunas personas que me son muy queridas; gracias también a la labor de publicaciones como las de Ed. Imperdible (cuyo reciente Kabaret Ploma parece guardar extraordinarias semejanzas con lo vivido por la protagonista de la novela que nos ocupa: Hubo un tiempo en el que andábamos bailando entre tinieblas por el lado salvaje de la existencia: hubo heroínas que se enfrentaron al sistema y esta es su historia, o parte de ella, dicen en el prólogo). Y en buena medida gracias a Pedro Lemebel, esa maravillosa Loca del Frente cuyos versos floridos y antiguos tanto me habría encantado escuchar cuando cantaba hablando, cuando hablaba cantando.

Salvador Cobo es padre, editor en Ediciones El Salmón, librero en Fahrenheit451 y creador de Política y Letras.

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