Durante mis últimos años de enseñanza en la Universidad de Parma descubrí que era intolerante a la lactosa, a los tomates crudos y a gran parte de la crítica literaria académica. La erudición plomiza de ciertas tesis doctorales tuvo efectos devastadores en mi esófago, al igual que la mantequilla frita y la ensalada caprese. Cuando sobre mi escritorio aparecía un gran volumen dedicado a la «Pragmática del Antropónimo en las obras de juventud de Flaubert», corría vilmente para refugiarme en el humor impasible de Guido Vitiello, el bibliopatólogo que escribe en Internazionale, o en las páginas de una novela negra antigua publicada por Mondadori, de esas en las que aparece, entre un párrafo y otro, el dibujo de un pequeño verdugo encapuchado, una pistola o un pequeño frasco de veneno. Albergaba un vago remordimiento por haber obligado a generaciones de jóvenes a pasar horas y horas en las páginas de Todorov y Genette, cuando podrían haber pasado un rato mucho más ameno leyendo El conde de Montecristo o Las aventuras de Sherlock Holmes. «Cuando me jubile ―pensaba― será todo un alivio olvidar que hay literatura secundaria, las notas al pie de página y las bibliografías, y dedicaré cada minuto a esos libros que Perec solía decir que se leen “bocabajo”, identificándote totalmente con ellos, esperando que nunca se acaben».

Sin embargo, ahora que he dejado la universidad, he descubierto que la vida del jubilado también reserva, en su plácida rutina, algunas sorpresas. En las baldas de la editorial Sellerio, mientras buscaba la última novela negra de Alessandro Robecchi, pesqué Variaciones sobre Kafka (Palermo, Sellerio, 2018, pp. 209, 14 euros), que me ha reconciliado con la investigación literaria, la literatura comparada y la filología. Me recordó que cuando un crítico curioso y apasionado «trabaja con pequeños indicios», por usar las palabras de Mario Lavagetto, caminar sobre sus huellas es un privilegio, como caminar sobre las del Padre Brown o las de Miss Marple. Me hizo descubrir el placer de seguir, en el bosque de la exégesis kafkiana, los guijarros blancos de un crítico-Pulgarcito en busca de una de las verdades más evasivas; robo la imagen de Pulgarcito a Pietro Citati, que la utilizó para Carlo Ginzburg al reseñar la primera edición de Historia nocturna.

El guijarro que pone en movimiento la investigación de Adriano Sofri es un error aparentemente inexplicable en la primera traducción italiana de La metamorfosis, la de Anita Rho fechada en 1935 y que sigue circulando hoy en día en la gloriosa colección de Biblioteca Universal Rizzoli. Al comienzo del segundo capítulo, la pequeña habitación donde el protagonista se despierta transformado «en un enorme insecto inmundo» y adonde lo ha arrojado su padre presa del terror, hacia el atardecer, sumido en una melancólica penumbra:

Los reflejos amoratados del tranvía eléctrico ―traduce Anita Rho― se esparcieron aquí y allá en el techo y en las partes superiores de los muebles, pero en la parte inferior, donde estaba Gregorio, estaba oscuro.

Pero en el texto original, señala Sofri, no hay rastro alguno de tranvías eléctricos. Los reflejos son los de las farolas de la calle, Strassenlampen, no los de un tranvía, Strassenbahn, y de hecho en otras traducciones más recientes se habla de «farolas». ¿De dónde procede el tranvía de Anita Rho? Esta ilustre germanista, que luego también habría de traducir a Robert Musil, ¿pudo confundir acaso una palabra por otra? Cabría pensar que fue así, pero el examen de un buen número de traducciones a los más diversos idiomas cuestiona esta explicación demasiado fácil. Porque el tranvía fantasma circula impávido de un continente a otro, apareciendo donde menos lo esperábamos: en Madrid, en 1925, la primera traducción anónima de la novela de Kafka; en la traducción francesa de 1928; en la traducción holandesa de 1938 y, ese mismo año, en una traducción argentina firmada por el mismísimo J. L. Borges; en la traducción persa de 1943 y en la traducción turca de 1955. Sin embargo, el texto de la edición original, que se ajusta a la del manuscrito que se ha conservado y que es muy legible, habla inequívocamente de «farolas». ¿Estamos ante una alucinación colectiva? ¿O, como sugiere Sofri con sorna, ante la conspiración de una «Internacional de Traductores de Tranvías» decidido a mejorar el texto de Kafka a su manera?

En realidad, los autores de la traducción del «tranvía» tienen una fuente común: la segunda edición del relato, aparecida dos años después de la primera. En los borradores de esta segunda edición, una mano desconocida reemplazó la luz de las farolas de la calle por la luz móvil e intermitente del tranvía. ¿Se trató de la mano de un editor, que empeoró el texto al introducir esa variante no autorizada? ¿O fue la mano de Kafka, queriendo dar un toque conmovedor al encarcelamiento forzoso de Gregori, a quien las luces del tranvía no pueden sino recordarle el fervor de una vida en movimiento de la que ahora está excluido?

Con esta pregunta nos encontramos en el verdadero corazón del sabio ensayo-relato de Adriano Sofri. Porque los expertos más acreditados en textos kafkianos, a falta de pruebas inequívocas, han preferido atenerse al texto del manuscrito y de la primera edición; pero Sofri se muestra a favor de la tesis opuesta, y convoca argumentos muy convincentes. El más convincente de todos es que el brillo de las luces del tranvía ya aparece en una página del diario de Kafka de 1911, lo que parece coincidir con la descripción de la habitación de Gregory:

Las luces proyectadas por los tranvías que corren contra el techo pasan blancuzcas, veladas y a sacudidas mecánicas a lo largo de una pared y a lo largo del techo doblado en el borde…

Entre la habitación de Franz Kafka, bajo la cual realmente traquetea el tranvía eléctrico, y la habitación imaginaria de Gregori Samsa, hay una continuidad innegable y evocadora: la página de 1911, dirían los franceses amantes de la crítica genética, es un avant texte de la Metamorfosis. Además, señala Sofri, el tranvía que se anuncia a Gregori con sus destellos, es una anticipación, cargada de amarga ironía, de lo que sucederá después de su muerte: habiéndose deshecho de sus horribles restos, sus padres y su hermana, respirando con alivio, se regalarán por fin un viaje… un viaje en tranvía.

Difícil desprenderse de Variaciones sobre Kafka sin sentirse alistados bajo las banderas de la «Internacional del Tranvía»: los pasajes citados por Sofri, además de los diarios, otros relatos y las cartas del escritor, encajan como las piezas de un rompecabezas y ofrecen una base sólida a la «tesis del tranvía», mucho más rica en consecuencias de lo que uno podría haber pensado en un principio. Sin embargo, lo que vuelve realmente atractivo este pequeño libro no reside en su tesis central, ni tampoco en la elegancia con la que está ilustrado: se halla en las narraciones secundarias que el autor ha injertado en el hilo conductor de su investigación, y que lo convierten en una novela a lo Perec, repleta de personajes inverosímiles y animada por singulares vicisitudes. Piénsese, por ejemplo, en la historia de la primera traducción de La metamorfosis, aparecida de forma anónima en la prestigiosa Revista de Occidente de Madrid en 1925, para reaparecer sin cambios en Buenos Aires en 1938, firmada por Borges. ¿Acaso fue Borges quien la tradujo trece años antes? No. Borges tradujo algunos relatos cortos, aparecidos en el mismo volumen. Para no complicar demasiado las cosas, el editor también le atribuía la traducción anónima del 25, de la cual ya nadie parecía recordar al autor. En realidad se trataba de una autora, como reconstruye Sofri: Margarita Nelken, demasiado enfrascada en su vida callejera como militante revolucionaria como para preocuparse de reivindicar el trabajo de unos años antes. Traer de nuevo a escena a esta extraordinaria mujer, pintora, crítica de arte y feminista, no se encuentra entre los méritos menores de Variaciones sobre Kafka. Pero siguiendo el hilo de la traducción, los relatos se multiplican en mil direcciones diferentes: conocemos al traductor persa, que se suicidó en París en 1951, al traductor turco, comprometido en los años 30 y 40 en promover la difusión de la literatura occidental en su país, y el inefable profesor Fló, de Montevideo, que al estudiar la traducción atribuida a Borges ―equivocadamente, pero él no lo sabía―, verá en el famoso tranvía un recuerdo de infancia del escritor argentino, que creció en el ajetreo de los tranvías de Buenos Aires.

Para recordarnos lo impredecible y conmovedora que puede ser la vida póstuma de los textos literarios, véase la anécdota relatada a Sofri por Carla Melazzini (1944-2009), una erudita que trabajó durante mucho tiempo como maestra de la calle en los barrios problemáticos de Nápoles. La cito aquí en su totalidad, pensando en mis alumnos y en mis antiguos alumnos, a quienes me habría gustado recomendar Variaciones sobre Kafka, así como en todos los muchachos que leerán La Metamorfosis en los años futuros:

Hace varios años, leí en clase las primeras líneas de La metamorfosis de Kafka, y después les pedí a los chavales que me dijeran qué miembros de su familia, en su opinión, habrían aceptado cuidar al pobre Gregor Samsa convertido en un inmundo escarabajo. Los chicos respondieron unánimemente: la mamma. ¿Por qué? Obvio: porque pure ‘o scarafone è bello a mamma soja*. Sólo una chica se decantó por su hermana.

Al día siguiente me encontraba en la biblioteca y de pronto asoma por la puerta Gianni, el chico más feo y bajito de la clase, preguntándome con voz tímida: «Profe, ¿tenéis aquí el libro del escarabajo?»*.

Mariolina Bertini (1947), crítica literaria y profesora de Literatura francesa en la universidad, especializada en Balzac y Proust. Es autora del libro Torino, piccola, de próxima publicación en España.

(Reseña aparecida en Giacomo Verri Libri el 19 de marzo de 2018).


*Versión napolitana del refrán italiano Ogni scaraffone è bello a mamma sua: Todo escarabajo es guapo para su madre. En Nápoles, el escarabajo del refrán alude además a los niños más feos, torpes y desgarbados.

* En Enseñar al príncipe de Dinamarca, de próxima publicación en Ediciones El Salmón.

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