En mis anteriores intervenciones me he referido varias veces a la figura de la nuda vida. Considero, de hecho, que la epidemia demuestra sin lugar a dudas que la humanidad ya no cree en nada más que en la nuda existencia, que debe ser preservada como tal a cualquier precio. La religión cristiana, con sus obras de amor y misericordia y su fe hasta el martirio, la ideología política con su solidaridad incondicional, incluso la fe en el trabajo y el dinero, parecen pasar a un segundo plano en cuanto la nuda vida se ve amenazada, aunque sea en forma de un riesgo cuya magnitud estadística es fugaz y deliberadamente indeterminada.

Ha llegado el momento de aclarar el significado y el origen de este concepto. Es necesario recordar que el ser humano no es algo que pueda definirse de una vez por todas. Es más bien el lugar de una decisión histórica que se actualiza sin cesar, que en cada ocasión fija la frontera que separa al hombre del animal, lo que hay de humano en el hombre respecto a todo aquello dentro y fuera de él que no es humano. Cuando Linneo busca para sus clasificaciones una característica clara que separe al hombre de los primates, tiene que confesar que no la conoce, y acaba colocando junto al nombre genérico homo únicamente el viejo adagio filosófico: nosce te ipsum, conócete a ti mismo. Este es el significado del término sapiens, que Linneo añadió en la décima edición de su Sistema de la Naturaleza: el hombre es el animal que debe reconocerse como humano para serlo, y por tanto debe dividir ―decidir― lo humano de lo que no lo es.

Podemos denominar máquina antropológica al dispositivo a través del cual esta decisión actúa históricamente. La máquina funciona excluyendo del hombre la vida animal y produciendo lo humano a través de esta exclusión. Pero para que la máquina pueda funcionar, la exclusión debe ser también una inclusión, que entre los dos polos ―el animal y el humano― se dé una articulación y un umbral que los separe y los una. Esta articulación es la nuda vida, es decir, una vida que no es propiamente animal ni verdaderamente humana, pero en la que se decide en cada ocasión entre lo humano y lo no humano. Este umbral, que pasa necesariamente en el interior del hombre, separando la vida biológica de la vida social, es una abstracción y una virtualidad, pero una abstracción que se vuelve real al encarnarse en figuras históricas concretas y políticamente determinadas: el esclavo, el bárbaro, el homo sacer, al que cualquiera puede matar sin cometer un crimen, en el mundo antiguo; el enfant-sauvage, el hombre-lobo y el homo alalus como eslabón perdido entre el mono y el hombre entre la Ilustración y el siglo XIX; el ciudadano en el estado de excepción, el judío en el Lager, el individuo sumido en un coma profundo en la unidad de cuidados intensivos y el cuerpo conservado para la extracción de órganos en el siglo XX.

¿Cuál es la figura de la nuda vida que está hoy en cuestión en la gestión de la pandemia? No se trata tanto del enfermo, a quien sin embargo se le aísla y se le trata como nunca se le ha tratado en la historia de la medicina; se trata más bien del contagiado, o ―como se le define con una fórmula más bien contradictoria― del enfermo asintomático, esto es, algo que en la práctica todo individuo puede ser, aun sin saberlo. Lo que está en cuestión no es tanto la salud, sino más bien una vida ni enferma ni sana que, como tal, y en tanto que potencialmente patógena, puede ser privada de sus libertades y sometida a todo tipo de prohibiciones y controles. En la práctica, todos los individuos son, en este sentido, enfermos asintomáticos. La única identidad de esta vida que fluctúa entre la enfermedad y la salud es la de ser receptora del hisopo nasal y la vacuna, que, como el bautismo de una nueva religión, definen la figura invertida de lo que antes se denominaba ciudadanía. Este bautismo ya no es algo imborrable, sino que deviene por necesidad provisional y renovable, porque el neociudadano, que siempre tendrá que mostrar su certificado, ya no tiene derechos inalienables e indecidibles, sino únicamente obligaciones que deben ser decididas y actualizadas de forma incesante.

Giorgio Agamben (1943) es un filósofo y jurista italiano, autor de innumerables libros como Estado de excepción, Homo Sacer. El poder soberano y la vida desnuda, etc. Se ha mostrado muy crítico con la gestión de la crisis del coronavirus, y en su libro La epidemia como política (julio, 2020) expone sus reflexiones al respecto.

(Artículo publicado en la columna «Una voce», en la página web de la editorial italiana Quodlibet, el 16 de abril de 2021).

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