«He oído decir a menudo», observa un joven amigo mío, «que la literatura, o más bien, las novelas y los relatos que escriben hoy en día nuestros escritores, no «hablan de la vida», sobre lo que sucede ante nuestras narices en nuestro país y en el mundo. Y que la vida la cuentan mejor los periodistas, porque tal vez debido a su profesión están más familiarizados con los hechos y los tienen en justa consideración».

No estoy de acuerdo —le contesto—, en parte porque no está demasiado claro qué significa eso de «hablar de la vida». Creo que significa aferrar como en un abrir y cerrar de ojos, en un modo u otro, algo esencial que concierne a la verdad de nuestro tiempo. Sin embargo, la verdad de nuestro tiempo, la que interesa a la literatura, casi nunca la hallamos en las páginas de los periódicos ni en los reportajes que despachan los enviados especiales a las zonas del mundo en conflicto, donde tienen lugar eventos como masacres, guerras o revoluciones. Es más, no hay nada que envejezca más rápido que la actualidad que cubren. El terreno de la literatura es otro: es la búsqueda incesante de un presente más verdadero que el presente en el que vivimos, aquel que toca el «nervio del tiempo», es decir, su punto más sensible. Este es el tipo de búsqueda de la literatura, una búsqueda propia de zahoríes, hecha a través de un lenguaje diferente, distinto al que se necesita para escribir un buen artículo, y que por eso se puede releer muchos años después conservando su vitalidad y suscitando las mismas emociones.

Para que esto sea posible, no basta con ser conscientes del lenguaje que se utiliza, sino que esta conciencia debe llevarte a introducirlo en un contexto narrativo organizado de modo tal que lo vuelvas resistente; en una metáfora o en una estructura simbólica que tenga la capacidad de durar y de irradiar significado. Por eso diría que la calidad de una narración estriba en la forma irrepetible que asume la búsqueda solitaria (y no deliberada, sino natural, instintiva o subliminal) de la verdad de tu tiempo.

Esta verdad no tiene un solo rostro, tiene muchos, y cambiantes. Y no está sólo en los hechos que acontecen en realidad, sino también en los posibles, en los que no suceden de verdad. No hay ciencia o disciplina particular que pueda aprehenderla, no tiene nombre, ni rostro, ni fisonomía, no puede siquiera ser definida o acotada. Y, sin embargo, es algo que existe, que flota en el aire, algo de lo que todo el mundo de algún modo participa, y que reconocen solamente después de que un artista la haya revelado.

Son muy pocos los que logran a captar su reflejo, se encuentra donde uno no cree que pueda estar, y se puede entrever en un signo apenas perceptible, en una huella aparentemente insignificante. Un narrador puede captarla en una palabra (La náusea de Sartre) o con un solo adjetivo (El extranjero de Camus) utilizado con una acepción distinta y reveladora. Tal vez, para conectar con la verdad de su tiempo, este narrador debe dar la espalda a la realidad y debe mirar hacia otra parte, porque la realidad, o lo que dice ser tal, puede confundirlo o distraerlo (Kafka). Si la contempla desde demasiado cerca, puede no verla, y si la contempla desde demasiado lejos, puede confundirla. Y también puede ocurrir que consiga aferrarla sin verla, basándose (como el astrónomo que descubre una estrella invisible) en una hipótesis bien sopesada, o en una imagen mental.

La Política, la Ideología, la Moda, la Televisión, la Publicidad y los Periódicos creen hablarnos de la verdad de nuestro tiempo, pero no pueden sino manipularla de la forma que más les conviene para sus intereses, privilegiando siempre las apariencias. Todo lo que acontece, cuando se contempla a través de estos anteojos, acaba casi siempre deformado, desde la estructura de las frases hasta la elección de las imágenes. Quien, como artista, trate de contar de forma instintiva algo relacionado con la verdad de nuestro tiempo, de tocar el «nervio del tiempo», debe mantenerse alejado de todo esto, aun teniéndolo presente, debe carecer de prejuicios y ser desinteresado.

Si en 1975, un periodista hubiera ido a dar un paseo por el campo al atardecer, y hubiese visto que las luciérnagas ya no brillaban por encima de los arbustos, como en sus recuerdos de cuando era niño, no cabe duda de que no le habría dado importancia a este hecho, no habría pensado en llamar por teléfono al director de su periódico para comunicar la asombrosa primicia. Pero si ese paseo por el campo lo hace un escritor como Pasolini, entonces ese hecho mínimo y aparentemente irrelevante adquiere una importancia capital, pudiéndose reconocer en él la verdad de nuestro tiempo. Pasolini vio en aquel pequeño suceso la catástrofe que estaba devastando Italia justo en esos años, que todos tenían ante sus ojos, pero cuyo enorme alcance nadie había advertido: vio el fin de una época y de una civilización, la «pérdida de la gracia», y todo aquello que derivó de ella. No importa que las luciérnagas volvieran a brillar unos años después sobre los matorrales, porque la fuerza de la metáfora de Pasolini ha permanecido, con toda su carga reveladora, y brilla más que ellas.

O por poner otro ejemplo: mientras que durante ese mismo año, 1975, todos los periodistas daban parte hipócritamente de las vacuas frases de la jerga de los políticos, los discursos llenos de retórica de Andreotti y las mentiras de Fanfani, creyendo que de esa manera informaban y hablaban de la realidad de nuestro tiempo, Pasolini extraía de esas mismas frases la imagen (la metáfora) del Palacio, en el cual la política, alejada de las necesidades del país, se había encerrado, y la idea (la metáfora) del Proceso judicial que era necesario instruir contra los hombres del Palacio por los perjuicios y la devastación que habían causado sus políticas.

Era esta (ya entonces, como se ha visto más tarde) la verdad de nuestro tiempo. Pero sólo la había captado y había sabido transmitirla de forma apropiada un escritor. ¿Acaso no hizo Kafka algo parecido? ¿Quién habría podido imaginar, en el momento en que escribía En la colonia penitenciaria o El proceso, que el mundo estaba preparando e incubando en su seno el nazismo y el horror de los campos de exterminio? Y, sin embargo, todo esto era la verdad de su tiempo (y del nuestro), pero sólo él la contaba a su manera e in enigmate, ningún periodista hablaba de ello. Y si nos remontamos mucho más atrás en los siglos, ¿no fue Virgilio quien entrevió en la Égloga IV la imagen de su tiempo, el presagio de una nueva espiritualidad que en poco tiempo cambiaría el destino del mundo? Ni Tácito ni Suetonio, los «periodistas» del Imperio más importantes, a pesar del gran número de cónsules y consulados, de Césares y generales, de victorias y derrotas que se hacinan en sus páginas, llegaron a rozar jamás esas verdad que había presentido un poeta.

Esta verdad, cuando se oculta en una obra literaria, no es interesante de por sí, no es interesante porque nos haya sido revelada en cuanto tal, o porque proporcione un diagnóstico acertado, o una profecía que tendrá lugar; sino porque da esa obra una tensión antes desconocida, una fuerza, un misterio, una novedad de acentos y de lenguaje, que aumentan su calidad, multiplican su significado y su sentido, en otras palabras: contribuyen a su éxito (estético), y cambian al mismo tiempo nuestra visión de la literatura y de la realidad.

Raffaele La Capria (1922) es un escritor napolitano, ganador del Premio Strega por su novela Herido de muerte. La mayoría de su obra se compone de ensayos a medio camino entre la literatura, la diarística y la sátira política. En castellano ha aparecido La mosca en la botella. Elogio del sentido común (Ed. El Salmón, 2019).

(Texto aparecido en la obra Il sentimento della letteratura, Mondadori, 1997)

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