Algo bastante extraño está pasando en los dos países más afectados por el Covid-19. Reino Unido e Italia tienen un número creciente de casos pero un número estable y muy bajo de muertes, incluso semanas después de que los casos comenzaran a aumentar de nuevo.

En el momento de escribir este artículo, a 1 de septiembre, Reino Unido registra 1750 nuevos casos diarios y una muerte en una población de 67 millones de habitantes. Con una población aproximadamente similar y una media de 602 casos al día, Italia ha tenido poco más de cuatro muertes al día durante el último mes. El ratio de casos y muertes no se acerca ni de lejos al alcanzado en el apogeo de la pandemia. La otra característica notable es el desplazamiento de los casos a una población más joven. Puede haber varias explicaciones para esta tendencia. En primer lugar, el agente viral puede haber mutado a una forma menos virulenta. Aunque hay algunos estudios publicados que muestran mutaciones menores, esto es lo que se esperaría de un virus ARN que es inherentemente inestable (piénsese en los virus de la gripe, que cambian de forma perpetua de traje).

En segundo lugar, cabría pensar que se ha mejorado en el tratamiento del Covid-19. Aparte de la dexametasona empleada en el pequeño porcentaje de población que ingresa en las UCI, no hay tratamientos específicos para la enfermedad, y como no estamos observando un aumento sustancial en las admisiones hospitalarias o en la gravedad de la enfermedad, esto parece una explicación poco probable.

En tercer lugar, cabría pensar que han funcionado las medidas preventivas, permitiendo nuevos casos sólo cuando se producen descuidos. Si este fuera el caso, cabría pensar en una eficacia contra todas las formas de infecciones respiratorias agudas, como las enfermedades invernales. Esto ha sucedido en el hemisferio sur, pero el desplazamiento de la edad de los casos no encaja con esta teoría.

Una cuarta explicación posible y mucho más compleja es lo que llamamos el «problema de la realidad». Cada vez hay más pruebas que demuestran que los test utilizados en todo el mundo para identificar los casos de Covid de forma binaria «Sí o No» se están utilizando de forma simplista y descoordinada. Ya hemos explicado los límites de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) para llevar a cabo pruebas masivas.

La PCR es una prueba muy sensible, lo que significa que detecta los fragmentos más pequeños del virus que busca al amplificar la muestra millones de veces. Sin embargo, un fragmento de virus no es un virus completo capaz de replicarse y de infectar a otros seres humanos. Lo que busca la PCR es una pequeña parte de la estructura viral, no el microorganismo completo. Sólo los virus completos pueden infectarnos.

Además, rara vez se informa del número de ciclos de amplificación necesarios para alcanzar una «prueba positiva». Ahora sabemos que es una información vital para interpretar los resultados. Un número muy alto de ciclos puede detectar fragmentos y dar un resultado positivo, pero un número más bajo de ciclos es mucho más probable que identifique a los individuos infectados e infecciosos que requieren cuarentena.

Se esperaría que se informara de todo esto en los resultados de una PCR, pero no se suele hacer. Y podrían pasar cosas peores. Una prueba muy sensible es vulnerable a la contaminación con material genético ajeno (de ahí la necesidad de trajes aislantes para los técnicos). La rápida expansión de la capacidad de hacer test puede haber degradado nuestra capacidad de esterilidad al aumentar el rendimiento y la formación del personal de laboratorio. También hemos encontrado estudios que examinan el diferente rendimiento de los kits de PCR en la misma muestra y los resultados no son alentadores, con notables divergencias en los umbrales de los ciclos para obtener los mismos resultados positivos, lo que indica la absoluta necesidad de estandarizar los test en todo el mundo comparando sin cesar los procedimientos y el rendimiento de las pruebas con el único patrón oro real para medir la capacidad de contagio de una persona: el cultivo viral.

Cada vez hay más pruebas de que una buena proporción de los «nuevos» casos leves y de las personas que vuelven a dar positivo tras la cuarentena o el alta hospitalaria no son infecciosos, sino que simplemente están eliminando partículas de virus inofensivas que su sistema inmunológico ha tratado eficazmente. Aquellos cuya inmunidad es más activa están exactamente en el grupo de edad de los «positivos» observados y con menos probabilidades de desarrollar una enfermedad grave.

Así pues, parece que tenemos por un lado la realidad de la circulación viral, que probablemente vaya disminuyendo rápidamente, y por otro la realidad percibida de un test genial mal utilizado e interpretado con simpleza que puede ser empleado con gran efecto cuando la circulación viral es mucho mayor (lo que hace más probable que una prueba positiva identifique correctamente el virus) o para hallar rastros de bichos a los que se les da muy bien esconderse en nuestros cuerpos, o sus fragmentos en aguas residuales que indican su presencia en algún momento en el pasado.

Para evitar esta doble realidad y los peligros de aislar a las personas no infecciosas o a comunidades enteras, necesitamos un esfuerzo internacional para estandarizar los test, la calibración periódica contra el cultivo u otras medidas reconocidas de infecciosidad y protocolos y procedimientos estrictos de laboratorio, probablemente con una autoridad central de licencias. Hay que trabajar mucho más para correlacionar los umbrales de los ciclos, las características de los pacientes y la información sobre la circulación de los virus. La medicina y la salud pública tienen que ver con las personas, no con informes impresos.

Carl Heneghan es médico y epidemiólogo, y director del Centre for Evidence-Based Medicine de la Universidad de Oxford.
Tom Jefferson es epidemiólogo en el Centre for Evidence-Based Medicine de la Universidad de Oxford.

(Artículo aparecido en The Spectator el 1 de septiembre de 2020)

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