Es comprensible que, en una crisis, los políticos recurran a metáforas de tiempos de guerra, pero no siempre encajan. En su día tuvimos la «guerra contra el terror». Ahora los políticos hablan de la necesidad de derrotar a la Covid-19. Se trata de algo más que lenguaje. Hay una gran diferencia entre una estrategia de erradicación de la Covid-19 y una que busca encontrar una manera de vivir con este virus, del mismo modo en que aprendimos a vivir con la gripe A (o, como se la llama ahora, la gripe).

El primer ministro de Inglaterra está marcando la pauta. En una intervención ante un comité de diputados conservadores, afirmó: «Tenemos que asegurarnos de derrotar a la enfermedad mediante los medios que hemos fijado». Y más adelante: «Debemos, debemos derrotar a esta enfermedad».

Y la semana pasada, el líder de la oposición, Keir Starmer, le dijo a Boris Johnson, entre otras cosas, que debía «seguir adelante con la labor de derrotar este virus».

¿Están fijando como objetivo la eliminación del virus? De ser así, se trataría de una estrategia nueva, y supondría una señal preocupante de estar incurriendo en lo que en jerga militar se conoce como mission creep[i]. El pasado mes de marzo, se nos pidió a todos que permitiéramos a nuestro sistema de salud «ganar tiempo» y detener así la saturación de los hospitales por el repentino aumento de casos. La idea en ese momento, o al menos tal y como podía inferirse, parecía ser que «protegeríamos nuestra sanidad» durante un tiempo, y entonces nos acostumbraríamos a vivir con el virus una vez que el verdadero peligro hubiera pasado. Sin embargo, en los últimos meses, a medida que la ciencia ha ido arrojando luz, las políticas a adoptar han cambiado. El objetivo de prevenir una oleada de muertes parece haberse transformado en minimizar el número de casos en todos los grupos de edad, lo que constituye una propuesta completamente diferente.

Evidentemente, a veces puede ser positivo tener ambición y apuntar alto. La obsesión de Kennedy por llevar hombres a la Luna y traerlos de vuelta sanos y salvos impulsó grandes cosas. Pero, como reza el dicho, «hay que tener cuidado con lo que se desea, porque a veces se cumple». Tener ambiciones inalcanzables puede resultar muy caro, dañino y, cuando nos movemos en el terreno de la política, causar una miseria indecible, como bien sabemos por la descorazonadora historia de todas las utopías fallidas.

En este caso, es evidente que va a ser más fácil controlar a la gente que controlar al coronavirus y, con una previsibilidad más bien deprimente, eso es lo que los gobiernos de todo el mundo (con honrosas excepciones, como Suecia) se proponen hacer. Por lo tanto, resulta muy pertinente detenerse a examinar qué se quiere decir exactamente cuando se habla de «derrotar» al virus.

Sólo hay un ejemplo de una enfermedad humana causada por virus en la que se haya logrado una «derrota» total, y es la viruela. En su día, que no fue hace mucho tiempo, la viruela era una enfermedad terrible. En 1950, aún mataba a más de un millón de personas cada año sólo en la India. En 1967, seguía constituyendo una amenaza para tres quintas partes de la población mundial, mataba a uno de cada cinco infectados y dejaba a muchos más con cicatrices de por vida, o ciegos. Era un candidato ideal para la intervención médica.

¿Cómo tuvimos éxito con la viruela, y qué enseñanzas podría darnos para el coronavirus? Aunque el virus de la viruela puede entrar a través de las abrasiones de la piel cuando la gente está en contacto cercano, el medio de transmisión más importante era la vía respiratoria: inhalar el virus en condiciones de hacinamiento. La viruela infecta las células del pulmón y luego se propaga por todo el cuerpo, infectando muchos órganos. Entre ellos se encontraba la piel, donde producía las pústulas de la viruela en una distribución centrífuga característica, es decir, que afectaba principalmente a la cara y las extremidades, lo que permitía distinguirla clínicamente de la varicela, que afectaba principalmente al tronco y la cara.

La capacidad de distinguir clínicamente la viruela de otras enfermedades fue vital para ayudar a erradicarla del mundo, permitiendo aislar a los paciente cero. Además, un hecho resultaba crucial: no era infecciosa hasta que el paciente empezaba a desarrollar síntomas, momento en el que normalmente estaba lo bastante enfermo como para estar en cama, minimizando así la transmisión. Apenas había infecciones asintomáticas. También contribuía el hecho de que la viruela tenía un periodo de incubación típico de unos doce días, lo que significa que una vez que se identificaba un paciente cero, se disponía de casi dos semanas para rastrear los contactos y aislarlos hasta que se pudiera demostrar que no eran infecciosos.

Pero aún hay más. Se sabía que la vacunación contra la viruela era segura y muy eficaz, y se venía aplicando con un alcance cada vez mayor desde finales del siglo XVIII. La viruela era un virus de ADN estable con sólo dos tipos (mayor y menor), que eran exactamente iguales y respondían de manera idéntica a la vacunación. Y no había ningún reservorio animal para la viruela: sólo infectaba a los humanos.

Estas características clave, combinadas con la gravedad de la enfermedad, sirvieron de impulso para querer erradicarla del planeta, y también ayudó nuestra capacidad para hacerlo, ya que la erradicación significa que, para tener éxito, el reconocimiento de los casos, el aislamiento de los mismos y la eliminación de la enfermedad debe llegar a los rincones más lejanos, más pobres y menos avanzados tecnológicamente del planeta. La viruela se extinguió en su hábitat natural en 1979, y supuso una auténtica victoria para la humanidad y una «derrota» para el virus.

Sin embargo, las lecciones que los gobiernos deberían extraer para la Covid-19 son prácticamente recíprocas. El SARS-Cov-2 es un virus de ARN altamente mutable que se propaga por el viento, como todas las infecciones respiratorias, de manera mucho más eficaz que la viruela. Hay reservorios animales, una proporción muy alta de casos asintomáticos, y enormes diferencias en la gravedad de la enfermedad en diferentes segmentos de la población.

No hay características clínicas suficientemente específicas que sean de utilidad para determinar el aislamiento de casos, y el periodo de incubación relativamente corto, de unos cinco días de media, hace que dicho aislamiento de casos se vuelva en la práctica imposible y enormemente perturbador si se persigue con vigor. La dependencia en los test para identificar los casos, que requieren recursos masivos y generan de por sí graves problemas para conocer de forma razonable su exactitud y sensibilidad, significa que es difícil saber cuál es la carga de una enfermedad grave y una enfermedad leve, incluso en los países desarrollados que utilizan todos los recursos a su disposición.

Además, no existe vacuna. A pesar de la ola de optimismo al respecto, en el pasado los coronavirus se han resistido a los intentos de desarrollar una vacuna. Y aunque se encontrara una vacuna razonablemente efectiva, sus beneficios pueden ser de corta duración: la mutabilidad del virus significa que la Covid-19 puede mutar sin control.

Entonces, ¿dónde nos deja esta comparación entre la viruela y la Covid-19? Reconocer los casos es difícil, el aislamiento es muy difícil y tiene un enorme costo social. Este es el motivo por el que su eliminación es, casi con total seguridad, imposible.

Esto significa que debemos aprender a vivir con la Covid-19. La pretensión de derrotar al virus es una ambición falsa y peligrosa. La amplia proporción de la población para la que la Covid-19 representa un pequeño nuevo riesgo debería poder seguir con su vida con normalidad. A la parte de la población para la que la Covid-19 representa un mayor peligro se le debería presentar la información, animarla a hacer sus propias evaluaciones de riesgo y ayudarla a tomar medidas de control (si es que es lo que quieren hacer: algunos tal vez prefieran poder seguir viendo y abrazando a su familia y considerar la Covid-19 como uno de los muchos virus que puede traer el contacto entre humanos).

Es más, una vez que un país decide convivir un virus, la propagación relativamente asintomática del virus entre grandes sectores de la población es algo bueno porque acelera nuestro progreso hacia la inmunidad colectiva, que es donde, independientemente de lo que hagan los gobiernos, terminaremos en equilibrio con el virus. A través de la vacunación o la infección, así es como merman los virus. Las principales diferencias entre los países estarán en la magnitud de los propios objetivos que sus respuestas causen entretanto.

Aunque resulte irónico, hay una lección a extraer de la otra enfermedad viral humana que prácticamente ha sido «derrotada»: la polio. La poliomielitis ha sido erradicada en más de un 99% por una vacuna que utiliza una forma viva pero debilitada del virus. Se toma por vía oral, se replica en el intestino y se elimina en las heces. En la mayor parte del mundo esto significa que el virus se propaga entonces de forma eficaz en la comunidad: por lo que la propagación asintomática a quienes no han recibido formalmente una dosis de la vacuna ha sido en realidad esencial para el éxito del programa.

Las tasas de mortalidad de la Covid-19 no se pueden comparar con los grandes flagelos del pasado como la viruela y la peste, por lo que la coacción en nombre de la «derrota» del virus no tiene justificación alguna, además de no ser realista. La ambición absolutamente irreal de «derrotar» al virus puede quedar muy bien en los discursos, pero sería inalcanzable como política, y la aplicación de dicha política, con las medidas de supresión que conllevaría, causaría mucho daño. El primer ministro debería elegir sus palabras con cuidado, y su política contra la Covid-19 con más cuidado todavía.

El doctor John Lee ejerció la docencia y la medicina como patólogo, especializado en histopatología, que trata el estudio de las enfermedades a través del análisis del tejido y de las células.

(Artículo aparecido en The Spectator el 22 de septiembre de 2020)


[i] Se conoce con este nombre a la ampliación y expansión de una misión con respecto a su objetivo original, como fruto de la ambición y provocando al final el fracaso de la misma. Véase la definición ofrecida por Wikipedia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *