Debo confesar con rubor que mi primer encuentro con los libros de Dostoievski fue tardío, ya que tuvo lugar cuando tenía ya 22 años. Y en cierto sentido me vi obligado a ello. Creo que vale la pena relatar brevemente cómo tuvo lugar, dado que las circunstancias, lejos de ser triviales, resultaban extraordinariamente propicias para comprender a un autor de esa excepcional naturaleza.

Por aquel tiempo me encontraba, en una estancia que duró solamente un par de meses, en la Cárcel Modelo de Barcelona. Nada raro. España estaba azotada por el directorio militar presidido por Primo de Rivera, y su policía había dado una importancia excesiva a mi presencia que, de hecho, no estaba motivada por razones turísticas. (De esto un crítico maligno podría deducir de inmediato que, si respecto a mis lecturas me encontraba más bien retrasado, en cambio ya había progresado lo suficiente en la «delincuencia política»).

La cárcel de Barcelona estaba a rebosar, a principios de 1923, cuando yo entré, de catalanistas, sindicalistas, socialistas, comunistas y anarquistas. Qué hombres tan extraordinarios. En ningún país del mundo he conocido jamás a hombres tan admirables como los subversivos españoles. La Cárcel Modelo era también por otros motivos una cárcel modelo. Entre los anarquistas había algunos condenados a muerte por actos de terrorismo. Si algún día tengo tiempo contaré la historia de algunos de ellos. Llevaré siempre conmigo, vivo en la memoria, especialmente el recuerdo de uno de ellos, un jovencísimo pintor, aún menor de edad, con el cual tuve la gran suerte de poder trabar amistad gracias al beneplácito del médico de la cárcel, que se encontraba él mismo detenido debido a sus ideas «separatistas». Al contar con un médico entre los encarcelados, la administración de la Cárcel Modelo había considerado oportuno ahorrar y había despedido al médico que venía de fuera.

Quizá también valga la pena, antes de llegar a mi descubrimiento de Dostoievski, que añada dos palabras sobre ese muchacho condenado a muerte, puesto que se encontraba en una situación genuinamente dostoievskiana. Después de ser condenado a muerte (que en España se ejecuta mediante «el garrote», es decir, por estrangulación), un ilustre jurista católico se había permitido observar públicamente que ningún código penal español, ni siquiera el militar, contemplaba la pena de muerte para los menores de edad. ¿Acaso los jueces lo habían olvidado? La opinión pública se había quedado conmocionada, y acto seguido la estrangulación del chico había quedado en suspenso. Los militares en el poder no sabían qué hacer. Al final corrió el rumor de que la solución que prevaleció entre ellos fue la de respetar la ley y esperar, antes de estrangular al muchacho, a que llegase a la mayoría de edad.

Sin embargo, el joven condenado a muerte no había abandonado su habitual buen humor, y se divertía dibujando caricaturas de los generales españoles con sus enormes sables. Sin embargo para nosotros resultaba más complicado sumarnos a su aparente despreocupación. Nadie osaba ya lamentarse por que el tiempo pasara lentamente. La complicidad del médico, como ya he dicho, me permitía pasar toda la mañana con ese muchacho en la consulta médica. El médico se había limitado a comunicar a la dirección que nuestra salud requería un control diario. Era un buen hombre ese médico. En cierto sentido era un médico modelo. Nunca entendí por qué se preocupaba tanto por un forastero como era yo.

Además de la relativa libertad de la mañana, él nos procuraba libros y revistas para ayudarnos a sobrellevar las largas horas de la tarde y la noche, que cada uno de nosotros debía pasar en el aislamiento de nuestra celda. La suerte quiso que tuviera, entre otros, varios volúmenes de Dostoievski en traducción francesa. Así tuve el inmenso placer de leer, por primera vez, Los hermanos Karamázov o El idiota. Soy incapaz de decir hasta qué punto me dejó trastocado y cautivado. Ninguna otra obra literaria me ha hecho jamás una impresión semejante. Acabé por perder toda noción de tiempo y de lugar. En efecto ya no estaba en la cárcel. Leyendo esos libros, las angostas paredes de la celda se desvanecían, y yo me hallaba a miles de kilómetros de allí, en una atmósfera que me colmaba de una ansiedad desconocida hasta entonces. Unas veces creía caminar junto a una inmensa multitud a lo largo de los márgenes de un gran río, el Nevá, mientras a lo lejos, en la noche blanca, relucían las cúpolas doradas de un monasterio; en otras estaba sentado tras un matorral de jazmines, en un gran jardín, y contemplaba entre temblores al príncipe Mishkin esperando a Nastasia Filíppovna; o me encontraba de rodillas, en la hospedería de un santuario, escuchando la voz débil e inspirada de un viejo santo, el starez Zósima.Todas las mañanas, al encontrarme en la consulta del médico con el joven condenado a muerte, ¿de qué otra cosa podría haber hablado?

Al rememorar otra vez todo ello, después de tantos años, sólo puedo pensar en lo maravilloso que fueron esos días. Sin duda entre los más hermosos de toda mi existencia.

Ignazio Silone (1900-1978) dirigente del Partido Comunista italiano en los años 20, en los años 30 rompió con el comunismo y comenzó su carrera como novelista y escritor, dirigiendo junto a Nicola Chiaromonte la revista Tempo Presente. Su libro Salida de emergencia relata su primer compromiso con el comunismo y los porqués de su ruptura, sin alejarse nunca de los ideales socialistas.

(Texto aparecido en La Fiera Letteraria, 4 de marzo de 1956)

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