Mala suerte para quienes que cambiaron su lugar de vacaciones a Grecia cuando España fue puesta de nuevo en la lista de países en cuarentena. El gobierno griego acaba de declarar oficialmente que se encuentran en una «segunda ola». Tras explorar el Egeo, ahora los veraneantes deberán enfrentarse a su regreso a un conocimiento mucho más profundo del interior de sus propios hogares, ya que Grecia tiene ahora muchas papeletas de ser añadido a la creciente lista de países cuyos puentes aéreos con Gran Bretaña se han venido abajo.

Pero, ¿hasta qué punto es real esta «segunda ola» que supuestamente estaría barriendo Europa? Si miramos los gráficos de los nuevos casos registrados en Grecia, sí, podríamos denominarlo segunda ola. Los casos registrados comenzaron a aumentar desde mediados de junio en adelante. La cifra del domingo, 202, era considerablemente más alta que el pico de nuevas infecciones registradas en la primera ola en Grecia, que llegó a 156 el 21 de abril. Pero si a continuación observamos el gráfico del número de muertes por Covid-19 en Grecia, entonces no encontramos el menor rastro de una segunda ola.

Las muertes han sido alrededor de una al día, menos que la media de cinco al día registrada en el pico de abril. Es inevitable que se produzca un retraso entre los diagnósticos, pero si Grecia hubiera estado abocada a sufrir un segundo pico en el número de muertes, ya habría tenido lugar. En abril, la mayoría de los países vieron sólo una semana de diferencia entre sus picos de infecciones y muertes registradas.

Sucede lo mismo en la mayoría de los países en los que se ha habla de segundas olas: se puede rastrear en el número de casos que se han notificado desde mediados a finales de junio. Pero no ha habido ni la más remota señal de un aumento proporcional de las muertes, que cabría haber esperado que se dispararan durante la segunda ola de una pandemia letal, pero que en realidad han caído a niveles insignificantes en la mayoría de los países europeos. Incluso en Estados Unidos, donde se ha registrado un segundo pico ―nítido aunque modesto― en el número de muertes no ha llegado ni siquiera a igualar la amplitud de la segunda ola en el número de casos.

Esto implica varias posibilidades. En primer lugar, que la segunda ola en las infecciones registradas no es real; es una ilusión creada por el aumento del número de test. En segundo lugar, que hemos mejorado en el tratamiento de la enfermedad. En tercer lugar, que el grupo demográfico que ahora sufre el mayor número de nuevas infecciones es más joven y menos vulnerable que durante el primer pico de abril. En cuarto lugar, que la enfermedad en sí misma se está volviendo menos virulenta, como es habitual en las enfermedades transmitidas por el hombre, ya que la selección natural favorece las mutaciones que no matan a sus huéspedes. Probablemente se trate de una mezcla de varias de estas explicaciones.

Pero más allá de la explicación que se elija, lo que surge es antes bien una pregunta: ¿Por qué seguimos presas del pánico? El mero indicio de un aumento en el número de casos ―como en Nueva Zelanda, donde ha habido cuatro personas diagnosticadas después de 102 días sin un caso― lleva a que se confine una ciudad entera, sus negocios se vean obligados a cerrar y sus habitantes acaben encerrados en el interior de sus casas. El mundo ha desarrollado ante este virus una política de tolerancia cero que conlleva un precio terrible y que resulta completamente desproporcionada para el peligro que representa.

¿Cuánta gente podría imaginar, ante la incesante preocupación existente en el gobierno y en los medios de comunicación, que en Inglaterra y Gales, durante la primera semana de julio, el número de muertes por gripe fue cinco veces superior a las causadas por la Covid-19?  Esa fue la séptima semana consecutiva en la que las muertes por gripe (que, para esta época del año, son un tercio menos de lo normal) han sido más que las muertes por Covid.

Y, sin embargo, no se habla de otra cosa que de Covid, Covid y Covid. Como si no importara nada más en el mundo.

Ross Clark (1966) es un escritor, dramaturgo y periodista británico que colabora habitualmente con medios como The Times, The Spectator y The Telegraph.

(Artículo aparecido en The Telegraph el 12 de agosto de 2020. Foto de Prasesh Shiwakoti)

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