Es un lugar común de la ciencia, la medicina y la vida cotidiana que para resolver un problema primero hay que plantearlo y comprenderlo de forma adecuada. Si se hacen las preguntas correctas, encontrar soluciones puede ser sencillo. Pero si haces preguntas equivocadas puedes condenarte a andar a tientas en la oscuridad. De modo que tener una perspectiva correcta es de una importancia fundamental.

Por desgracia, la estrategia del gobierno británico para la Covid-19 es propia de quien camina a tientas en la oscuridad. En aras de «mantener a todo el mundo a salvo» hemos padecido confinamientos nacionales y locales, distancia social, mascarillas, toques de queda y el cierre de bares y cafeterías. Ahora nos enfrentamos a más restricciones, basadas en ingenuos modelos matemáticos y prácticamente sin pruebas.

Nuestra respuesta como sociedad parece no haber avanzado mucho desde 1665, año de la Gran Peste de Londres. Plantear mal el problema costó muchas vidas. Si se cree (como pensaba la gente en aquel entonces) que la peste era consecuencia de una atmósfera viciada, y no de una bacteria, se tomarán decisiones erróneas y empeorará las cosas. Las autoridades encerraron a los enfermos en sus casas con todos los que allí vivían, multiplicando la mortalidad general. Creyendo, paradójicamente, que los perros y los gatos propagaban la peste, organizaron matanzas generalizadas, facilitando la propagación de la enfermedad a través de una floreciente población de ratas y las pulgas que las acompañaban.

La Covid-19 es una enfermedad que viaja por el aire, así que esa parte al menos la hemos entendido correctamente. Sin embargo, desde el mes de marzo se ha producido un peligroso viraje en cuanto a la estrategia a seguir. Al principio se nos dijo que se necesitaba un confinamiento de tres semanas para evitar que nuestra sanidad pública se colapsara. Pero el cuestionable plan de proteger el sistema de salud se ha transformado en algo mucho más cuestionable, el de controlar el número de casos de Covid-19. Lo equívoco del planteamiento reside en equiparar los «números de casos» con los test «positivos».

¿Qué es un «caso» de Covid-19? Pongamos por ejemplo que, el invierno pasado, desarrolló usted un resfriado viral. ¿Se trataba de un «caso» de infección respiratoria causada por un virus? En el plano teórico tal vez fuera así. Pero a nivel práctico, en el mundo real, la respuesta es no: acudió al trabajo y siguió con su vida. Era invisible para las autoridades. Pongamos que empeoró un poco y acudió a su médico de cabecera. La respuesta sigue siendo no. Decidió tomarse un par de días libres. No, tampoco era un «caso», tal vez figurara usted en las estadísticas de baja por enfermedad, pero no como un caso de infección respiratoria. Y de haber llegado al extremo de requerir el ingreso en hospital por desarrollar un cuadro grave, entonces figuraría usted como «caso», pero se trata de una pequeñísima proporción de todos aquellos que tienen realmente la enfermedad.

El contraste con la situación actual es evidente. En el mes de febrero la Covid-19 se convirtió en una enfermedad de «notificación obligatoria[i]», lo que suponía la obligación de que se informara a las autoridades de todos los «casos». Dado que el único modo de identificar la Covid-19 es mediante un test de laboratorio, los test positivos se han equiparado a los «casos» positivos. Al principio se decía que no había casos asintomáticos, pero ahora sabemos que hasta el 90% de los casos o más pasan la Covid-19 sin síntomas. Un test positivo claramente no constituye un «caso» positivo de Covid-19.

Sabemos también que la Covid-19 afecta de manera muy diferente a distintos grupos de personas: entre jóvenes y ancianos la severidad de la enfermedad puede ser mil veces mayor o menor. Por lo tanto, el significado de un test positivo no puede equipararse a su significado en marzo, porque la incidencia de la enfermedad tiene en la actualidad una demografía completamente diferente.

Luego está la cuestión de los propios test. Las tasas de posibles falsos positivos constituyen una proporción sustancial de los casos «positivos», ya que los test masivos no verificados se extienden rápidamente. Existe una gran incertidumbre acerca del significado de las bajas cargas virales, halladas en la gran mayoría de los jóvenes asintomáticos. Lo más probable es que la infecciosidad sea muy baja. Los test de células T, a diferencia de los test de anticuerpos, indican que mucha gente ya ha desarrollado resistencia al virus. Cuanto más sabemos sobre este virus, más se parece a otros virus a los que ya estamos familiarizados.

Y, sin embargo, el gobierno está buscando una fórmula fácil para salir de la compleja maraña de restricciones que han tramado: «controlar» los «casos» y esperar a que una vacuna solucione las cosas. Por desgracia, lo primero es inútil, y lo segundo es poco probable que ocurra de manera efectiva, dados los intentos anteriores.

Ha llegado el momento de que el Gobierno empiece a plantear las preguntas correctas; afrontar esta crisis a la luz de las pruebas acumuladas, no de ideas preconcebidas que no han sido objeto de análisis. Sobre esa base, el curso que debemos seguir es claro: la propagación asintomática es positivo. Aconsejar y ayudar a los ancianos y a quienes padezcan enfermedades graves a protegerse si así lo desean, pero no obligarles, porque se trata de sus vidas, después de todo. Y dejar que todos los demás vuelvan por completo a la normalidad.

El doctor John Lee ejerció la docencia y la medicina como patólogo, especializado en histopatología, que trata el estudio de las enfermedades a través del análisis del tejido y de las células.

(Artículo aparecido en The Telegraph el 12 de octubre de 2020)


[i] Véase la nota al final del artículo «La idea de controlar este virus es un mito», del mismo autor, donde se explica el problema planteado por la «notificación obligatoria» de los casos de Covid-19.

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