No hay nada en la Covid-19 que no cuente con precedentes. La gripe asiática de 1957, igual de contagiosa y en su momento igual de novedosa, registró en Gran Bretaña un número de fallecidos proporcional al de ahora: teniendo en cuenta la población actual, equivaldría a 42.000 personas. El número total de muertos (y es una estadística llena de errores) por Covid-19 se encuentra en 46.000. A nivel mundial, la gripe asiática resultó mucho más letal, causando entre dos y cuatro millones de muertos. La gripe de Hong Kong de 1968-1969 también mató a cuatro millones de personas en todo el mundo, incluyendo a 80.000 británicos. Sin embargo, en ambos casos, la vida continuó.

Esto es lo que no tiene precedentes: nunca a un virus ha recibido tanto bombo. Me encantaría firmar un contrato con el agente de la Covid. ¡Menudo presupuesto en publicidad!

En una encuesta reciente del Kekst CNC, los encuestados británicos estimaban que casi el 7% de la población del Reino Unido había muerto por el coronavirus. Eso equivaldría a 4 millones y medio de personas. Los escoceses, por su parte, pensaban que más del 10% de la población del país había fallecido, con lo que estaríamos en siete millones de personas. Aún más increíble es que los estadounidenses creen que la Covid ha matado al 9% de sus compatriotas, ¡casi 30 millones de personas! Las cifras en EE.UU, en efecto, ya han superado la barrera de los 150.000 muertos, pero, por el amor de dios, si en la primera guerra mundial «sólo» murieron 20 millones de personas…
Es cierto que el ciudadano medio no se muestra particularmente hábil con la ciencia estadística. Sin embargo, las noticias del telediario nos martillean día sí y día también con los recuentos de muertos por Covid. Así, las personas convencidas de que en cinco escasos meses han perdido a una décima parte de sus compatriotas ―el significado literal de la palabra «diezmar»― sólo necesitan eliminar un dígito para darse cuenta de lo absurdo de sus abultadas estimaciones si se comparan con las cifras que dan las noticias. Pero los seres humanos nunca hemos sido muy buenos con los ceros, un defecto con el que cuentan para los déficit en las tesorerías.

Incluso Matthew Parris (muchas de cuyas columnas admiro) no es inmune al Síndrome de la Hipérbole Covid. Su última columna alude a este virus «que mata a millones de personas en todo el mundo», unas palabras que circularon sin que los quisquillosos editores y verificadores de hechos de esta revista pusieran objeción alguna. Sin embargo, el verdadero número de muertes en todo el mundo era en ese momento de unas 650.000 personas.
Yo abogaría por mejorar la educación de los ciudadanos británicos en matemáticas, cosa posible siempre que Gran Bretaña continuara educando, algo que ya no hace. Así que vamos a tomar esas exageradas impresiones de la letalidad como una prueba de esta campaña de propaganda de inigualable éxito. Nuestro gobierno ha destruido el país y necesita que la histeria siga creciendo para continuar haciéndolo. Boris Johnson ha recibido ya suficientes palos, así que es hora de que, por una vez, reconozcamos el mérito al muchacho: lo de destrozar el país se está dando genial.

Durante todos estos meses, que ahora me parecen una eternidad, he tenido mis dudas respecto a las afirmaciones de que «nada volverá a ser lo mismo». Sin embargo, ahora sí me preocupa que la Covid-19 pueda haber creado una nueva intolerancia hacia la propia biología que podría durar mucho tiempo.

Cuando era pequeña no existía la vacuna triple vírica, y se daba por hecho que los niños contraerían sarampión, paperas, varicela y rubeola. Yo, solícitamente, pasé todas estas enfermedades, que no eran nada  agradables y ―ahora me doy cuenta― sí mucho más peligrosas de lo que mis despreocupados padres daban a entender.

Naturalmente, a lo largo de mi vida también he contraído gripe y resfriados, y me he resignado a la evidencia de que estas molestas dolencias se debían al contacto con otras personas. De forma abstracta, también era consciente de que otras personas podían contagiarme patógenos más graves: tos ferina, meningitis y tuberculosis, por nombrar sólo algunos. Sin embargo, hasta ahora nunca se me había ocurrido que la solución fuera envolverme en un film transparente, ponerme una compresa en la cara y encerrarme en un armario.

Cuanto más implacables son estas normas decididas por microgestión: la «distancia social» (expresión que he llegado a odiar), las mascarillas obligatorias, los continuos cierres de la actividad y los confinamientos que se reinstauran de forma caprichosa en distintas regiones debido, según parece, a un rebrote de catorce contagios extra; cuanto más implacables son estas normas, más tenemos en cuenta lo que hasta ahora había acechado en nuestro subconsciente: que otras personas pueden ser fuentes de contagio. Era un hecho totalmente asumido, pero ahora este riesgo continuo de juntarse con otros seres humanos se nos revela intolerable.

Ahora mismo estoy en Nueva York, donde la paranoia sanitaria persevera y la vida social es casi inexistente. Esta semana, cosa nada frecuente, una pareja vino a casa. No se sentaron, no se quedaron mucho tiempo, y se cuidaron mucho de no tocar nada. Cuando se fueron, visiblemente aliviados, se embadurnaron de inmediato en gel hidroalcohólico. No creo que la situación vaya a ser diferente el verano que viene. Google, por poner un ejemplo, ya ha recomendado a sus empleados que trabajen desde casa durante los próximos doce meses.

La curva de nuevos casos en Reino Unido se ha estabilizado de forma brusca, pero no ha llegado a cero. Y a nuestro primer ministro sólo le vale el cero. Así que mientras el coronavirus persista, las asustadizas medidas profilácticas seguirán vigentes. A cambio de esta valiente vigilancia ejercida en nuestro nombre, se nos pide que sacrifiquemos poca cosa. Sólo a nuestro amigos. A los nuevos y a los viejos. Todas las actuaciones en directo, conciertos u obras de teatro. Restaurantes. Todas las grandes ocasiones: bodas, funerales, cumpleaños y otras celebraciones familiares. Viajes. Colegas. La búsqueda del amor. Cualquier tipo de evento masivo, como los festivales. El dentista. La Seguridad Social. Ah, y la economía, y por si hace falta traducirlo, eso significa el país, y punto.

La «opción nuclear» de Boris Johnson de otro confinamiento completo del país sigue estando sobre la mesa. ¿A santo de qué? La única conclusión constructiva que se puede sacar de este fiasco es que los confinamientos indiscriminados y de larga duración para eliminar la enfermedad son una catástrofe. Y, sin embargo, la consecuencia más espantosa de la Covid-19 podría ser que el confinamiento ―que hasta ahora sólo se había aplicado en las cárceles― se convierta por defecto en la respuesta oficial ante cualquier virus nuevo.

Porque habrá un nuevo virus, y tras este, otro más. ¿Cuántas veces puedes se puede disparar la deuda pública, cuántas veces se puede arrasar con la pequeña empresa, paralizar los servicios públicos ―incluyendo la atención sanitaria― y suspender durante meses las libertades civiles del otrora «pueblo libre»? En lugar de este continuo bombardeo, una «opción nuclear» literal podría ser terminar de una vez por todas con nuestra agonía, pero de forma rápida.

Lionel Shriver (1957) es una periodista y escritora estadounidense, autora de Tenemos que hablar de Kevin, El mundo después del cumpleaños o Todo esto para qué, entre otros libros.

(Columna publicada en The Spectator, 8 de agosto de 2020)

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