Si quieren existir colectivamente —es decir, políticamente— en el debate público y en el equilibrio de poder, los antiindustriales y los antiautoritarios tienen la tarea primordial de encontrar un nombre que no sea «anti…», sino que diga exactamente por qué están luchando, ya que lo único que sabemos de ellos es que están en contra de todo y de su mundo. Un nombre es una idea. Que emerja su corriente, oculta como tal en los medios de comunicación y en la cabeza de las personas, depende de su capacidad para hacerse con un nombre genérico, positivo e inmediatamente comprensible, que escape al condominio de los saint-simonianos: liberales y comunistas, derecha burguesa e izquierda tecnocrática.

El nombre luddita sólo tiene sentido en los países de habla inglesa, pero términos como punk, hippie y beatnik han terminado imponiéndose aquí como en otros lugares. Es la ventaja del imperialismo cultural. Los comunistas libertarios emplean una palabra de más para no despertar ambigüedad y desconfianza. Algo parecido al «ecosocialismo», una quimera roja con toques verdes, patentado por el sociólogo trotskista Michael Löwy y otros afines para derribar al NPA de Besancenot y a Francia Insumisa, individuos decididamente demasiado verdes. El anarquismo es demasiado ambiguo, demasiado vinculado y contaminado por el industrialismo. Sobre todo desde que queers y cyborgs, activistas de la reproducción artificial y la automecanización (tecnopoiesis, autopoiesis) han usurpado nombres antaño respetables, feministas, libertarios, etc., para invertir desde dentro el sentido de la emancipación, añadiendo la eupoiesis a una eugenesia deshonrada. No cabe duda de que el anarquismo ha sido a menudo el lugar común de los principios antinómicos, pero disfrazar a Foucault, Butler y Preciado como los sucesores de Emma Goldman, Louise Michel y Kropotkin; liberarnos de nuestra dependencia de una «madre» naturaleza indiferente, abolir la reproducción libre y gratuita, para esclavizarnos a la madre máquina, al poder de los mercaderes y fabricantes de niños, es arrancar la vida política de sus mismas condiciones de existencia; y por lo tanto de cualquier posibilidad de autonomía.

Es una lástima, porque iban por el buen camino esos naturistas de finales del siglo diecinueve, aunque fueran terriblemente minoritarios y objeto de burla por sus compañeros. Los primitivistas actuales tal vez deberían recuperar su nombre, dado que no han logrado imponer el suyo propio[1]. El decrecimiento se ha abierto hueco a pesar de su ingrato graznido y su crítica fragmentada centrada únicamente en el crecimiento. Ya se ha convertido, gracias al periódico que lleva su nombre, La Décroissance, en la horrible alternativa a la economía política para todos los comentaristas, periodistas, políticos, economistas, etc. Es una buena señal. Pero la única palabra nueva que se ha impuesto en la opinión pública, en la política, desde hace medio siglo, es la ecología.

Ya se combata una manifestación nociva, liberticida o deshumanizadora de la sociedad industrial o de la sociedad en sí misma, tanto si se recurre a la propaganda por el hecho como a la vía del derecho, las masas confunden a los «ecologistas» a pesar de su exuberante diversidad. Esta confusión expresa el estado actual de la conciencia ecológica de las masas. «Básicamente, sois ecologistas», «para simplificar, sois ecologistas», es como «la gente» suele referirse a los defensores del mundo vivo, y tal vez tengan razón al hacerlo. Los más susceptibles por su identidad política sienten tanta vergüenza por que les digan «vosotros, los ecologistas…», que aturden a sus interlocutores con etiquetas pedantes: «Ah, no, verás, yo soy más bien afín al Comité Invisible», o «municipalista libertario», o, en los casos más graves, «vegano antiespecista».

Dado que «ecología» ha sido desde hace cincuenta años el nombre que ha reunido y designado a distintas corrientes, ha necesitado de multitud de epítetos: ecología «política», «profunda», «conservadora», «integral», «urbana», «punitiva», con el fin de apelar a la parte de la opinión pública que se reconozca en cada una de ellas; otros nombres buscan incluso apelar a toda ella: ecosocialismo, ecofeminismo, ecotecnología. De este modo, los enjambres de burócratas y tecnócratas que proliferan entre France Nature Environnement y Europe Ecologie-Les Verts[2], así como multitud de empresas y partidos políticos, se entregan a la biopiratería y al greenwashing con el fin de saquear las cuotas de mercado y de electorado ecologistas.

Hasta el mismísimo Alan Badiou, siniestro apologista de Stalin y los Jemeres Rojos, podría perfectamente, atendiendo a su deber de «intervención ideológica» y de «apropiación de las palabras», darnos a conocer a un Marx ecologista, a la manera de su camarada John Bellamy Foster[3]. Sin embargo, tendría un valor emancipatorio muy diferente al de los pobres Jacques Ellul y Bernard Charbonneau, cuando, siendo aún profesores de provincia, fundaron la crítica a la tecnología y se definieron humildemente como «revolucionarios a nuestro pesar[4]». ¿Se imaginan a un acólito de Badiou describiéndose como «revolucionario a su pesar»?

A pesar de las encarnizadas batallas por su definición y representación, para impedir que se afirme como una fuerza autónoma unificada, portadora de un programa completo deducido de su idea central —la defensa de la vida política en un entorno vivo— la ecología es la única palabra que puede hacer frente a los enemigos hermanados de la tecnocracia de Saint-Simon: accionistas y financieros versus ejecutivos y tecnólogos. Quienes pretendan ser políticamente parte de esta defensa, tal vez deberían mostrar la prudencia de hacerlo dentro de su mínimo común denominador, con independencia de todas las afrentas que haya experimentado. Correr el riesgo de luchar para darle un significado más puro. Porque no hay palabra o idea, por muy acertada que sea, que no se eche a perder en el curso de sus aventuras por la miríada de gusanos que buscan devorarla pese a inspirarles asco.

Pero, en el caso de que nosotros fuéramos, es posible que ese nosotros se pierda en múltiples rechazos en lugar de unirse en un proyecto positivo; que se difumine fruto de la desmovilización y la desorganización, separando a individuos autónomos y singulares, en lugar de maquinar una multitud (turba) organizada, movilizada. Como una eficiente y racional máquina de energía.

Cuando el cirujano te opera de un tumor, no le preguntas qué va a poner «en su lugar». No es seguro que ese nosotros desee «otro mundo», sino ante todo que no se destruya lo que queda del que hay. Eliminemos, capa por capa, sector por sector, todos los factores de destrucción, hasta alcanzar el principio mismo: la voluntad de poder armada con medios y máquinas. Lo que quedará es todo lo que nosotros aún podemos querer.

Es conocida la oposición entre aquellos para quienes los medios contienen el fin, y aquellos para quienes el fin exige unos medios. Los segundos suelen prevalecer sobre los primeros en la lucha por la supervivencia, hasta el punto de haberlos reducido casi a la extinción, mientras ellos proliferaban. Los comunistas de todo pelaje figuran también entre los representantes más eficaces y realistas de la especie de los vencedores. Y se sabe que ellos nos han combatido por todos los medios desde que nos detectaron en el paisaje político: eliminación y recuperación.

En cuanto a nosotros, ese nosotros plural, reacio a proyectos, a la movilización y a la organización, individuos dispersos más que acumulación colectiva, parece condenado al fracaso; abocado a la impotencia política, ya que rechaza por principio los medios de la política. Es decir, el éxito en las relaciones de fuerza. Se halla atrapado en un dilema cuyos dos términos también lo condenan. Derrotado si rechaza los medios de los vencedores; derrotado si se pasa a los vencedores adoptando sus medios.

La única salida sería si, en contra del eslogan totalitario, no todo fuera político, no todo estuviera sujeto a fuerzas organizadas, si todavía existiera una antropología ascendente y subyacente. Un humus del que el instinto de conservación humana aún se resiste a la voluntad de un poder inhumano. De hecho, la idea de que todo era político sólo ha servido hasta ahora para legitimar toda destrucción. Pero quienes comparten la opinión de Simone Weil sobre la supresión de los partidos políticos no pueden sino interrogarse acerca de sus deseos y su coherencia —en lo referido a proyectos y a medios— de sumarse a la fiesta. Sea cual sea el nombre con el que se camufle ese partido: federación, coordinación, organización, red, etc.

Y en todo caso, ¿qué queda por salvar? El honor de resistir a la destrucción de los poderosos, de esta naturaleza de la que nosotros formamos parte.

Resuelve no servir más, y serás libre.

Pero para invertir el curso de la destrucción, dado el miedo, el odio y el desprecio que suscitan hoy día la naturaleza y el mundo vivo (entre las máquinas protohumanas), es urgente que nosotros, ecologistas radicales y verdaderos Verdes, restauremos nuestra historia, nuestra cultura, nuestro corpus teórico, literario y artístico desde Epicuro hasta… digamos Ted Kaczynski, y dejando fuera al impostor Martin Heidegger.

Para difundir nuestras ideas y la historia de nuestras ideas, necesitamos conocerlas nosotros mismos. Y entonces veremos que nosotros disponemos de un patrimonio intelectual y artístico de una riqueza y antigüedad maravillosas en comparación con las miserables corrientes industriales y saint-simonianas, ya sean marxistas o liberales. La humanidad sólo tendrá oportunidad de sobrevivir cuando el último tecnócrata y el último capitalista se hayan devorado mutuamente en un desierto devastado por su sed de poder.

Con el fin de contribuir al (re)conocimiento de nuestro pensamiento y de algunos de los nuestros, nos proponemos publicar estos registros de Nuestra Biblioteca Verde, empezando por Epicuro y Ted Kaczynski. Pero una vez más: nosotros, ¿quiénes somos? Nombraos, nombrémonos, por favor.

Pièces et main d’oeuvre es un colectivo francés de crítica a las tecnologías y la sociedad industrial, fundado en el año 2000 en la ciudad de Grenoble.

(Texto aparecido en la web de Pièces et main d’œuvre el 9 de julio de 2020)


[1] Véase François Jarrige, Gravelle, Zisly et les anarchistes naturiens, Le passager clandestin, 2016.

[2] Véase Fabrice Nicolino, Qui a tué l’écologie?, Points, 2012; Tomjo, L’Enfer Vert. Un projet pavé de bonnes intentions, L’Echappée, 2013.

[3] John Bellamy Foster, Marx écologiste, Amsterdam, 2011.

[4] Jacques Ellul y Bernard Charbonneau, Somos revolucionarios a nuestro pesar, Ediciones El Salmón, octubre de 2020.

Un comentario en «Y si somos, ¿quiénes somos?»

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