El santuario de Pocol, en Cortina d’Ampezzo, es uno de los numerosos cementerios y osarios militares existentes en las regiones del Véneto y el Friule (el más famoso se encuentra en Redipuglia). Construidos en los años 20 y 30, reúnen parte de los seiscientos mil muertos que fue el precio que pagó Italia por la I Guerra Mundial. Un cartel define el lugar como «Zona sagrada». «Visitante, respeta este lugar. Recuerda que quienes aquí descansan también se sacrificaron por ti». Y después una lista de normas: «Es deber de los visitantes mantener una conducta respetuosa […] No está permitido: el acceso a las personas que no estén vestidas decentemente; está prohibido escribir o firmar […] fumar, cantar […] comer y beber […] introducir animales aunque vayan atados con correa; introducir en el Santuario banderas o símbolos de partidos o asociaciones de carácter político-sindical».

A través de un camino excavado en la roca se llega a una terraza natural que domina el valle, donde se alza el monumento: una gran torre cuadrada de cincuenta metros de alto, erigida sobre un zócalo con dos niveles también cuadrados, todo ello en bloques de bella piedra, la misma de las montañas Dolomitas, que dominan el paisaje. La obra, según informa el folleto que me ha dado el vigilante, se llevó a cabo en 1935 bajo la dirección del ingeniero Giovanni Raimondi. En su interior, las paredes del perímetro están completamente ocupadas por miles de nichos que llevan el nombre y la graduación de los caídos, alternándose con lápidas mucho más grandes en las que están enterrados cientos de desconocidos. En total hay aquí enterrados algo menos de diez mil militares, de los cuales cerca de la mitad son anónimos, proporción impresionante que dice mucho sobre el cómo de tantos muertos, así como del largo abandono de los cadáveres.

Pese al tributo pagado a los valores y al estilo de la época, el Santuario no carece de dignidad. Imponente pero severo, sin excesos ni arquitectónicos ni verbales (nada que ver con la extravagancia de Redipuglia). De ahí que choque como un despropósito la lápida de un caído que veo nada más cruzar el portal:

Mario Festa
deseoso de futuro pero ebrio de sacrificio
arrojó la fuerza de sus veinte años
más allá de todas las cimas heroicas
que a su joven alma
habiendo recibido la orden de superarlas
santamente obedeció
en esta tierra de furor
donde cayó resplandeciente de sangre
para convertirse en una imagen de luz

Gabriele D’Annunzio
21 de octubre de 1915

Tal vez Mario Festa estuviese «ebrio de sacrificio» (sin embargo, tenía veinte años; el Poeta, en 1915, tenía cincuenta y dos), pero sin duda no lo estaban la práctica totalidad de los diez mil muertos que hay aquí, para quienes esas palabras suenan como una blasfemia y un escarnio, como el epitafio dictado por el asesino sobre la tumba de sus víctimas. Esto vale, por supuesto, para toda forma de exequias que el poder rinde a los muertos. Sin embargo, tal y como demuestra este Santuario, hay formas y formas. La hipocresía es siempre mejor que la indecencia.

La insólita desnudez del conjunto es, de hecho, muy poco dannunziana. En el espacio que rodea al monumento están colocados algunos cañones, obuses y morteros, armas que fueron utilizadas en esa guerra. Los únicos adornos son, en el exterior, dos grandes bustos en mármol representando los cazadores alpinos, que hacen pensar en centinelas congelados para siempre en su puesto de guardia; y dentro de la cripta la estatua de un soldado yaciendo en posición horizontal. Fríos, desoladores, imágenes inequívocas de la muerte, que es el principal ―si no el único― significado que deberían transmitir estos lugares.

Además, incrustados en el muro de piedra que delimita el camino de acceso, hay una serie de catorce altorrelieves en bronce que representan el Vía Crucis (obra de Giannino Castiglioni), que debería sugerir la analogía sublimatoria y edificante: de la misma manera en que Cristo murió voluntariamente para salvar a la humanidad, estos soldados se habrían sacrificado por la salvación de Italia («salvación» y «redención» son términos muy estimados en la retórica patriótico-militar; «guerra de redención» fue como se definió el conflicto de 1914-1918). Sin embargo, más allá de las intenciones, el significado analógico que se impone es más bien otro: como la de Cristo, la muerte de estos hombres fue una enorme injusticia, un crimen imposible de expiar. La primera estación del Vía Crucis representa La condena: ¿No es tal vez el equivalente de la llamada a las armas? La segunda estación, La cruz: Cristo cargando con el instrumento sobre el que deberá morir recuerda irremediablemente al soldado al que se le ha impuesto el uniforme, y al que bajo el peso de la mochila y del armamento, se le envía al Calvario de la trinchera. Así, pasando por las distintas Caídas, el destino de estos hombres fue un auténtico Vía Crucis de penas, privaciones, angustia y sufrimiento en la que la muerte era la estación final. Cuesta creer que el autor no fuese consciente de una lectura tan obvia.

Si la actitud de generaciones como la mía respecto al patriotismo fue de desconfianza y de hostilidad, la de los jóvenes de hoy es, creo, de absoluta indiferencia. Otro mito que ha desaparecido completamente es el del Ejército: una cadena de derrotas humillantes, consecuencias de la ineptitud, irresponsabilidad y vileza de los Altos Mandos, culminadas en el supremo deshonor del 8 de septiembre[1]. La tradición militar italiana es breve y modesta (salvo Garibaldi, que por otra parte no había salido de ninguna academia). En la posguerra los italianos han amado y se han reconocido en muchos políticos, desde Togliatti a De Gasperi, de Nenni a Saragat, de Parri a La Malfa, de Fanfani a Almirante, de Pertini a Berlinguer, y muchos más; pero en ningún militar. Lo que queda de cierto amor patrio u orgullo nacional puede inflamarse por las hazañas de un futbolista o un ciclista, pero sin duda no por nuestras fuerzas armadas, ni por los símbolos o los recuerdos del pasado. El joven que lea hoy el epitafio de D’Annunzio, que todavía tiene el poder de revolverme el estómago, se quedaría pasmado, incapaz de comprender una sola palabra, como frente a una lengua desconocida.

No hay el menor riesgo de que estas «zonas sagradas» sean profanadas por multitudes vestidas indecentemente, armando jaleo, comiendo y bebiendo, con los perros sueltos o con correa, como teme el grave cartel situado en la entrada. Sólo un tipo como yo, que se encuentra por casualidad en la región, al que no le gusta esquiar, que odia los hoteles, los bares, las tiendas (¡la vida!), puede sentir esta necesidad: estar un poco con los muertos, para recobrar el ánimo, consolando el presente con el pasado, cualquiera que éste sea. He venido aquí en dos ocasiones y jamás me he topado con nadie. Entre otras cosas, he podido constatar que este monumento, aun habiendo sido erigido con la voluntad de llamar prepotentemente la atención (la altura de la torre, su emplazamiento panorámico), en pocas décadas se ha fundido con el entorno natural, hasta prácticamente desaparecer, mientras que el paisaje se encuentra asolado por lo que se ha construido en el medio siglo siguiente.

En su día, mi sentido ético y estético anhelaba la desaparición de semejantes monumentos: expresiones retóricas, glorificaciones de masacres. Hoy estaría dispuesto a batirme con tal de conservarlo. Me parece bien que se destine dinero público para mantenerlo en buen estado y para pagar a un vigilante. El anacrónico Santuario ha terminado por convertirse verdaderamente en una «zona sagrada», librado de los horrores del progreso. Si no estuviese aquí, este espacio estaría ocupado por hoteles, instalaciones deportivas, chalés, discotecas… Mejor, mucho mejor el estilo académico del ingeniero Raimondi y del escultor Castiglioni. Incluso un horror como el Altar de la Patria[2], que hasta hace muy pocos años habría estado encantado en hacerlo volar con dinamita, si por cualquier motivo tuviese que desaparecer, ¿por qué lo sustituirían? ¿Por un estadio de fútbol? ¿Por un ministerio? ¿Por un supermercado? ¿Por un mega-parking? Con la clase política, empresarios, intelectuales, artistas y arquitectos que tenemos hoy en día, sólo es posible lo peor. Prefiero no arriesgar. Me quedo con el Altar de la Patria.

Piergiorgio Bellocchio (1931), escritor italiano, fundó y dirigió en los 60 la revista Quaderni Piacentini, y en los 80 la revista Diario junto a Alfonso Berardinelli. Es autor de varios libros; en castellano Ed. El Salmón publicará la trilogía «Limitar el deshonor», del que ya ha aparecido el primer volumen (De la parte equivocada, 2017). En la actualidad vive retirado de la vida pública.

(Texto aparecido en junio de 1990 en la revista Diario)


[1] El 25 de julio de 1943, el rey Víctor Manuel III destituyó a Mussolini. El gobierno, encabezado por Pietro Badoglio, negoció en secreto un armisticio con los Aliados, lo que equivalía a una capitulación total ante Alemania: en efecto, en cuanto el armisticio se hizo público, el 8 de septiembre, las tropas alemanas invadieron Italia sin encontrar la menor resistencia por parte del Alto Mando militar. El 9 de septiembre, Badoglio y el Rey abandonaron a hurtadillas el país. El 10 de septiembre los alemanes ocuparon Roma.

[2] Gigantesco monumento en Roma, obra de Giuseppe Sacconi, construido entre 1885 y 1911 a la gloria del rey de Italia Victor Manuel II. Debido a su forma se le conoce como «la máquina de escribir».

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