¿Qué clase de biografía he intentado escribir, y sobre qué clase de hombre? Son preguntas que no pueden desligarse por completo. No cabe duda de que las cosas cambian mucho si se escribe sobre un estadista, un teólogo, un científico, un actor o sobre cierta clase de escritores; las premisas iniciales que se tienen acerca de la persona influyen en el modo en que se emprende la labor biográfica y la clase de testimonios que se buscan, aunque es inevitable que el examen de los mismos modifique dichas premisas. Al lector se le debe sinceridad respecto a los prejuicios del autor (aunque la franqueza también puede conducir al autoengaño; sin duda, un típico dilema orwelliano).

Eric Blair, con su peculiar mezcla de escritura desde la experiencia, sus digresiones autobiográficas, su imaginación como escritor (fácil de subestimar), su sentido común y su honestidad de hombre corriente, su afición por la privacidad a pesar del cultivo de una imagen pública como George Orwell; todo ello plantea problemas atípicos que parecen exigir −o al menos justificar− unos preliminares que si no resultarían pretenciosos antes de exponer lo que he intentado hacer: nada más y nada menos que contar una vida del modo más franco y divulgativo posible.

Veía a Orwell, y aún lo hago, como alguien que logró llevar a cabo plenamente, pese a su muerte trágicamente temprana, el cometido que se puso a sí mismo a mitad de su carrera. Tal fue su triunfo que, aun en el transcurso de su vida, pasó de ser un escritor inglés menor a una figura mundial, un nombre que provoca debates allí donde se leen sus obras. En 1946, afirmaba en «Por qué escribo»: «Mi mayor aspiración durante los últimos diez años ha sido transformar la escritura política en un arte», y añadía que «al repasar mi obra, veo que siempre que he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes y me han traicionado los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos decorativos y otros desatinos».

Orwell comprendió que era un «escritor político», y ambos términos tenían idéntico peso. No pretendía ser un filósofo político, ni tampoco un mero polemista político: era un escritor, un escritor en sentido amplio, autor de novelas, obras descriptivas que denominaré «crónicas», ensayos, poemas e innumerables reseñas de libros y columnas de periódico. Pero si bien sus mejores obras no eran abiertamente políticas en su temática, siempre mostraban una conciencia política. En este sentido, Orwell es el escritor político más brillante en lengua inglesa desde Swift, ese moralista, satírico, estilista y agitador que tanta influencia ejerció en él. En su madurez, Orwell definió a Swift como «anarquista tory», olvidando que había utilizado esa misma expresión para describirse a sí mismo cuando, siendo joven, se le preguntó cómo se posicionaba políticamente.

La reputación e influencia de Orwell han aumentado desde su muerte y no muestran signo alguno de estar mermando. La vida de un escritor así es, por desgracia, tan sólo la mitad de la historia. Su mayor influencia ha sido póstuma y ha sido en aras de la tolerancia y la libertad; no como derechos o ideologías pasivas que pueden disfrutarse, sino más bien como virtudes republicanas que deben ejercerse: el deber de pronunciarse con arrojo («el secreto de la libertad», dijo Pericles, «es el coraje») y de tolerar las opiniones rivales no por indiferencia, sino por principio y debido a su gravedad. Además, hablar con franqueza fue siempre para él sinónimo de escribir con claridad: pertenencia a una comunidad, sentido común, coraje y un estilo corriente. Entendía que sus valores literarios y políticos eran totalmente complementarios; no podía concebir que estuvieran en contradicción, pese a que un estilo llano limitara a veces el tipo de literatura que podía disfrutar, así como desarrollar ideas más teóricas. Su propio estilo se convirtió en una punta de lanza que, tras mucho ensayo y error, a trompicones, convirtió poco a poco en un arma de una fuerza fabulosa. Hizo que palabras comunes se volvieran punzantes y que renacieran, hasta el punto de que, bajo su hechizo, uno se lo piensa dos veces antes de utilizar cualquier polisílabo, y no digamos ya neologismos.

De modo que en la expresión «escritor político», la primera palabra es tan importante como la segunda. Para Orwell, el lenguaje oscuro, pretencioso o a la moda era siempre un signo de indecisión o de impostura, tanto si recurrían a él individuos particulares como los idólatras del Partido.

Se volvió socialista (algo más tarde de lo que la gente cree) y negó con vehemencia, ya fuera al reseñar un libro del profesor Hayek o en la historia de Rebelión en la granja, que la igualdad conlleve anular la libertad. Por el contrario, se posicionó en ese linaje de socialistas ingleses que, a través de William Morris, Blatchford, Tawney, Cole, Laski y Bevan, defendía que las libertades sólo pueden prosperar y abundar para la gente corriente en una sociedad más igualitaria y fraternal. Se trataba de una tradición que hacía hincapié en la importancia de los valores libremente arraigados, y que veía los argumentos estructurales del marxismo como algo marginal (y eso en el mejor de los casos). Sin embargo, su influencia valió para criticar a quienes renegaban del socialismo, para respaldar a los socialistas democráticos (siempre sacó partido de ello) y para atraer de nuevo a simpatizantes comunistas, pero no tanto para convencer a quienes no eran socialistas. Muchos liberales parecen mostrar indiferencia ante los valores socialistas de Orwell, y toman de él lo que les conviene, admirándolo de forma más bien abstracta como escritor político pero sin querer aceptar el contenido de sus posturas políticas, sus opiniones concretas acerca de las necesidades de la humanidad (siempre de la humanidad y no sólo de los europeos) y las coacciones propias de una sociedad capitalista y de consumo. Hay quienes hacen caso omiso de su socialismo, mientras que otros dan por buena una leyenda: que para 1948, y en su novela 1984, Orwell habría dado la espalda al socialismo. Es lo que podría llamarse la visión Encounter y Time-Life de Orwell. Parte de su indignación contra los comunistas no se debía únicamente a que se hubieran convertido en déspotas que echaban a perder vidas humanas y despreciaban la libertad, sino a que además estaban desprestigiando al socialismo democrático. En realidad, sus posicionamientos políticos carecen de misterio. Desde 1936 fue, en primer lugar, seguidor del Partido Laborista Independiente y después socialista del Tribune; esto es, se ubicaba en la izquierda o a la izquierda del Partido Laborista: ferozmente igualitaria, libertaria y democrática, pero, comparada con la izquierda del continente europeo, se hallaba sorprendentemente alejada de la teoría, casi como una reunión de evangélicos seculares.

Lo llamativo en Orwell no era su postura política, que estaba bastante extendida, sino que exigiera públicamente que su propio bando debía estar a la altura de sus principios; tanto en la vida personal como en la actividad política, debía respetar la libertad del otro y decir la verdad. El socialismo no podría alcanzarse mediante la toma del poder o una ley parlamentaria, sino únicamente convenciendo a la gente a través del ejemplo y en un debate justo y sincero. No aceptaba ninguna excusa, y se mofaba del discurso pretencioso de las «necesidades ideológicas». A decir verdad, alcanzó renombre como periodista gracias a su destreza para tirar piedras contra su propio tejado. Por momentos era como esos hinchas de fútbol que sacan lo mejor de ellos cuando sueltan una sarta de quejas, insultos y sarcasmos contra su propio y sufrido equipo. En ocasiones, claro, son reproches merecidos; y cabría decir que lograba mantenerlos siempre alerta. No es de extrañar que a veces algunos compañeros socialistas de Orwell se hayan sentido tentados, como Raymond Williams en su estudio Orwell, o Isaac Deutscher en su invectiva contra 1984, de dudar de que debiera sentarse en sus gradas. Pero Orwell así lo escogió y allí estaba, lo quisieran ellos o no; puede que hubieran preferido espectadores más discretos. La mayoría de las veces puede encontrarse en él un toque de hostilidad cabal, jacobina, más que de un profeta antirreligioso al estilo de John Stuart Mill.

No cabe duda de que calificar a Orwell como un excelso escritor político, tanto por lo que dijo y por cómo lo dijo, es señalar sólo su enorme influencia y talento; pero también existieron otros aspectos dignos de reseñar. Empezó siendo novelista, y cuando murió estaba preparando una nueva novela. Al final acabó renegando de sus primeras novelas, salvo Los días de Birmania y Subir a por aire. La hija del clérigo tiene partes buenas pero, en su conjunto, es bochornosamente mala. Que no muera la aspidistra recibió algunas reseñas favorables y su lectura aún resulta amena, pero queda como un libro interesante y prometedor más que como una obra equilibrada y plenamente lograda. Ambos libros eran tímidamente «literarios»: Orwell se veía «traicionado por pasajes grandilocuentes» cuando «carecía de un objetivo político». Escribió Los días de Birmania directamente a partir de la experiencia y tenía un propósito político claro, antimperialista (pero no implica que fuera socialista, como suele suponerse; Orwell maduró tarde, tanto política como artísticamente). Gran parte de la crítica recibió Subir a por aire de forma similar a Que no muera la aspidistra, pero existen ahora nuevas lecturas que están empezando a ver en ella una profundidad mucho mayor, la destreza de un verdadero novelista, un distanciamiento de su propia persona mayor del que parecía a primera vista; y se trata sin duda de un tour de force cómico y satírico que no sólo encaja en la tradición de Dickens y Wells, sino que alcanza el nivel de sus mejores obras.

Su escritura ensayística se fue perfeccionando con los años. En la actualidad, gran parte de la crítica ve sus ensayos como la mejor muestra de su talento. Hay mucho que comentar acerca de este enfoque, en especial si consideramos que Sin blanca en París y Londres, El camino de Wigan Pier y Homenaje a Cataluña son ensayos largos, dado que estamos ante una peculiar combinación de descripción y especulación, y uno de ellos lo es de hechos y ficción. Sus mejores ensayos no son ni mucho menos completamente políticos, a pesar de que aquellos que abordan asuntos políticos y literarios, relativos al lenguaje y la censura, se han convertido en clásicos de la prosa inglesa, antologizados y traducidos en todo el mundo, incluso allí donde se supone que no debían ser leídos. Podría escribirse una pequeña historia de los samizdat*, de las traducciones ilegales de estos ensayos, de Rebelión en la granja y 1984 (leído al otro lado del telón de acero más como una sátira airada que como una profecía pesimista). «Matar un elefante» y «Un ahorcamiento» son igual de famosos, y es probable que sigan suscitando cada año una reflexión política por vez primera en muchos nuevos lectores que, por lo general, los leen con toda la inocencia simplemente por su buen inglés, en academias de idiomas respetables o en prudentes clases de inglés de todo el mundo.

Ciertos temas reaparecen a lo largo de todos sus ensayos y de su obra periodística: el amor por la naturaleza, el amor por los libros y la literatura, la aversión por la producción en masa, el recelo hacia el gobierno, el desprecio y las advertencias contra el totalitarismo, los consejos para elaborar, reparar o cultivar las cosas uno mismo, el antimperialismo y el antirracismo, el odio hacia la censura, el elogio del lenguaje sencillo, la conversación sencilla y las cosas buenas del pasado, la decencia, la fraternidad, la individualidad, la libertad, el igualitarismo y el patriotismo. Enumero estos temas sin ningún orden particular porque, a pesar de ser una lista «característica» y limitada (por ejemplo, rara vez habló sobre música, arte, ópera, teatro, educación, deporte, viajes, sobre Whitehall, Westminster, sobre habladurías políticas, escándalos, sexo o «Sociedad»; habrá periodistas que se pregunten hoy qué más se quedó fuera), nunca los redujo a ningún sistema, y no siempre resulta fácil percibir lo que tienen en común; como tampoco pareció percatarse siempre de las contradicciones manifiestas que podían plantearse.

Su patriotismo es fundamental. Fue de los pocos intelectuales de izquierda que hizo hincapié en la naturalidad y las virtudes positivas de amar la tierra en que uno ha nacido, no exclusivamente pero no por ello sin intensidad y sin avergonzarse. Los motivos de esta posición se hallan en su radicalismo a la antigua usanza que liga su fase individualista o de «anarquismo tory» con su último periodo socialista. Orwell era un patriota revolucionario, dado que apreciaba nuestro patrimonio y la tierra en sí como algo que pertenecía a las personas corrientes, no a la alta burguesía ni a la clase media-alta. Si la tierra les correspondía era porque, como sucede con la retórica de John Wilkes, las creencias de los cartistas y la filosofía de John Locke, habían mezclado su trabajo con la tierra.

Orwell mostró mucha cautela, en medio de todas sus diatribas, en distinguir entre patriotismo, entendido como el amor de una persona hacia su tierra natal (de manera que todo aquel que llega a sentir ese amor puede ser un patriota), y nacionalismo, en tanto que pretensión de una superioridad natural de una nación sobre otras (de modo que los Estados no pueden sino consistir, por naturaleza, en una nación y perseguir la exclusión del resto). Resulta característico que Orwell hiciera esta distinción ―que es de una importancia extraordinaria― de modo sucinto y casi de pasada, sin desarrollarla teóricamente y sin ahondar en sus implicaciones. Pero la distinción es evidente, deliberada, y figura en su ensayo «Notas sobre el nacionalismo», de 1945.

Sin duda, existió en Orwell un patriotismo más moderado que precedió a su socialismo y que se derivaba de su amor por la literatura, las costumbres y la campiña inglesa. En muchos sentidos, siguió siendo conservador desde el punto de vista social, o como expresara su amigo Cyril Connolly en un famoso aforismo, era «un revolucionario enamorado de la década de 1900». En el mismo ensayo en el que declaraba ser un escritor político, «Por qué escribo», de 1946, Orwell decía sobre sí mismo: «Ni soy capaz ni quiero abandonar por completo la visión del mundo que adquirí en la infancia. Mientras siga con vida y en buen estado, seguiré albergando intensos sentimientos por el estilo de la prosa, seguiré amando la superficie de la Tierra, seguiré hallando placer en los objetos sólidos y en los retales de informaciones inútiles». Se burlaba de los severos lectores del Tribune a través de su columna escribiendo sobre la belleza y longevidad de los rosales comprados en tiendas de todo a seis peniques, o sobre los hábitos de apareamiento del sapo común. Su socialismo abarca a la vez memoria y naturaleza.

Orwell no sólo fue un escritor político de primer orden, sino también un pensador político extraordinario. 1984 puede entenderse como un «modelo de desarrollo», similar a los que manejan sociólogos e historiadores de la economía; dadas su lógica irónica y su coherencia interna, cabe compararla con el Leviatán de Thomas Hobbes, la obra maestra de la filosofía política inglesa. El régimen de gobierno es una síntesis extremadamente inteligente y plausible del estalinismo y del nazismo. 1984 es a los desórdenes del siglo XX lo que el Leviatán a los del XVII. Orwell creía que el colapso de un gobierno justo (esto es, un colapso de la libertad, la tolerancia y el bienestar) podría provocar un salto adelante hacia un hipotético orden mundial con todo el poder concentrado en un partido, un tipo de Estado que el mundo jamás había visto. Consideraba que sería algo sin precedentes, dado que todo vestigio de ideología pura y dura ―ya fuera comunista o fascista― se habría desvanecido y sin embargo se habría fusionado en una sola jerarquía de propaganda y opresión motivada por el deseo de poder absoluto: «Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano… para siempre». La memoria sería abolida, la historia reescrita y el lenguaje manipulado.

Orwell había formulado por primera vez el concepto de totalitarismo poco después de huir de España. Consideraba que en el nazismo y en el estanilismo estaban apareciendo elementos en común: la élite interna del Partido persigue retener y ampliar su poder, lo que lleva al Estado a movilizar al conjunto de la sociedad como si se tratara de una guerra perpetua y total; un rasgo compartido de mucha más relevancia que los vestigios de unas ideologías supuestamente antagónicas. Arthur Koestler, Franz Borkenau, Ignazio Silone, André Malraux y George Orwell instauraron este uso del término y comenzaron a desarrollar la teoría más o menos al mismo tiempo, de 1936 a 1940 (hasta donde yo sé, de manera independiente entre sí). Todos ellos eran intelectuales políticos y literarios a la «manera europea», como lo era el inglés Orwell a ojos de los demás. Todos ellos expusieron esta teoría y obraron en consecuencia, una década y media antes de que los estudiosos y los académicos «inventaran» o «descubrieran» las tesis totalitarias y las desarrollaran in extenso, en particular Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951) y Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski en Dictadura totalitaria y autocracia (1956). Hannah Arendt no hace referencia alguna a 1984, si bien la novela anticipa muchas de sus conclusiones.

El logro alcanzado es más importante que el hombre. Por lo tanto, el asunto principal de una biografía cabría ser simple y llanamente cómo llegó a albergar ideas tan originales y heterodoxas como las de Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja y 1984. Pero esta sería una perspectiva muy limitada que dejaría fuera no sólo el retrato de sus días, sino también sus logros como escritor, quedando en el olvido muchos de sus mejores ensayos. Además, dichos ensayos plantean a un tiempo ese problema tan orwelliano de la imagen del escritor y el carácter del hombre. La propia imagen que llegó a mostrar o a consolidar es compleja para tratarse de un hombre tan sencillo (o eso suele decirse). Albergar puntos de vista orwellianos y escribir de forma orwelliana significan cosas distintas. ¿Cómo pudo el Orwell ensayista, que se deleitaba con la variedad de la naturaleza, engendrar la visión orwelliana de una sociedad totalmente mecanizada? La respuesta del sentido común es que al ser un escritor de gran talento, cuando quiso alertar sobre la posibilidad de que algo podría llegar a ocurrir adoptó un estilo y una forma de escribir diferentes. Pero si leemos 1984 antes que otro libro de Orwell, o si se nos dice que fue su último legado, entonces sí cabría pensar que se trata de una profecía o predicción del futuro, y no sólo una terrible advertencia. Existe en consecuencia una contradicción entre las dos imágenes de Orwell, de ahí que haya gente que estime que, en los últimos años de su vida, su personalidad y sus valores habrían cambiado. He examinado con detenimiento este punto de vista, dada su relevancia y su alcance, pero debo decir que no he encontrado prueba alguna que la respalde.

Todavía hay gente que lo subestima como escritor. ¿Por qué identificar la derrota y el pesimismo final y absoluto de Winston Smith con el pesimismo mucho más moderado del autor? ¿Por qué asociar la nostalgia frívola y ofuscada de George Bowling en Subir a por aire con la nostalgia tierna, si bien consciente, comedida y hasta algo irónica, de George Orwell? Por sí solos, los nombres inducen a error. ¿Qué otro novelista lleva a críticos y a lectores a identificar con tanta seguridad los personajes con su autor? ¿Es el hombre tan simple, o es que su técnica engaña a los lectores y los hace caer en la simplicidad? Tal vez el problema obedezca a la naturaleza del ensayista que parece hablar mucho de sí mismo, acerca de sus experiencias y de sus prejuicios. ¿Hasta qué punto están ligados ese «George Orwell» y el Eric Blair que llegó a ser conocido como George Orwell? La pericia del ensayista de estilo coloquial, que se divierte en romper sin descanso la barrera natural entre ficción y realidad, entre el personaje y la persona real, se comprende perfectamente; pero se vuelve problemática cuando ese mismo hombre es a su vez novelista, algo que puede llevar a críticos y lectores a pensar en Winston Smith como la persona en la que Orwell creía que podría llegar a convertirse. Supongamos, con todo, que Orwell fuera una máscara en la que quedó atrapada la persona modesta y reservada de Eric Blair. ¿Atenuaría esto el valor de su obra?

No nos podemos meter en la mente (o mentes) de Orwell, o de cualquier otra persona. Lo mejor que puede hacer un biógrafo es comprender la relación entre el escritor y el hombre, examinando en detalle el trayecto que han compartido, recordando siempre que aquello que hicieron juntos, y el modo en que reaccionaron a las eventualidades del camino, siempre nos dirá más que analizar una y otra vez sus «personalidades» y las diferencias existentes entre ellas.

Bernard Crick (1929-2008) fue un politólogo, académico y escritor británico, una de las figuras intelectuales clave de la izquierda inglesa. Educado en la London School of Economics y en la Universidad de Harvard, Bernard Crick desarrolló una brillante carrera académica como profesor en la LSE y en la Universidad de Sheffield y como conferenciante en numerosos países. También asesoró a varios gobiernos sobre educación cívica, en su país y en el extranjero.

(Extracto de la introducción a George Orwell: la biografía, editado por primera vez en castellano por Ediciones El Salmón en octubre de 2020)


*Libros autopublicados de forma ilegal y clandestina en la Unión Soviética y en el resto de países comunistas de Europa oriental. Ya desde mediados de los años 50, circulaban en Rusia samizdat de 1984 y de Rebelión en la granja. (N. de los T.)

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