Hay que tomarse en serio la tesis, repetida una y otra vez por los gobiernos, según la cual la humanidad y todos los países se encuentran actualmente en estado de guerra. Huelga decir que semejante tesis sirve para legitimar el estado de excepción, con sus drásticas limitaciones a la libertad de movimiento y expresiones absurdas como «toque de queda», que de otro modo difícilmente cabría justificar. Sin embargo, el vínculo que une la guerra y los poderes de gobierno es más íntimo y consustancial: la guerra es algo de lo que dichos poderes no pueden prescindir durante mucho tiempo.

En su novela, Tolstói contrapone la paz, en la que los hombres siguen más o menos libremente sus deseos, sus sentimientos y sus pensamientos, algo que se les presenta como la única realidad, a la abstracción y a la mentira de la guerra, en la que todo parece ser arrastrado por una inexorable necesidad. Y en el fresco que pintó en el Palacio Comunal de Siena, Lorenzetti representa una ciudad en paz cuyos habitantes se mueven libremente según sus ocupaciones y placeres, mientras que en primer plano las muchachas bailan agarradas de la mano. Aunque el fresco se conoce tradicionalmente como El buen gobierno, tal condición, tejida como está a partir de los pequeños acontecimientos cotidianos de la vida común y de los deseos de cada individuo, en realidad a la larga resulta ingobernable para el poder. Por mucho que esté sometida a límites y controles de todo tipo, esta condición tiende de hecho, por su naturaleza, a escapar a los cálculos, a las planificaciones y a las reglas (o, al menos, éste es el secreto temor del poder).

Otro modo de expresarlo sería diciendo que la historia, sin la cual el poder, en última instancia, resulta impensable, está íntimamente ligada a la guerra, mientras que la vida en la paz es, por definición, algo sin historia. Cuando Elsa Morante tituló su novela La Historia, en la que las vicisitudes de unas simples criaturas se contraponen a las guerras y a los acontecimientos catastróficos que marcaron el siglo veinte, probablemente tuviera algo así en mente.

Por todo ello, los poderes que quieren gobernar el mundo deben recurrir tarde o temprano a una guerra, sin importar que sea real o que haya sido cuidadosamente simulada. Y dado que en el estado de paz la vida de los hombres tiende a escapar a toda dimensión histórica, no es de extrañar que en nuestros días los gobiernos no se cansen de recordarnos que la guerra contra el virus marca el inicio de una nueva época histórica, en la que nada será como antes. Y muchas personas, entre ellos quienes se tapan los ojos para no ver la situación de no libertad en la que han caído, la aceptan precisamente porque están convencidos, no sin un punto de orgullo, de que están entrando ―tras casi setenta años de vida pacífica, esto es, sin historia― en una nueva era.

A pesar de que, como es más que evidente, se tratará de una época de sacrificios y servidumbre, en la que todo lo que hace que la vida sea digna de ser vivida tendrá que sufrir mortificaciones y restricciones, estas personas se someten a ella de buen grado, porque creen estúpidamente haber encontrado así para sus vidas ese sentido que, sin saberlo, habían perdido en la paz. Es posible, sin embargo, que la guerra contra el virus, que parecía un dispositivo ideal que los gobiernos pueden dosificar y orientar según sus exigencias con mucha más facilidad que en caso de una verdadera guerra, acabe, como cualquier guerra, escapando de sus manos. Y tal vez, llegados a ese punto, si es que ya no es demasiado tarde, las personas volverán a buscar esa paz ingobernable que tan incautamente han abandonado.

Giorgio Agamben (1943) es un filósofo y jurista italiano, autor de innumerables libros como Estado de excepción, Homo Sacer. El poder soberano y la vida desnuda, etc. Se ha mostrado muy crítico con la gestión de la crisis del coronavirus, y en su libro La epidemia como política (julio, 2020) expone sus reflexiones al respecto.

(Artículo publicado en la columna «Una voce», en la página web de la editorial italiana Quodlibet, el 23 de febrero de 2021 con el título La guerra y la paz).

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