Fernando Simón dice que el encierro fue una medida «muy discutible» que se basó en asunciones sesgadas y erróneas. Reconoce también, entre otras cosas, que se hizo «porque había muchas incógnitas de qué medidas iban a servir o no» y que se presionó «a las comunidades autónomas para que consiguieran la información suficiente para poder justificar medidas»; que «todos [los modelos] generaban dudas», pero «esas dudas no se pueden plantear»; y que hubo cosas que se prohibieron por presiones y no porque supusieran ningún riesgo para la salud.

Parece que está empezando a ocurrir lo que ya hace tiempo nos veníamos temien­do: que van reconociendo poco a poco las muchas mentiras de la gran mentira de la pandemia, y parece como que no pasa nada. Ahora el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES) va y dice que

«algunas medidas pueden ser muy discutibles: por ejemplo, el confinamiento se hizo porque había muchas incógnitas de qué medidas iban a servir o no».

Nos vendieron que se hizo porque todos los expertos estaban de acuerdo en que era lo mejor y lo único que podía hacerse, que no hacerlo era una locura, una estupidez y prácticamente un crimen, y ahora resulta que se hizo «porque había muchas incógnitas de qué medidas iban a servir o no».

El 1 de abril, la Escuela Andaluza de Salud Pública publicó en vídeo una entrevista a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), en la que, cumpliendo con el papel de técnico honrado que le ha tocado representar en esta gran farsa, reconoce algunos de los errores cometidos (también puede verse en youtube, con comentarios). La entrevista la hizo Joan Carles March, de la misma Escuela Andaluza de Salud Pública, el martes 16 de marzo, y la frase arriba citada se dice casi al final, más o menos en el punto 01:23:49 del vídeo.

En esta entrevista se habla largamente, entre otras cosas, del proceso que llevó al confinamiento desde el punto de vista de Simón y del CCAES:

(00:03:42) Las características iniciales del virus no daban un riesgo muy diferente al que pudimos tener con el MERS o con el SARS: quizás algo menor en cuanto a gravedad, pero desde luego la transmisibilidad no parecía exageradamente mayor […] Si quitamos a China y su entorno más cercano, para el mundo hubo un cambio cualitativo enorme como de la noche al día cuando Italia […] pasó de notificar 2, 3, 5 casos a notificar 263 en un solo día […]. Hasta entonces en España habíamos tenido casos importados, y sí que es verdad que para algunos casos de estos casos, ya viniendo de Italia, había habido un pequeño agrupamiento de casos en el entorno del caso importado. Esto nos planteaba una situación de: en Italia está pasando algo; aquí todavía no lo estamos viendo: cuándo tenemos que implementar medidas duras, y cómo, y cuáles. Y eso fue una decisión muy difícil, porque la información que teníamos no era nada buena. Teníamos un sistema de vigilancia que estaba muy bien […], pero desde luego se vio completamente desbordado con esta epidemia. […] La capacidad diagnóstica era pequeña. La capacidad de sospecha y de comunicación de la información […] tenía un retraso enorme, con lo cual —no nosotros solos: esto pasaba en todos los países de la Unión Europea— íbamos todos un poco a tientas, y las decisiones que se iban tomando se iban tomando un poco a tientas, lo cual generaba muchas dudas, mucho riesgo de estar sobreactuando, o de quedarnos cortos: las dos cosas. Y eso no fue fácil de llevar, fue muy complicado.

Las primeras decisiones se tomaban no basándose en conocimiento, datos o informa­ción, sino a tientas. Del resto de esta explicación puede deducirse algo que a lo largo de la entrevista se verá cada vez más claro: que estaban previamente convencidos de que había algo que detectar, así que quedaba descartada la posibilidad de que si no lo detectaban fuera porque no lo había: si no lo detectaban, era porque los sistemas de detección estaban, por buenos que fueran, fallando.

Este afán por averiguar no si había bicho o no lo había, sino que sí lo había, queda más claro a continuación (00:06:40; nótense los titubeos):

La presión que hicimos durante los primeros 10-12 días de marzo a las comunidades autónomas para que consiguieran la información suficiente para poder justificar medidas fue enorme, pero enorme de… Bueno, somos… en la red, que éramos… bueno, con el tiempo acabas haciéndote amigo de todos, pero hubo situaciones de muchísima tensión por la presión que ellos recibían de sus propias comunidades autónomas pero también nuestra para conseguir información suficiente para tomar decisiones con un mínimo de seriedad, y eso no fue fácil, eso fue un periodo muy muy complicado.

No hay un conocimiento, unos datos, una información que lleve a tomar unas medi­das; al revés: lo que hay son unas medidas previas que deben justificarse consiguiendo una información, y para justificarlas se ejerce la presión que haga falta.

Más adelante en la entrevista (00:10:31), nuestro hombre explica largamente cómo ya en febrero estaban muy atareados consiguiendo información que pudiera indicar que había motivos para alarmarse:

[…] en estas situaciones sí que se puede forzar mayor frecuencia [en la aportación de información por parte de las fuentes]. Con el sistema de vigilancia de la gripe sí que estuvimos analizando muy detalladamente toda la información: se vio que no había habido nada raro en la evolución de la gripe hasta mediados de febrero. […] Estos casos de gripes raras que comentas se empezaron a conocer en la segunda quincena de febrero: alguien empezó a decir: «Pues sí que yo creo que hay alguna gripe rara».

Nótese bien el «sí que», del que se deduce la presión que se estaba ejerciendo: «¿No habrá algún caso raro de gripe? Mirad bien a ver si lo encontráis, porque tiene que estar ahí». Y, ¿cuál es la definición científica de «gripe rara»? ¿Serán esas gripes que hace ya años que dicen que son «un virus» porque pueden tener como síntoma gastroente­ritis y tal y a las que nunca se les había dado mayor importancia?

Pero ni aun con esta definición tan vaga y poco científica conseguían lo que querían (00:11:14):

Se mandaban a analizar muestras —que había muestras en las bibliotecas, en las bibliotecas de muestras—, y no se detectaba coronavirus. […] La segunda quincena de febrero hicimos dos estudios de interés en dos zonas con la mayor incidencia de coronavirus en aquel momento […]. Se hizo con ellos [los dos brotes] una prueba: todas las muestras del sistema de vigilancia de la gripe, que se tenían todas guardadas, se analizaron en los dos lugares, se analizaron para coronavirus, y ninguno de los dos estudios detectó ni un solo caso de coronavirus, ni uno.

De datos, nada, pero, ¿qué son los datos cuando hay fe? Los casos no se detectaban pero los había, como nuestro hombre explica a continuación (00:12:25):

Es decir, sí que había opciones de que hubiera más casos que no se detectaron: seguro que hubo algunos, eso seguro, probablemente asintomáticos pero seguro que hubo algunos.

Seguro. Aunque a continuación dice que lo que sí que era seguro es que había retraso en la notificación (00:12:37):

Sí que estamos seguros que había mucho retraso en la detección de los casos que íbamos conociendo de coronavirus, no sólo por parte del sistema sino también por parte del propio enfermo, […] por la propia dinámica del funcionamiento paciente/enfermo con este tipo de enfermedades, en aquel momento. Y obviamente que toda esta información es la que tratábamos de mejorar la oportunidad [de notificación], y era muy complicado: se proponían diferentes definiciones de caso, se trataba de ser más sensible, pero, claro, nos interesaba confirmar al menos algunos casos, y para eso teníamos que dirigir las pocas pruebas diagnósticas de las que se disponía en ese momento a los pacientes que merecía la pena diagnosticar con seguridad.

La fe en que el virus está ahí es tan grande que, si no se encuentra nada, será, de nuevo, no porque no haya nada, sino porque el método falla: por un lado, la gente todavía no se había enterado de que estaba mandado tener coronavirus; por otro, las propias definiciones de lo que andaban buscando no daban los resultados deseados. Así que las definiciones se cambian. Cualquiera pensaría que si la definición es otra, la cosa tampoco es ya la misma, pero no: la lógica en salud pública no es la lógica corriente.

Poco después da nuestro hombre otro ejemplo muy instructivo de esta técnica de cambiar el método hasta obtener los resultados deseados (00:14:18):

Sí que ya en la última semana de febrero empezaron a aparecer las neumonías bilaterales, pero en algunas se confirmaba: en muchas, aunque se hicieran pruebas, no se confirmaba el diagnóstico. Entonces empezamos a trabajar con fuentes de datos del sistema de información sanitaria: todo lo que tiene que ver con el CMBD [conjunto mínimo básico de datos de altas hospitalarias], toda la información de fondo que nosotros podemos conocer sobre cuál es la prevalencia que podíamos esperar, la incidencia que podemos esperar de neumonías bilaterales de este estilo. Empezamos a valorar lo que había, lo que se estaba detectando; empezamos a descartar zonas en las que no había un incremento de casos, zonas en las que sí que parecía que esas neumonías eran algo más de lo esperado, y coincidía con las zonas donde se estaban detectando casos confirmados, que en ese momento, al final de febrero ya —pero tiene 28 días: estamos hablando del día 25, 26, 27, quizás 28, incluso primeros de marzo—, coincidían con los dos núcleos de transmisión que se habían establecido, que eran ese núcleo del norte del País Vasco y un núcleo en el centro entre la Comunidad de Madrid y la zona limítrofe de Castilla-La Mancha. Son las dos zonas en las que se estaban detectando esos casos de neumonías bilaterales quizás con un incremento marginal de la frecuencia respecto a lo esperado.

Como el método de hacer pruebas en los casos de neumonía bilateral no da los resultados deseados, ese método se descarta y se cambia por el del aumento de los casos de neumonía bilateral con respecto a lo esperado. Y ni aun así obtienen otra cosa que «quizás» «un incremento marginal». A pesar del minucioso rastreo, les costó lo suyo conseguir (nunca se dice «buscar» o «encontrar») la poquita información que al fin obtuvieron.

Toda esta explicación acaba así (00:15:48):

[…] se van tomando medidas que inicialmente corresponden a las comunidades autónomas […] Llegó un momento en el que las medidas que se tomaban en las comunidades autónomas empezaban a afectar al riesgo del resto de las comuni­dades. Y en ese momento es cuando ya —esto fue ya el 9 y el 10 de marzo—, en ese momento es cuando ya no hay opción, ya las medidas tienen que ser coordinadas, y a partir de ese momento ya el Estado sí que tiene derecho o capacidad o competencia para tomar medidas coordinadas mucho más potentes, que de hecho implican control de muchas libertades, que implican un estado de alarma […]. Hasta que no empezó a haber un impacto de lo que se hace en una comunidad en las otras comunidades, desde el ministerio teníamos la capacidad muy limitada de gestión. A partir de ahí sí.

Así que ahora al cabo de un año nos enteramos de que nos encerraron a todos no por una enfermedad sino por las medidas que se tomaban contra esa enfermedad. ¿Se estará refiriendo aquí Simón a la suspen­sión de las clases y  la implantación del teletrabajo en Madrid y algunas zonas del País Vasco, que dicen que hicieron que hubiera gente que se marchara a otras comuni­dades? Ahora lo discutiremos. Pero antes, hay que ver qué quiere decir que esas medidas, fueran las que fueran, estaban empezando a «afectar al riesgo del resto de las comunidades». Quiere decir no que afectaran a la propagación o la incidencia en otras comunidades, sino al mero riesgo (posibilidad, probabilidad) de que la propagación o la incidencia se vieran afectadas. O sea, que se suponía que las medidas para evitar la propagación lo que podían causar era precisamente un aumento de la propagación. Tal suposición no deja de ser eso, una mera suposición, pero, sea como sea: el caso es que entonces, cuando el Estado toma las riendas, ¿por qué lo que hace no es simplemente echar atrás esas medidas? ¿O se trataba también en esto, como en lo de los datos de incidencia, de encontrar una excusa, algo que pudiera justificar esas «medidas coordinadas mucho más potentes, que de hecho implican control de muchas libertades, que implican un estado de alarma»? El relato de Simón coincide tanto en su tono como en su contenido con esta última interpretación.

Venimos ahora a la cuestión de cuáles eran esas medidas que se tomaron en las comunidades autónomas y que a 9 y 10 de marzo «empezaban a afectar al riesgo del resto de las comuni­dades». En principio, se tiende a pensar en la suspen­sión de las clases y  la implantación del teletrabajo en Madrid y algunas zonas del País Vasco, pero esas medidas no sólo eran ya «medidas coordinadas», que acordó el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, sino que se acordaron el mismo día 9 (véase la nota de prensa correspondiente aquí), que es cuando Simón dice que las medidas estaban empezando a «afectar al riesgo del resto de las comunidades». Es más: el acuerdo es del día 9 (por la tarde), pero su puesta en práctica se estableció para el miércoles 11 (véase por ejemplo en el BOCM del día 10), que es cuando efectivamente se suspendieron las clases.

Así que o bien Simón habla de otras medidas regionales que extrañamente no recordamos ni alcanzamos a averiguar, o bien se equivoca, o bien nos está engañando (véase luego otra desconcertante falta de correspondencia en las fechas con respecto al uso de mascarillas).

Pero volvamos a la entrevista donde la habíamos dejado. Nos estamos acercando a la decisión del confinamiento (00:19:45):

Ya nos habíamos reunido, con el comité de seguimiento del covid, en el que participaba el presidente, si no recuerdo mal, 3-4 semanas, nos habíamos reunido una vez a la semana con él. Pero a partir del día 10 de marzo nos reuníamos diariamente, y fue entre el día 10 y el 12 cuando tuvimos que conseguir toda la información que pudiera justificar la medida de: tenemos que confinar al país, tenemos que reducir la movilidad mucho, si queremos que esto se controle.

Aquí la cosa ya se dice sin ningún reparo: no es la información la que lleva a tomar la decisión del confinamiento: la decisión del confinamiento se toma y después se busca información que la justifique. El día 10 ni siquiera había hecho todavía la OMS la declaración de pandemia. Nuestro hombre continúa (00:20:09):

Lo de confinar lo deciden ellos, los ministros y el presidente. Nosotros decimos: tenemos que conseguir que la gente no se junte, no se mueva, no se mezcle, y hasta este nivel. Ahora, cómo hacerlo, nosotros no sabemos.

Simón nos recuerda ahora las funciones del poder ejecutivo. Los expertos en salud pública («nosotros») proponen, y son los ministros y el presidente los que disponen.  En este caso, lo dispuesto («confinar») coincide con lo propuesto («que la gente no se junte, no se mueva, no se mezcle, y hasta este nivel»). Lo cual cuadra perfectamente con que los ministros y el presidente, a su vez, digan que ellos deciden basándose en los criterios de los expertos.

Sigue Simón explicando sus dudas (00:20:22):

Entonces, cuando estás contando esto… primero tienes muchísimas dudas. Ten en cuenta que en España, desde… yo creo que desde la guerra no se había declarado un estado de alarma. Había habido uno con los controladores aéreos, pero que, bueno, que afectó a los controladores y a una unidad del ejército que los sustituyó, no más: para que el ejército pudiera controlar: la gente ni se enteró que había un estado de alarma. Pero ahora estamos proponiendo algo que, bueno, desde el punto de vista de una persona que, aunque yo nací en la dictadura, me había criado en una democracia, es muy duro. Son situaciones que dices: «Joder, ¡el estado de alarma, para hacer que la gente se quede en su casa y no pueda salir!»

Nótese la expresión «son situaciones que dices», que se usa como si fue­ran cosas que pasan con cierta frecuencia. Por lo demás, el experto pasa ahora a la primera perso­na del singular: él tenía muchas dudas: se ha criado en una demo­cracia, y se le hacía duro. Eso son las democracias y las dictaduras: experiencias personales que nos hacen más duras o menos duras otras experiencias personales. Nuestro hom­bre habla como si esa medida de la que después dice que está entre las muy discutibles fuera un mal necesario, una especie de medicina que nos amarga a los que, criados como estamos en la democracia, sólo estábamos acostumbrados a comer pasteles.

Pero sigamos oyendo cómo el experto explica sus dudas (00:21:10):

Te lo planteas y tienes muchas dudas, pero al mismo tiempo tienes toda la informa­ción sanitaria, todo lo que está pasando en el país y todo lo que está pasando en otros países en los que dices: pero si no lo hacemos, vamos a tener una pandemia de verdad —que luego la hemos tenido, pero vamos a tener una pandemia enorme.

La justificación para el estado de alarma y el confinamiento, que se acaban de reconocer como acciones típicas de una dictadura, es que si no se imponen va a haber una pandemia de verdad. Pero en cuanto esto se dice, el argumento se viene abajo, porque resulta que ha habido estado de alarma, ha habido confinamiento y también ha habido, según ellos, «una pandemia de verdad». Por eso Simón tiene que corregirse sobre la marcha: «que luego la ha habido». Y ahí tendría que decir que entonces se ve que lo del confinamiento no funciona, pero no, no pasa nada, y en vez de eso dice: «vamos a tener una pandemia enorme».

¿Cómo sabían que si no iban a tener una pandemia enorme? (00:21:27):

Estábamos trabajando con muchos grupos de modelización: muchos nacionales, también internacionales. Teníamos información de modelos que preveían para EE. UU. dos millones y medio de muertos, para España medio millón de muertos. Estábamos diciendo: «Pero pero, vamos a ver». Eran modelos que tenían, que utilizaban datos, y asunciones, que son básicas en los modelos, muy sesgadas, con mucho error, pero eran los modelos de los que disponíamos.

Fernando Simón está diciendo aquí con total claridad que el confinamiento se decidió partiendo de suposiciones erróneas. Y sesgadas: o sea, suposiciones que partían de una idea previa de lo que pasaba, que no eran neutras, objetivas, imparciales.

Dicho de otra manera: para formular el argumento de «Si no lo hacemos, vamos a tener una pandemia de verdad, una pandemia enorme», partían no de información, datos o conocimiento propiamente dichos, sino de modelizaciones: estimaciones, hechas con modelos mate­máticos, de lo que podría pasar en el futuro si no intervenían. Y esos modelos parten de datos, pero no sólo de datos, sino de asunciones, de cosas que se asumen, se supo­nen, y esas asunciones eran «muy sesga­das» y tenían «mucho error». Vamos, lo mismo que llevan diciendo desde hace ya más de un año tantos científicos críticos a los que se ha censurado y tachado de negacio­nistas y demás.

Más adelante en la entrevista (00:26:05), explica esto de los modelos un poco más, cuando el entrevistador le pregunta por «un estudio que decía: si se hubiera tomado la decisión del confinamiento una semana antes, se hubiera disminuido creo que alrededor de 23.000 las muertes, y que si se hubiera tomado una semana después, hubieran muerto creo que alrededor 100.000 más, 90 y tantos mil más»:

[…] son modelizadores digamos del método: ellos son físicos. Entonces, los modelos que hacían, que no daban datos muy discrepantes con un modelo que hizo el Imperial College de Londres, que es uno de los grupos a nivel global más potentes de modelización, no eran muy discrepantes, pero sí que ambos tenían un problema y es que no consideraban las medidas intermedias que se iban poniendo. De hecho, este modelo que te he comentado que preveía medio millón de muertos en España para el verano, no para ahora sino para el verano, era del Imperial College. Todos estos datos son datos que sí que iban en esa línea, pero la magnitud de lo que se preveía, si bien podíamos estar en esos datos, no correlacionaba bien con algunos de los indicadores que salían o de los… sí, de los indicadores que salían de los modelos. […] La R, el número de reproducción básico, […] no se introduce en el modelo, sino que normalmente tú lo que haces es introducir otros parámetros (el intervalo serial, la duración del periodo de incubación, el número de contactos que tiene cada persona, etc.), y a partir de ahí el modelo te estima cómo va a evolucionar la epidemia tratando de ajustarlo lo mejor posible a la poquita información de casos que ya tengas, y te extrae una R que explica esa evolución. En muchos de los modelos que se generaban […] las Rs eran Rs desorbitadas. Yo he visto modelos […] de este tipo que daban Rs de 19/20, que es una barbaridad, ni siquiera el sarampión tiene eso. Entonces, claro, había que ir buscando que los parámetros de entrada fueran los adecuados para que la R tuviera lógica: que fuera más alta de lo que conocíamos, bueno, pero que no fuera ilógica. Entonces los modelos que se generaban, todos generaban dudas: todos generaban miedo y todos generaban dudas y esas dudas no se pueden plantear cuando planteas una decisión de esta envergadura.

Ahora entendemos lo que son las dudas, que se contraponen aquí, novedosamente, al miedo. Las dudas son lo que impediría actuar de cierta manera. Es decir: las dudas son los argumentos contrarios a ciertas actuaciones. Esas dudas, o sea, esos argumentos, no se pueden plantear. Los hay, pero no se pueden plantear. Por tanto, se ocultan. Eso está implícito en las palabras de Simón. Y se queda tan ancho. Lo que no está implícito pero lo sabemos porque lo hemos vivido es que no sólo se han ocultado, sino que se ha hecho como si hubiera una seguridad absoluta sobre el peligro de la pandemia y sobre la única manera de evitarlo. Por el contrario, todo se basaba en modelos que no tenían en cuenta otras posibilidades de intervención (las «medidas intermedias») y que partían de muy «poquita información» y de asunciones sesgadas y erróneas.

Esos modelos, según se deduce de la explicación de Simón, se manejan a voluntad: cuando les metían «la poquita información de casos» que tenían, les salían resultados que no tenían sentido (las Rs desorbitadas). «Entonces, claro, había que ir buscando que los parámetros de entrada fueran los adecuados para que la R tuviera lógica: que fuera más alta de lo que conocíamos, bueno, pero que no fuera ilógica». ¡Qué convincente es ese «claro»! Si el resultado es ilógico, ¡se cambian los datos! ¡Claro! En vez de pensar que hay algo que está mal de partida, se ajustan los parámetros de entrada, o sea, los datos, la poquita información que tenían. Y a la gente le hacen pensar que todo esto se basa en la ciencia, y que la ciencia es algo que se basa en unos datos objetivos, que están ahí sin más.

Me paro aquí sólo un momento más para hacer notar que se reconoce como lo más natural del mundo que no se suponía ni por un momento que esta enfermedad fuera más contagiosa que el sarampión, frente a la impresión que se ha buscado dar a la gente.

Pero retomemos el relato donde lo habíamos dejado, que era en las modelizaciones «muy sesgadas, con mucho error», pero que «eran los modelos de los que disponíamos»:

(00:21:58) Entonces, claro, tienes dudas por un lado y tienes información por otro, que dices: «Joder, o hacemos algo drástico o nos vamos a la porra todos».

«Información por otro»: llamarle «información» a las estimaciones de los modelos es poco apropiado, pero en fin: lo importante es no perder de vista que se acaba de reconocer que esa información era equivocada.

(00:22:09) Y luego vas viendo, vas exponiéndolo, con tus dudas, y vas viendo la posición de las caras y las preguntas que se hacen. Vas viendo las dudas de los demás, porque obviamente son situaciones que van a tener un impacto en la pandemia bueno pero en todo el resto de nuestra vida malo.

Nótese, lo primero, que no sólo Simón tenía dudas. Y lo segundo, que se reconoce claramente que esas «situaciones» (nuevo eufemismo) «van a tener un impacto malo» en todo lo que no sea la pandemia. Desde luego, a nuestro hombre ni se le ocurre repetir las tonterías que tanto se dijeron de que si así había menos contaminación o que estábamos más tranquilos y no sé cuántas mentiras más. Lo que no se entiende bien es cómo, después de lo que ha dicho de los modelos, sigue sosteniendo lo del «impacto bueno» en la pandemia.

(00:22:28) Entonces dices: Vamos a ver, yo os estoy planteando la situación, os estoy dando la información de la que disponemos, y si no lo hacemos, os puedo decir que en este rango, pero como mínimo vamos a estar aquí (de casos, de muertos, de infección), como máximo aquí (sería la situación peor): estaremos probablemente en una zona intermedia. Yo no puedo deciros, no soy yo quien tiene que tomar la decisión de si hay que confinar, cerrar, bloquear. Todo eso son palabras que para mí en aquel momento eran muy gordas. Pero lo cierto es que (como has dicho, lo he dicho ya en más de una ocasión) a mí me sorprendió lo que yo percibí como un sentido de responsabilidad y la serenidad además con la que se tomó la decisión. Yo recuerdo que (te lo digo de verdad), que me sorprendió y además muy gratamente el aplomo con el que el presidente, dejando traslucir que lo que estaba decidiendo, lo que iba a decir, iba a ser una decisión muy dura, con esa respiración profunda, ese decir: «¡Buf! ¡lo que voy a decir!»… Pero lo dice, lo dice, y lo dice con calma, y dice: «Bueno, pues tenemos que hacerlo».

¿Qué decir de esa admiración por la decisión y por la acción en sí mismas, por la palabra que hace, por el ejercicio del poder, cuando se acaba de reconocer que la decisión no tenía base suficiente y más adelante en la entrevista se pondrá como ejemplo de las medidas «muy discutibles»? El contenido de la decisión no importa: lo res­ponsable y lo heroico es tomarla, porque era (se supone) una decisión «muy dura». Que fuera acertada o no, eso —se deduce— es lo de menos.

Por cierto que no estaría mal que nos contara cuáles eran el mínimo, el máximo y el intermedio que llevaron (se supone) a decidir encerrarnos.

Nos saltamos ahora, por más interesante que sea, la parte en que inmediatamente se ponen prácticos, a organizar ministerios y demás, como para quitarle hierro al asunto, y pasamos a otra parte de la entrevista en la que se menciona un detalle del confinamiento (01:24:06):

Si hubiéramos tenido la experiencia de un confinamiento similar en la primera ola, probablemente no hubiera sido igual: que alguien salga de su casa a correr él solo no es riesgo para nadie, aunque vaya sin mascarilla, pero en el confinamiento había mucha presión por que eso tampoco se permitiera, y no había argumentos para decir: «Pero ¿qué decís?».

La lógica del pasaje es un tanto oscura, pero lo principal queda bien claro: «no es riesgo para nadie». La cara que pone Simón con lo de «Pero ¿qué decís?» es muy reveladora: es una cara como de: «Pero, ¿es que os habéis vuelto locos o qué?». O sea: él, que es el experto, lo consideraba algo no sólo sin ningún sentido, sino una especie de locura, y reconoce que es que «había mucha presión por que eso tampoco se permitiera», y, no se sabe por qué, dice que «no había argumentos». El entrevistador, por supuesto, no le pregunta qué argumentos les faltaban o cuáles eran esas presiones. No pasa nada: Simón reconoce que no tenía ningún sentido, que él sabía entonces que no tenía ningún sentido, que era una locura, que se hizo así porque «había mucha presión», y se queda tan tranquilo.

Este hombre, que tiene el papel de ser, o aparentar ser, uno de los más honrados entre los organizadores de la pandemia, fue el centro de la información pandémica durante todo el encierro; salió todos los días por la televisión dando explicaciones de la pandemia, las «medidas» y demás; y ahora sigue dándolas bastante a menudo. Sobre algunas medidas tenía dudas, pero sobre esto no: esto de no dejar salir a la gente sola le parecía una locura sin sentido desde el primer momento, y no dijo nada. Como si no supiera que el que calla, otorga. Y ahora lo cuenta, un año después, así sin más.

Y en los varios periódicos que dan cuenta de esta entrevista seleccionando, entre otras, esta declaración, ninguno pone el grito en el cielo, nadie dice: nos engañaron: no fue por evitar el contagio, fue porque había presiones. Así que se da por supuesto que mentir es lo normal. Que es lo que debemos esperar de nuestros pastores. Que no es motivo de queja, de escándalo, de protesta.

Y no es porque Simón no sea consciente, al menos parcialmente, del daño que han hecho (00:29:56):

[…] lo cierto es que tomarlas antes [las medidas], sin tener una información, unos datos que avalen mínimamente una decisión de esa envergadura, yo creo que es una irresponsabilidad. Ten en cuenta que hemos hundido muchas empresas, muchas; la economía ha bajado muchos puntos; socialmente tenemos un problema ahora —no voy a decir de salud mental gordo, pero es un problema de salud mental grande. De casos moderados, vale, tenemos un problema grave. Ha habido mucha gente que ha fallecido por no querer ir a los hospitales cuando tenían un infarto o un ictus; ha habido muchos hospitales que no han podido atender aunque hubieran ido, gente que ha ido con infartos e ictus: menos de los que han muerto por coronavirus, de acuerdo: pero ha pasado.

Nótese lo primero que el que muchos hospitales no hayan podido atender a gente que había ido con infartos e ictus es algo que se incluye entre los perjuicios provocados por las propias medidas antipandemia y no entre los efectos indirectos de la (supuesta) pandemia misma. En eso no podemos menos que estar de acuerdo con Simón. No así con lo de que los muertos provocados por las propias intervenciones anticoronavirus sean menos que los provocados por el coronavirus, porque: 1) como se viene denunciando desde hace mucho, la atribución de la causa de una muerte al virus está siendo cuando menos arbitraria; y 2) las muertes atribuidas al coronavirus están también, como las de los infartos y los ictus, provocadas en muchos casos por el régimen confinatorio y los protocolos que lo acompañan, sobre todo en los asilos, y también en los hospitales.

Por lo demás, como decíamos, los daños se reconocen parcialmente, y además se  minimizan y se presentan como algo aceptable. El haber hundido a la gente en la miseria, en todos los sentidos que se le quieran dar a la palabra miseria, se convierte en «un problema de salud mental», que no es «gordo» y que es «de casos moderados» (para el virus en cambio no importa que los casos sean leves). O sea, que primero nos hacen la vida imposible, y si no lo aguantamos perfectamente sumisos y sonrientes, encima van y dicen que es que tenemos problemas de salud mental. ¡A ver si van a ser ellos los que tienen un problema de salud mental! Nosotros, señor Pandemias, estamos perfectamente cuerdos: jodidos, machacados, puteados, hundidos en la miseria, eso todo lo que usté quiera, pero locos, ni un poquito. Y si alguno se vuelve loco con todo esto, pues sus razones tiene, razones de verdad, no modelizaciones de parámetros justificatorios.

Así que sí, van reconociendo cosas a su manera. Lo demencial es que todos estos reconocimientos no le hagan a nuestro hombre plantearse ninguna duda (él que se planteaba tantas hace un año) a la hora de decir, por ejemplo, que en el verano (00:47:20)

estábamos en una situación muy buena pero no podíamos rebajar todas las medidas tan rápido: una cosa es que se permita la movilidad y otra cosa es que la gente ya deje de utilizar la mascarilla, vayamos abrazándonos por todos lados, nos juntemos 200 en una en una habitación donde caben 10…

Luego se quejará de que haya problemas de salud mental, cuando él sigue prohi­biendo abrazarse y metiéndole miedo a la gente de forma absurda. Porque es que además: ¿Es que este señor tan informado no sabe que, quitando algunos adelantados, en el verano no fue cuando la gente dejó de usar la mascarilla sino cuando empezó a usarla, porque fue cuando se hizo obligatoria? ¿Es que no sabe que no se hacían apenas esas otras cosas que dice, que es que parece que toda España en verano se convirtió en una especie de comuna jipi?

«…otra cosa es que la gente ya deje de utilizar la mascarilla». Fernando Simón y su equipo en julio del 2020, filmados por El País.

Dicen las malas lenguas que él, después de pedirle a la gente que no hiciera viajes innecesarios, se había ido a hacer surf a Portugal, donde las imposiciones eran más relajadas que aquí. En navidades no sabemos qué haría, pero se ve que el común de los mortales volvió a cagarla, como explica en la misma entre­vista (00:48:43 en adelante). No citaré la larguísima explicación de confinamien­tos parciales, presiones varias, consejos interterritoriales, jueces y demás. La mentira de todo esto es evidente: si todavía a estas alturas no está clarísimo para cualquiera que disminuir los contactos entre la gente no tiene nada que ver con el aumento ni la dis­minución de los casos de la supuesta enfermedad, lo que sí está claro para cualquiera es que en vacaciones la gente, por lo general, se mueve menos y tiene menos contactos. Que, quitando los que se queden en casa teletrabajando, que no son la mayoría, los otros tienen muchos más contactos cuando trabajan: un estudiante, un profesor, un dependiente, un repartidor, un enfermero, etc. Y, ¿eso no lo sabe nuestro coordinador de pandemias, que estará perfectamente enterado de aquel estudio de movilidad que tanto nos mencionaban durante el encierro y que precisamente mostraba lo contrario de lo que ahora dicen? ¿Es que no se acuerda ya del encierro reforzado del 30 de marzo al 9 de abril, que se impuso precisamente para alargar el periodo de menor movilidad de las vacaciones de Semana Santa?

Pero todos estos detalles son lo de menos: ¿Es que no se le ocurre que no se le puede echar a la gente la culpa de ninguna enfermedad, pero mucho menos del desastre que ellos mismos han provocado?

A lo mejor dentro de seis meses, o de un año, ya empiezan a reconocer que también todas estas cosas, y muchas más, planteaban muchas dudas, que eran muy discutibles, que hubo ciertas presiones, que los modelos estaban sesgados.

Y, cuando lo reconozcan, ¿seguirán diciéndolo tan tranquilos? ¿Presumiendo de honrados por admitir que hubo cosas que podían haberse hecho mejor? ¿Haciendo como que equivocarse en confinar, aislar y hacerle la vida imposible a la gente es una cosa normal, una equivocación como otra cualquiera? ¿Asimilando la posible crítica haciéndosela ellos a su manera? ¿Viéndole a todo el daño que han hecho el lado bueno («hemos aprendido mucho», 01:24:28)?

El entrevistador concluye la entrevista (01:26:22) mencionando cosas bien hechas en la «gestión de la pandemia» y cosas «discutibles para cualquiera», y nuestro hom­bre, que era el que había usado el término «discutible», lo corrige sonriente: «también ha habido cosas malas: has dicho cosas discutibles, cosas buenas, pero también ha habido cosas malas, Joan, hay que decirlo también: ha habido cosas que no hemos hecho todo lo bien que debíamos». Un entrenador de fútbol tiene un gesto más com­pungido cuando dice algo así. Con todo, el entrevistador se siente en el deber de con­solarlo: «Sin duda alguna, pero forma parte de la actividad humana: no todo lo hace­mos bien y, claro, uno tiene que ser consciente de que una pandemia que no cono­cía­mos, que no nos había pasado nunca, es normal que hagamos cosas bien y cosas mal. La clave es que lo que hemos hecho mal nos sirva para no volver a caer en el intento».

Ya sabemos que para Simón lo del confinamiento no llega a malo sino sólo a discutible. Pero yo me pregunto: encerrar a poblaciones enteras por la fuerza, enmas­cararlas, aislarlas, confinarlas, prohibirles verse y tocarse, inyectarlas en masa, todo eso, ¿forma parte de la actividad humana?

Virginia

(Artículo aparecido originalmente en el blog Contra el encierro de la gente, 10 de abril, 2021; corregido y actualizado el 9 de junio, 2021)

2 comentarios en «Fernando Simón: cómo justificar un encierro»

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