¿Deberían los gobiernos controlar los viajes durante este invierno? ¿Deberían permitirnos irnos de vacaciones, o incluso ver a nuestras familias? ¿Deberían imponerse test obligatorios de Covid-19 en las fronteras? ¿O deberíamos hacer algo completamente distinto?

Como todo médico sabe, la mejor medicina va mucho más allá de «salvar vidas». También atañe —como es obvio— a la calidad de las vidas que se «salvan». En el extraño caso del coronavirus, lo que está en juego es la calidad de vida de todos y cada uno de nosotros —incluyendo a la vasta mayoría de gente para quienes este virus representa un riesgo muy bajo— debido al carácter intrusivo de las leyes y normas con las que los gobiernos creen estar «controlando» el virus. Dado que viajar constituye una parte vital en la calidad de vida de mucha gente, esta cuestión cobra especial relevancia.

Si analizamos su estrategia ante el coronavirus en los últimos meses, se infiere que el gobierno británico no comprende esta cuestión de la calidad de la vida. En un principio se puso el foco en las cifras de muertes, sin proporcionar jamás el contexto para una mejor comprensión de las mismas. Luego, cuando descendieron considerablemente los fallecidos (pese a que la Covid-19 es una de las pocas enfermedades que deben ser notificadas a las autoridades sanitarias[1]), se centraron en el número de casos, probablemente por la sola razón de que abundan mucho más.

Sin embargo, ahora mismo nos enfrentamos a una evidente desconexión entre el número de casos y la cifra clave de ingresos en hospital. Las últimas cifras disponibles (de la semana del 11 al 18 de septiembre) muestran 139 muertes donde se menciona el coronavirus en el certificado de defunción, lo que supone el 1,5% del total de 9.523 muertes de esa semana, una cifra mucho menor que el 14% de muertes en las que se menciona «gripe y neumonía». Las muertes en hospitales fueron en realidad 365 menos que la media de fallecimientos de los últimos cinco años en esta época del año, que a su vez es inferior a la media de los últimos 10, 15, 20 y 25 años (las estadísticas de la Office for National Statistics se remontan a 27 años), y por lo tanto desinfla la gravedad de la pandemia.

Así que los números no avalan la idea de que viajar este invierno conlleve un riesgo mayor al de viajar en muchos inviernos de los últimos 25 años. Además, a pesar de los test masivos, y de las unidades móviles que se apresuran a recorrer el país para hacer test en «clústers» (que por lo tanto tienden a convertirse en profecías autocumplidas), los números de casos parecen estar estabilizándose. Sí, este martes se anunciaron 7.143 casos, pero eso siguió a tres caídas consecutivas por primera vez desde el 17 de agosto: 6.874, 6.042, 5.693 y 4.044 nuevos casos diarios del 25 al 28 de septiembre.

Así que eso es bueno. Pero, ¿los test en fronteras podrían al menos permitir que todos viajemos con seguridad? Los casos de Covid-19 necesitan ser detectados mediante test porque su diagnóstico clínico no es fiable: los síntomas coinciden con los de muchos otros patógenos. Por desgracia, los test no son nada claros.

Todos los test patológicos suelen ser desarrollados y validados con mucho cuidado antes de ser lanzados para su uso masivo. E incluso entonces siempre hay falsos positivos (la prueba es positiva, pero el patógeno no está presente) y falsos negativos (lo contrario).

En el caso de los coronavirus este proceso de desarrollo y validación cuidadoso y revisado por pares no ha tenido lugar. Los test se han fabricado de forma apresurada para satisfacer la demanda, pero están surgiendo muchos problemas que. Por ejemplo, los falsos positivos es probable que sean del 1 al 10% de los resultados, lo que significa de 2.500 a 25.000 resultados incorrectos cuando se hacen 250.000 test al día. El método de PCR que se utiliza también es extraordinariamente sensible, lo que significa que los falsos positivos/negativos pueden aumentar o disminuir por la forma exacta en que se haga el test. Además, muchos test «positivos» parecen ser «positivos débiles», con cargas virales 100 veces más bajas que las de los casos de enfermedades graves, y suelen ser asintomáticos, con poco riesgo de infecciosidad.

De modo que establecer estos test en las fronteras, para una enfermedad cuya importancia ha sido exagerada, sería simplemente una receta para la injusticia y el caos. Se impediría viajar a muchas personas por error, mientras que otras proseguirían su viaje teniendo la enfermedad. Pero, así y todo, sigue sin estar claro cuál es el significado de los test verdaderamente positivos.

En realidad, ¿por qué habría que regular el viaje entre países? Ahora podemos ver que las curvas virales en todo el mundo son prácticamente las mismas, a pesar de las grandes diferencias en la forma en que los gobiernos creen estar «controlando» el virus.

Así que la idea de «controlar» este virus es en gran medida un mito y los riesgos de los viajes siguen siendo los mismos. Un liderazgo audaz requiere tomar decisiones difíciles. En este caso la dirección correcta es clara. Los gobiernos no deben multiplicar restricciones y regulaciones descabelladas que disminuyen la calidad de vida, sino más bien cambiar muy pocas cosas. Hacer nuestras propias evaluaciones de riesgo debería ser responsabilidad de las personas que quieren viajar, como siempre lo ha sido. La libertad de viajar dentro y fuera de las fronteras nacionales debe ser restaurada.

El doctor John Lee ejerció la docencia y la medicina como patólogo, especializado en histopatología, que trata el estudio de las enfermedades a través del análisis del tejido y de las células.

(Artículo aparecido en The Telegraph el 30 de septiembre de 2020)


[1] En Reino Unido existe una lista de enfermedades que, al detectarse en un paciente, es obligatorio notificar a las autoridades sanitarias. El propio John Lee lo explicaba en un artículo del 28 de marzo pasado: «Si alguien muere de una infección respiratoria en el Reino Unido, la causa específica de la infección no suele registrarse, a menos que la enfermedad sea una rara “enfermedad de notificación obligatoria”. Así que la gran mayoría de las muertes por infecciones respiratorias en el Reino Unido quedan registradas como bronconeumonía, neumonía, vejez o una designación similar. En realidad no se realizan pruebas para la gripe u otras infecciones estacionales. Si el paciente tiene, digamos, cáncer, enfermedad de la neurona motora u otra enfermedad grave, esto se registrará como la causa de la muerte, incluso si la enfermedad final fue una infección respiratoria. Esto significa que los certificados de defunción del Reino Unido tienden a no registrar en su mayor parte las muertes por infecciones respiratorias. [Desde la aparición de la Covid-19] la lista de enfermedades de notificación obligatoria ha sido actualizada. Esta lista —además de contener la viruela (erradicada desde hace muchos años) y condiciones como ántrax, brucelosis, peste y rabia (que la mayoría de los médicos del Reino Unido no verán jamás en toda su carrera)— ha sido ahora modificada para incluir la Covid-19. Pero no la gripe. Esto significa que cada test positivo de Covid-19 debe ser notificado, algo que no pasa con la gripe o con la mayoría del resto de infecciones».

Un comentario en «La idea de controlar este virus es un mito»

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