Fe ciega.
Firmado: Ciegos con fe
(Escrito en el WC de la facultad de Sociología de la Universidad de Granada)

El anónimo que escribió en la pared de un WC de la facultad en 1996 este aserto fue capaz de conectar con el espíritu de la época, que registra un avance a una sociedad de control inédita, y que la crisis de la Covid ha acelerado vigorosamente. La nueva sociedad se caracteriza por una preeminencia de la razón experta, que trasciende sus propios espacios para instalarse en toda la vida. La multiplicación de expertos que tutelan todas las áreas de la cotidianeidad implica la desautorización de las personas corrientes, que son tuteladas y controladas por los expertos. En el ámbito público su dominio es abrumador, instalándose en las televisiones detentando un estatuto cuasi divino. En el ámbito privado proliferan mediante distintas figuras, tales como coach, consejeros, mentores, asesores y terapeutas de todas clases. La premonición de Ivan Illich en los años sesenta acerca de la expansión de las profesiones, que interpretaba como inhabilitación de las personas profanas, ha resultado certera.

La entrevista entre Jordi Évole y Miguel Bosé el pasado domingo cabe interpretarla desde esta perspectiva. El artista, que se ha posicionado públicamente de forma diferente con respecto a la interpretación oficial y experta de la Covid, fue presentado en el altar de los sacrificios, para ser sacrificado públicamente por los sacerdotes del poder experto. Primero fue descalificado, sobrerrepresentando su deterioro personal; después fue presentado como una versión de “anormal” sofisticado, y fue formateado como un extravagante friki en estado de delirio. Tras esta presentación fue conminado a renunciar a sus errores, para ser sibilinamente conducido a una confrontación con el científico de guardia que descargue sobre él varias toneladas de retórica científica. El formato de la entrevista era una cacería, cuyo objetivo era situarlo en una conversación en la que se encontrase en inferioridad.

En los días siguientes ha sido lapidado en los medios. La operatoria de este linchamiento mediatizado es bien conocida. Évole tiró la primera piedra. Tras él los conductores de programas de grandes audiencias. Inmediatamente después comparece su cazador, el epidemiólogo convocado para someterlo, Quique Bassat. Sigue César Carballo, el médico dotado de ubicuidad televisiva en la pandemia, que promueve su patologización, en tanto que entiende su posición como efecto del consumo de cocaína. A continuación comienza el tercio de compañeros de rodaje, amigos personales, como la Milá y otros próximos. Todos aumentan la bola de nieve de su descalificación extrema. Alguien ha sugerido ya que sus declaraciones han atentado contra la salud pública, insinuando su criminalización y penalización. En los días siguientes veremos la lluvia de piedras sobre él.  Al tiempo, la conversación es despiezada por las televisiones para producir los videos que contienen sus afirmaciones más polémicas y sus gestos más adecuados para su facturación como encarnación del mal. Estos serán presentados como fragmentos del mal para perpetuar su estigma, y serán almacenados para ser reutilizados en una nueva situación propicia. Es la maldición de la hemeroteca.

Miguel Bosé ha sido convertido en un enemigo oficial, rango que desborda con mucho a la solidez y relevancia de sus posiciones sobre la pandemia y su influencia en la salud pública. Jordi Évole ha sido el ejecutor de su cacería. Periodista de talento ubicado en el movimiento de renovación democrática del post 15M, desde la Sexta se especializó en un género consistente en entrevistar a los malotes de la élite política de la derecha para desvelar lo oculto en sus actuaciones. En esa tarea tuvo momentos brillantes y consiguió un lugar preeminente en el ecosistema mediático por su audiencia. Pero la cadena tuvo que integrarse en el conglomerado empresarial de Atresmedia para sobrevivir y se alineó con el nuevo gobierno, el más progresista de la historia. El medio ha cambiado de posición y Évole tiene que adaptarse a las nuevas finalidades. La sobrevivencia en esta jungla es imperativa. Ahora no es ya el que fue, sino el nuevo Jordi, el cazador de herejes epidemiológicos al servicio de la televisión más útil para la nueva somatocracia.

Este episodio remite a una situación en la que se instituye la prohibición de hablar para todos los que no somos expertos. Debemos escuchar, obedecer y aplaudir si se tercia. Pero está prohibido posicionarse personalmente y comunicarlo en el espacio público. Este es el meollo de la cuestión. Es la primera vez en la que un no experto –impertinente por hablar en el espacio público- es llevado a la televisión para representar la ceremonia de su degradación frente a un experto. Bosé estuvo ágil y no consintió consumar esta maldad. ¿Os imagináis a un creyente católico corriente conducido a una televisión para ser aplastado por un sólido filósofo en una conversación asimétrica? ¿O a un militante de base de cualquier partido de izquierda situado frente a un  potente economista conservador que lo arrolle ante las cámaras? ¿O a un consumidor compulsivo de comida basura situado frente a un gurú de la dietética?

El acontecimiento de la entrevista de Évole constituye un salto inquietante del poder experto. Supone recuperar el viejo concepto de hereje. Recomiendo a los lectores ver la excelente película de Luc Bresson, Juana de Arco. El juicio a que es sometida por la corte religiosa fundamentalista es aterradora. Las imágenes son elocuentes y remiten al presente en curso, en el que se ordena a los profanos callar, en tanto que la conversación solo está permitida a los expertos. Todos los días las televisiones nos lo recuerdan. En este orden epidemiológico, somos requeridos a callar, aceptar, asentir y obedecer. Somos convertidos en espectadores pasivos en esta función en la que la ciencia deviene en religión rigorista y sus castas deciden sobre lo que es posible hacer en la cotidianeidad, y también lo que está prohibido.

Por esta razón el título de este texto. Una vez que somos impelidos a callar y obligados a tener fe en lo que denominan ciencia, que alcanza el estatuto de la divinidad, en tanto que nadie puede dudar, replicar o criticar. La fe ciega es la condición impuesta a los profanos, convertidos en voyeurs del espectáculo de la ciencia en marcha. Así se configura el rasgo esencial de una sociedad totalitaria, que no es otro que la insignificancia de cada uno frente a un poder omnímodo que no admite réplica alguna. Las personas no expertas somos despojadas de cualquier valor y nuestras supuestas percepciones y reflexiones son imperativamente descalificadas. De ahí la analogía con el caso de Juana de Arco en otro tiempo.

En mi adolescencia rompí con la religión por esta misma razón. Las viejas canciones eclesiales me descalificaban absolutamente frente a un Dios todopoderoso. Todavía recuerdo algunas que han quedado grabadas en mi mente. “Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, no estés eternamente enojado Señor”. “Indigno soy, confieso avergonzado, de recibir la Santa Comunión”. En todas ellas era definido como un objeto carente de valor alguno. Era aplastado por el poder eclesiástico y mi vida se regía por el Catecismo, un texto que solo podía recitar. No, no acepté esta situación de descalificación radical de mi persona y de apoteosis de mi insignificancia, convertido en una oveja de un rebaño vigorosamente conducido por unos pastores rigoristas y absolutistas. Pero el factor desencadenante de mi rebelión fue el rechazo frontal al pecado de pensamiento. Era requerido a desterrar de mi pensamiento mis sensaciones (estupendas) corporales.

El nuevo poder epidemiológico se muestra arrogante, aplastante y totalizante. Supone una condena sin apelación de nuestras percepciones y reflexiones personales. La fe en la ciencia deviene obligatoria y se impone una descalificación y castigo a los descreídos. Aquí radica un rasgo inequívoco de un totalitarismo médico-epidemiológico. Somos aplastados por este dispositivo experto que revierte la autonomía del paciente y la aceptación de la conciencia individual. Cada persona guía su comportamiento por su propio esquema referencial, que procede de sus experiencias, sus informaciones y sus reflexiones. La educación supone precisamente fortalecer el esquema referencial personal. Pero no se puede imponer a nadie que acepte las verdades oficiales y renuncie a su propia deliberación interna.

El episodio de Miguel Bosé significa la violación de su persona, la penetración abrumadora de la razón oficial sobre su esquema referencial. Desde la diferencia, en tanto que la negación de la pandemia supone una ceguera considerable, comparto con él la convicción del importante papel de la manipulación política-mediática. Entiendo que se defendió adecuadamente cuando fue requerido a comparecer frente a su cazador. Pero hizo una defensa de sus fuentes de información y de su proceso de reflexión previo a su definición. Aun admitiendo que su posición sea errónea o su información incompleta, no se le puede descalificar, castigar ni linchar públicamente de esta manera.

Todo esto es muy peligroso. Me reafirmo en el rechazo de que las personas corrientes sean descalificadas así, así como el proceso  de conversión en herejes epidemiológicos a los disconformes. El peligro de la instauración de la lapidación epidemiológica-mediática se presenta como algo más que latente. Me preocupa mucho la insensibilidad a este linchamiento y ensañamiento. Mucho cuidado.

Juan Irigoyen es profesor de Sociología jubilado de la Universidad de Granada. Ha sido profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública y colaborador de varias instituciones sanitarias. Es autor del blog Tránsitos Intrusos. 

(Artículo aparecido en la web personal del autor, Tránsitos Intrusos, el 22 de abril de 2021)

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