Una de las consecuencias de la pandemia ha sido la activación del concepto del mal, que siempre se encarna en algún colectivo social. Así, se ha venido construyendo un chivo expiatorio del mal en el tiempo de la Covid. Estos son los negacionistas, los irresponsables, los desobedientes de las estrictas normas impuestas por el dispositivo epidemiológico-político. Los medios despliegan un formidable catálogo de imágenes de transgresión, de juicios moralistas de condena, de comentarios reprobatorios de expertos, de advertencias de policías curtidos por las cámaras, de testimonios de gentes asustadas que piden el castigo y la desaprobación unánime de las estrellas mediáticas convertidas en persecutores del mal.

He vivido tiempos en los que el mal público era perseguido con saña por las autoridades. El franquismo representaba la vigilancia ante el fantasma de la masonería y el comunismo, enemigos que siempre podían encontrarse agazapados y que era menester prevenir. Después, en el comienzo del postfranquismo se atenuó el mal público. Fueron buenos años viviendo liberado de espectros malignos. En los ochenta aparecieron nuevos malos que amenazaban el orden social. Eran los drogadictos, los delincuentes y los terroristas. De nuevo se pusieron en funcionamiento los altavoces, las pesquisas, las sospechas y la obligación de pronunciarse activamente contra los males oficiales.

La Covid resucita el mal oficial, que ahora amenaza la salud colectiva. Este puede encontrarse en cualquier parte. El mal es oscuro y tiene propensión a la nocturnidad. De ahí el estado de alarma, que tiene la pretensión de interferir la movilidad de los malos en las sombras. El día es el tiempo para la producción, la educación, la compra y las actividades formalizadas, todas ellas definidas por tener una finalidad explícita. La noche es el tiempo de las actividades turbias, cuyos objetivos no se encuentran enunciados en términos explícitos. Así, la noche adquiere la naturaleza de tiempo de sospecha. Cuando la luz decrece la policía toma las calles y los predicadores mediáticos y su corte de expertos claman por su intervención y suspensión.

La persistencia de la pandemia exacerba la necesidad de encontrar un enemigo exterior en el que descargar los malos resultados, liberando así al dispositivo gubernamental-experto de cualquier responsabilidad. Así, las autoridades, los expertos y los medios han construido un culpable inequívoco. Este es el irresponsable que habita la hostelería y renace al llegar la noche. Las gentes festivas son constituidas como culpables de la persistencia de las infecciones que renacen en ciclos temporales cortos, siendo denominadas como olas. La sentencia sobre estos es inapelable: ellos son los responsables de los incrementos cíclicos del fantasma de la incidencia acumulada.

Una vez identificado y definido el enemigo oficial es menester controlarlo y neutralizarlo. Aquí comparece un viejo concepto, este es el de la persecución. Se trata de perseguir a los malos que  pueden brotar en cualquier lugar. Es imprescindible un estado de alerta y de vigilancia para contrarrestar a aquellos desprovistos de responsabilidad. Los informativos y las tertulias se nutren de imágenes tomadas por intrépidos reporteros que llevan las cámaras a los escenarios del mal. Ellos suministran el material que desempeña el papel de prueba concluyente para la condena de los malos. La percepción selectiva alcanza la apoteosis, en tanto que una concentración efusiva para celebrar una victoria electoral o deportiva es liberada de cualquier comentario reprobatorio por parte de los sacerdotes que pilotan la persecución desde sus púlpitos.

La persecución es un fenómeno inequívocamente perverso en cualesquiera de sus modalidades o formas. Implica un estado personal que tiene como modelo la caza. El cazador presume que el cazado desarrollará un repertorio de formas de camuflaje que faciliten su huida. El perseguido es objeto de vigilancia para ser capturado y reducido. De ahí que se excluya cualquier forma dialógica con él. La presunción de culpabilidad es una certeza pétrea para el cazador que modela su mentalidad, imposibilitando cualquier atisbo de duda. El proceso tiene la finalidad de hacerle salir de su escondrijo para abatirlo.

En este estado de certeza absoluta, la persecución tiene como pretensión la captura de lo invisible. El supuesto más relevante radica en que lo visible solo es una parte de la realidad, que se encuentra oculta a la mirada del perseguidor. He sido víctima en mi vida de varias persecuciones, algunas de ellas muy sofisticadas. En el confesionario, mi confesor me presionaba para que le narrase mis pecados carnales, a los que ubicaba en un rango menor. Su estrategia consistía en que revelase la totalidad de la práctica del pecado, que se encontraba inscrita en su imaginación. Cuando dimití de todos mis cargos en el Partido Comunista me enviaron a Romero Marín, un dirigente que había sido oficial en el ejército soviético y la clandestinidad había reforzado sus hábitos inquisitoriales.  Recuerdo su pregunta acerca de si en mis encuentros cotidianos había hablado de las cosas del partido con otros militantes. Cuando le contesté afirmativamente me dijo que esa era una actividad fraccional. Me pedía que de las cosas políticas solo hablara en las reuniones partidarias en presencia de un responsable.

Otras persecuciones me han forjado como persona. La de enfermo crónico es la más importante. El diagnóstico significa una descalificación gigantesca que implica que nadie cree en tus palabras. Así eres conformado como un sujeto sospechoso que es testeado por pruebas de laboratorio e imágenes que definen tu estado. He contado esta persecución en mis derivas diabéticas en este blog. El diagnóstico termina por difuminar completamente a la persona, que es estigmatizada severamente mediante la presunción de la no veracidad de sus palabras. En esta relación comparece con todo su esplendor lo oculto, lo presumiblemente inconfesable que el terapeuta cazador hace salir mediante pruebas designadas con la clarificadora etiqueta de «el chivato».

La persecución implica una actividad que las persecuciones religiosas denominan como «la tentación». Se trata de tentar al sospechoso para hacerle caer en el pecado. En estos días las cámaras dan la voz a jóvenes que «confiesan» sus pecados desatando la ira de los tertulianos y expertos en los platós. Este es el aspecto más peligroso del estado de persecución. En mis clases lo denominaba como el síndrome de Max y los chatarreros. Esta es una película de los años setenta en la que un viejo policía se enamora de una joven que forma parte de un grupo de chatarreros que desarrollan actividades delictivas de muy baja intensidad. Los celos de los amantes jóvenes de la mujer le lleva a inducirlos a asaltar un banco en donde son esperados y capturados. Así consuma la mayor perversión de la persecución y la caza, como es presionar para elevar el volumen de la transgresión.

La condena moral que se está fraguando sobre quienes están asumiendo el papel de chivos expiatorios es monumental. La atención médica es un dispositivo de baja dialogicidad con respecto a los pacientes. En la gran mayoría de los casos desarrolla sus remedios mediante intervenciones sobre el cuerpo de los afectados que no requieren una relación estrecha ni la comprensión de sus vidas y sus circunstancias. Pero la epidemiología aporta una corrección muy relevante, en tanto que su sistema de composición de la realidad implica la conversión de cada cual en una molécula combinatoria con otras, en la que se difuminan sus especificidades. Esta es una ciencia que convierte a los seres vivientes en un conjunto de datos recombinables. De ahí que sea radicalmente monóloga, es decir, que no necesita de conversación o relación con cada uno, reducido a un portador de datos. La pandemia ha expandido este código de monologicidad y lo ha transferido a la asistencia sanitaria. Es altamente significativo que no hayan tenido lugar tensiones entre ambas disciplinas. Los que se denominan a sí mismos como «médicos de personas» no pueden aceptar sin más el reduccionismo epidemiológico.

La persecución es un estado de inteligir y siempre termina mal, reforzando la distorsión de los perseguidores. Las imágenes de los irresponsables generan un estado de alarma condenatorio que perturba la facultad de entender. Es así como se está forjando a los colectivos que prestan asistencia sanitaria como sujetos de una percepción distorsionada, que entienden la vida como una extensión de los espacios de consulta y hospitalización. Así se constituye gradualmente un síndrome hipocondríaco de la medicina y la salud pública, desbordada cognitivamente por acontecimientos que no son capaces de interpretar. El estado hipocondríaco implica un distanciamiento de la sociedad que agrava y profundiza la distorsión cognitiva. El peligro es su consagración como una casta sacerdotal ajena a la vida.

Las intervenciones de los próceres de la salud pública muestran su distanciamiento radical de la vida. Recuerdo un tertuliano furioso que ante las imágenes de las gentes concentradas en las playas explotó diciendo imperativamente que cada uno debería autorrecluirse en sus domicilios. Estos son los efectos perversos de la persecución. Todo termina mediante la descalificación rigorista de los bares, las terrazas, los restaurantes, las discotecas y los espacios públicos en los que se asientan los nómadas nocturnos.  El azar ha forjado un milagro político. Una aventurera ubicada en la cima del PP en Madrid ha aprovechado esta descalificación rigorista de la socialidad sin objetivos para conectar con los estigmatizados y convertir en votos sus temores. La izquierda política, extremadamente envejecida, muestra su incapacidad de comprender y se sume en un estado cognitivo de distanciamiento de la realidad. La mayor parte de los jóvenes han votado a la derecha. Este es el resultado de la colonización de la ciencia ciega a la envejecida izquierda.

El delirio epidemiológico ha resultado contagioso para todos sus contiguos. El problema de esta persecución es que no puede ser completa y efectiva, de modo que los perseguidos pueden replicar y abrir grietas en el sistema. Esto es lo que está ocurriendo a día de hoy. Sin duda se trata de varias tragedias encadenadas.

Juan Irigoyen es profesor de Sociología jubilado de la Universidad de Granada. Ha sido profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública y colaborador de varias instituciones sanitarias. Es autor del blog Tránsitos Intrusos. 

(Artículo aparecido en la web personal del autor, Tránsitos Intrusos, el 20 de mayo de 2021)

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