«¿Pero qué cosa tan triste te pasó en la infancia?», me preguntó años atrás, sobresaltado, un curandero irlandés en un valle perdido al norte de las islas británicas. Le había pedido que me explorara una dolencia que tenía en la espalda desde hacía tiempo; pese a que yo, debidamente ateo y de izquierdas, confiaba muy poco en sus dotes sanadoras, le había visto charlar con una buena amiga, y supo leer en ella manifestaciones físicas de tribulaciones que la afectaban, problemas de los que yo estaba al tanto y que él era imposible que conociera. Me encomendé, pues, a sus manos.

Cuando empezó a palparme, dijo sentir que mi infancia y adolescencia habían estado atravesadas por una profunda pena, y me invitó a que hiciera un ejercicio mental, que cerrara los ojos y fuera a visitarle, a mi yo adolescente que tantas horas pasaba tumbado, a solas. Me pidió que me sentara a los pies de la cama junto a él, que le calmara, que le consolara, que le acompañara en todo ese dolor y esa incomprensión, que le tomara la mano y le dijera que la vida no iba tan en serio, como habría de saber más tarde.

Esta escena regresó en un vuelco a mis ojos cuando comencé a leer Los nombres propios (Sexto Piso), debut narrativo de Marta Jiménez Serrano. A lo largo de sus páginas, la protagonista adulta contempla, en un ejercicio retrospectivo, los años de su infancia, adolescencia y juventud, narrándolos e interpelando aquí y allá a los yoes que se van sucediendo con la solemnidad y naturalidad con la que transcurren las estaciones.

La novela, publicada a principios de 2021, ha sido objeto de muchos comentarios y reseñas, y va ya por su segunda edición. Sólo podemos felicitarnos por ello: estamos ante un libro espléndido, un ejercicio conmovedor de ternura y empatía hacia la propia formación sentimental. Algo tan simple y soberbio como explorar los recovecos cotidianos entre los que se teje la personalidad de un ser humano, reflejo de quienes le rodean y sus actos, sus palabras, sus caricias, sus gestos cuando no se creen observados. La niña Marta con sus padres y abuelos; la adolescente Marta con sus primeros lazos de camaradería, amistad y noviazgo; la joven Marta desbordada de vitalidad y proyectos en la universidad. Los nombres propios es, también, y ante todo, una declaración de amor hacia quienes conforman nuestro universo privado, pero asimismo hacia los yoes que nos habitan y nos han habitado. Decía Gil de Biedma en un verso que la innoble servidumbre de amar seres humanos es aún más innoble cuando de lo que se trata es de amarse a uno mismo. Pero la inevitable y excesiva intimidad con uno mismo, cuando se canaliza hacia la comprensión propia y ajena, es síntoma de nuestra naturaleza humana, tan frágil y preciosa.

Una palabra sobre la llamada «autoficción», categoría difusa sin fronteras precisas en la que la crítica tiende a disolver la potencia y complejidad de muchos artefactos literarios. Y es que Los nombres propios ha sido en buena medida encasillada en este presunto género, y con mucho tino la autora señalaba en una entrevista que lo que más le interesa de la autoficción es la ficción. Cabría enfocarlo desde otra óptica, y decir que, con independencia de la veracidad o no de los hechos narrados con respecto a la biografía de la autora, el libro es profundamente verdadero. Hace ya varias décadas, cuando la crítica se desesperaba por no saber distinguir qué era cierto y qué era invención en la poesía «confesional» de Anne Sexton, ésta contestaba, divertida, con un verso de Jean Cocteau: soy una mentira que siempre dice la verdad. Algo parecido decía el narrador de El Quijote sobre la verdadera identidad del protagonista de las andanzas allí recogidas: «pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad». Y Los nombres propios no se sale lo más mínimo de la verdad.

Recuerdo haber llorado un poco, con los ojos cerrados, sentado sobre la hierba de aquel remoto paisaje de Irlanda, mientras me esforzaba por mantener una conversación con mi yo adolescente, cuyas lágrimas probablemente eran las que en ese momento estaba llorando. Concluido este diálogo mío entre tiempos, el curandero me prescribió un remedio para hacer desaparecer mi mal de espalda; no anoté la receta, que creo que llevaba zumo de lima, varias hierbas y algún ingrediente más. Ahora la lectura de Los nombres propios sirve como paliativo del dolor y la incomprensión de la adolescencia y la primera juventud. La extraordinaria vitalidad que transmite la novela es el mejor regalo que puede brindar a los lectores, y el legado más duradero; cuando Emily Dickinson quiso saber la opinión de un buen amigo acerca de su obra, le pidió una sola cosa: dígame, por favor, si mis poemas están vivos. Como lo está, también, esta maravillosa novela.

Salvador Cobo es padre, editor en Ediciones El Salmón, librero en Fahrenheit451 y creador de Política y Letras.

2 comentarios en «No salirse de la verdad. ‘Los nombres propios’, de Marta Jiménez Serrano»

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