Lo que se llama rostro no puede existir en ningún animal
salvo en el ser humano, y expresa el carácter.
Cicerón

Todos los seres vivos están al descubierto, se muestran y se comunican entre sí, pero sólo el ser humano tiene un rostro, sólo el ser humano hace de su aparecer y de su comunicarse con el resto de sus congéneres su experiencia fundamental, sólo el ser humano hace del rostro el lugar de su propia verdad.

Lo que el rostro expone y revela no es algo que pueda decirse con palabras, formularse en tal o cual proposición significante. En su propio rostro, el ser humano se pone de forma inconsciente en riesgo; es en el rostro, antes que en la palabra, donde se expresa y se revela. Y lo que el rostro expresa no sólo es el estado de ánimo de un individuo, es ante todo su apertura, su capacidad para exponerse y comunicarse con otros seres humanos.

Por eso el rostro es el lugar de la política. Si no existe una política animal, se debe únicamente a que los animales, que siempre están en lo abierto, no hacen de su exposición un problema, simplemente moran en ella sin preocuparse. Por eso no muestran interés por los espejos, en las imágenes en cuanto tales. El ser humano, en cambio, quiere reconocerse y ser reconocido, quiere apropiarse de su propia imagen, busca en ella su propia verdad. De este modo transforma lo abierto en un mundo, en el campo de una incesante dialéctica política.

Si los seres humanos tuvieran que comunicarse siempre y únicamente a partir de información, siempre esta o aquella cosa, jamás existiría política propiamente dicha, sino solamente un intercambio de mensajes. Pero dado que los seres humanos deben comunicar ante todo su apertura, esto es, una pura comunicabilidad, el rostro es la condición misma de la política, aquello en lo que se funda todo lo que los humanos se dicen e intercambian. El rostro constituye, en este sentido, la verdadera ciudad humana, el elemento político por excelencia. Es mirándose a la cara como los seres humanos se reconocen y se apasionan los unos a los otros, perciben similitud y diversidad, distancia y proximidad.

Un país que decide renunciar a su propio rostro, cubrir con mascarillas en todo lugar los rostros de sus ciudadanos es, por tanto, un país que se ha despojado de toda dimensión política. En este espacio vacío, sometido en todo momento a un control sin límites, se mueven ahora individuos aislados unos de otros, que han perdido el fundamento inmediato y sensible de su comunidad y que sólo pueden intercambiarse mensajes dirigidos a un nombre que ya no tiene rostro. A un nombre que ya no tiene rostro.

Giorgio Agamben (1943) es un filósofo y jurista italiano, autor de innumerables libros como Estado de excepción, Homo Sacer. El poder soberano y la vida desnuda, etc. Se ha mostrado muy crítico con la gestión de la crisis del coronavirus, y en su libro La epidemia como política (julio, 2020) expone sus reflexiones al respecto.

(Artículo publicado en la columna «Una voce», en la página web de la editorial italiana Quodlibet, el 8 de octubre de 2020).

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