La muerte de personas con cierta relevancia pública no me suele afectar demasiado. Sin embargo, unas semanas atrás me sobrevino un punto de tristeza al conocer el fallecimiento del escritor y antropólogo canadiense Serge Bouchard, a quien yo en verdad había descubierto apenas unos días antes, mientras leía y releía con entusiasmo sus primeras páginas publicadas en castellano: La época de los mamuts lanudos, editado por Pepitas ed. y con una extraordinaria traducción del francés obra de Regina López Muñoz.

El libro, publicado en 2012 en Canadá, reúne una veintena de textos escritos entre los años 2000 y 2011. Desconozco el resto de la obra del autor, pero cabe aventurar que su propósito al escribir ―y después compilar― estos ensayos era el de hacer balance de su vida, tanto personal como profesional; del Bouchard hombre y del Bouchard antropólogo.

Con un tono delicadamente personal, Bouchard regresa sobre sus pasos: su infancia, adolescencia y el descubrimiento de la antropología; sus incursiones en la investigación de campo con nativos de las naciones indias y con camioneros del norte de Canadá; los vínculos construidos con colegas, mentores, esposa, amigos, afines; su felicidad en los estudios de radio, sus miles de kilómetros recorridos para impartir conferencias; la tenacidad con que quieren persistir ciertos elementos naturales y el carácter efímero que la máquina les otorga al proceder en ellos con su inapelable racionalidad de cálculo; el estupor ante los cambios propiciados por la tecnología y la impronta que dejará, que ya deja, en las generaciones más jóvenes.

Bouchard fue un antropólogo que hizo un éxito de su fracaso. No hizo carrera en la universidad, ni escribió profusos estudios académicos: sus tempranos reveses para encontrar un hueco en las facultades de antropología le empujaron hacia las carreteras y los caminos, viviendo en una precariedad laboral y económica hasta bien entrada la madurez. Pero ante todo, su oficio de antropólogo nacía desde el asombro y la admiración por los seres humanos, los animales y los paisajes, todo el mundo natural entremezclado; y era muy marcada su fascinación por las comunidades de las Primeras Naciones indias de América del Norte, exterminadas, perseguidas, recluidas, humilladas, despojadas de sus tierras y de sus lenguas, de sus ritos y de su memoria, de sus maneras de hablarle a un árbol. Durante años y décadas, Bouchard convivió con algunos de estos pueblos originarios. Les escuchó con devoción, calladamente, y aprendió a hablar su lengua, a comprender sus maneras de estar en el mundo, hasta que dejó de ser antropólogo entre ellos para convertirse en un aliado y un amigo.

En un principio dudé si poner o no entre interrogantes el título de esta reseña. ¿Se han extinguido los antropólogos como Bouchard? ¿Habrá entre nosotros más individuos así, otros que amen, como él amó, la naturaleza, el ser humano y la verdad y fragilidad que los habitan, hasta el punto de no querer recluirse en la torre de metacrilato del investigador que publica papers en revistas de ciencias sociales que sólo leen quienes publican papers en revistas de ciencias sociales; y que en lugar de ello busquen arrojarse a rincones deshabitados, con el afán del taxidermista que busca conservar los elementos preciosos escarbados entre el cúmulo de ruinas que va dejando el progreso a su paso?

Y es que en las reflexiones de Bouchard, la conciencia de las transformaciones a consecuencia de la industria y la tecnología, de la modernidad en general, ocupa un lugar decisivo. «Todo cambia con una fuerza y una sutileza tecnológica sin precedentes», nos dice. La ley económica erigida en norma y necesidad inflige sobre los territorios, las comunidades y los paisajes una metamorfosis de una fuerza e irreversibilidad extraordinarias. Pero no se trata de la simple evolución o sustitución de unos procesos técnicos por otros, de unos modos de relacionarse con el entorno por otros. Hablamos de la extinción de lenguas, culturas, mundos. Otro escritor lo explicaba muy bien: «Yo no hablo de que las cosas hayan cambiado, sino de que han desaparecido; de que la razón mercantil ha destruido enteramente nuestro mundo para instalarse en su lugar[1]».

La fealdad que acompaña el saqueo de la economía y la industria es denunciada por Bouchard. Los bosques se arrasan sin miramientos, y la poca belleza natural superviviente queda bunkerizada y reservada para las artes y la cultura de los ricos; los barrios obreros, y los países del «tercer mundo», reciben el privilegio de albergar la producción y la postproducción de los procesos industriales, las fábricas, las refinerías, los desechos en descomposición. La infancia de Bouchard fue testigo del Montreal contaminado y ennegrecido por toda esta nocividad, por la arquitectura paleotécnica; y, sin embargo, nos confiesa que esos paisajes vulgares se le quedaron impregnados en el alma, convertidos en materia de nostalgia.

Sí. La época de los mamuts lanudos es un libro permeado por la nostalgia, «mal humano propio de la conciencia, mal que nos remite a nuestros orígenes», dice Bouchard, quien se pregunta, sin embargo, si acaso debe privarse a los ancianos de sus nostalgias, «desacreditando con violencia los mundos que ellos habitaron, que ya no existen pero que los habitan todavía».

Un historiador inglés decía que sólo las nostalgias de los demás nos ofenden. Es probable que así sea. Yo entiendo la nostalgia de Bouchard como una enseñanza y una advertencia; herramienta para comprender qué se ha perdido en el curso de un puñado de generaciones. Testigo de otro tiempo, de una realidad de hace décadas que nos parece, sin embargo, propia de un mundo de ciencia-ficción. Bouchard era consciente de pertenecer a una raza pesada y lenta —«¡Qué lenta es mi historia, qué lenta!»— extinguida hace tiempo. «Soy un abuelo de la época de los mamuts lanudos, y es un milagro que aún pueda hablar la misma lengua que vosotros»: está hablándole a sus nietos, niños con las manos y los dedos en el teclado y en el ratón, inundados de estímulos, regalos, conocimiento fácil a golpe de clic, rodeados de televisores, películas, pantallas. «En nuestro mundo, donde la imagen era débil, la imaginación era potente», escribe. Bouchard se pregunta qué harán las nuevas generaciones con todo ese poder, si es el nacimiento de una especie superior. De lo que no cabe duda es que Bouchard pertenecía a una raza distinta.

Tras el fallecimiento de Bouchard, se han vertido sobre su figura palabras de pesar y homenaje. Algunas le habrían emocionado, como las difundidas por la Nación Innu en un comunicado. Le despiden en calidad no de antropólogo, sino de amigo: «Su escucha, su empatía, su pasión hacia el ser humano le permitieron tejer rápidamente vínculos sinceros de un valor inestimable con los miembros de la Nación Innu». Otras condolencias, creo yo, le habrían repugnado, como las del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, que declaró que se había marchado demasiado pronto «un hombre de una gran inteligencia y una sabiduría extraordinaria». Es probable que Trudeau no estuviera al tanto del desprecio que sentía Bouchard por el padre, Pierre Trudeau, que dirigió el país durante quince años y que aborrecía las Primeras Naciones tanto como sus predecesores en el cargo: decía Bouchard que la historia de Canadá se caracteriza por la ruindad de la mayoría de sus primeros ministros: «Mi país no es un país, es un apaño jurídico incómodo y una montaña de incultura histórica».

Me ha apenado mucho la muerte de este antropólogo con el que he coincidido en vida solamente unas semanas; su muerte la he hecho un poco mía. La lectura de La época de los mamuts lanudos me deja, entonces, con un regusto agridulce, pero consciente asimismo de una de las enseñanzas de Bouchard: la conciencia de saber resignarse ante lo que desaparece. «De niño yo vivía enamorado y maravillado. Amé un olmo, un sapo, un palo de hockey, una tapia de piedra, un río mágico, a una vecina Sylvie, a mis hermanos, a mi hermana, mis canicas, mi maestra de segundo, Hélène, el autobús castaño y mi bicicleta. ¡Imágenes inútiles y sin valor! El olmo lo talaron, el sapo reventó, el palo se partió hace mucho tiempo, nunca he vuelto a ver a Sylvie, perdí mis canicas jugando, perdí a mis hermanos y a mi hermana, en la vida y en la muerte, y mi bicicleta se esfumó».

Salvador Cobo es padre, editor en Ediciones El Salmón, librero en Fahrenheit451 y creador de Política y Letras.


[1] Baudouin de Bodinat, La vida en la tierra. Reflexiones sobre el poco porvenir de estos tiempos, Pepitas&El Salmón, 2020, trad. de Emilio Ayllón.

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